M+.- Con un padre y un hermano muertos, ocho casas quemadas, sin tierras y una vida profesional trunca, el agrónomo oaxaqueño Hilario Bautista llegó a Alaska junto con ocho miembros de su familia para solicitar asilo. Era 1994.
Fueron los primeros de una lista de cientos de triquis que siguieron la misma ruta hacia el Ártico, lejos de asesinatos, emboscadas, desapariciones, ataques contra comunidades y violaciones sexuales.
No existe un conteo oficial de esta diáspora ni en México ni en Estados Unidos. Cálculos de la comunidad en Anchorage: oscilan entre 300 y 500, o más.
“En aquel tiempo solo sabíamos que aquí había trabajo en la pesca”, recuerda Hilario.
Hoy la ruta sigue abierta, pero ya existe una red de apoyo y nuevas expectativas en Alaska. En Oaxaca, en cambio, las disputas por el poder político —alimentadas también por partidos— y por el control territorial en la región Mixteca continúan afectando a mujeres, niños y familias, como hace más de tres décadas.
De acuerdo con cifras de organizaciones involucradas en el conflicto —MULT, Multi y UBISORT—, hasta el año pasado habrían muerto más de 500 personas desde los años 80 y más de siete mil desplazados.
A Alaska llegaron triquis de Río Metate, El Rastrojo, Sabana, Cumbre Santa, Santa Cruz Tilapa, Yutasani, San Miguel Copala, Río Venado, Cerro Pájaro, Cerro Cabeza, Ojo de Agua, Agua Fría Cuyuchi, Santa Cruz Chiquita, Concepción Carrizal, Río Tejón, Llano de Juárez, Llano de Mamey, Llano de Nopal y muchos de Guadalupe Tilapa.
“A veces son por puras tonterías que se matan o por venganzas, traiciones, dinero o porque quieren mandar”, dice Hilario Bautista en entrevista a MILENIO.
Hilario se encuentra en su huerto de Grow North Farm, donde corta rábanos, betabeles, zanahorias, lechugas y arúgulas. Combina procesos ancestrales con conocimientos de agronomía aprendidos en Oaxaca, una fórmula que le ha funcionado en Alaska, estado que, según datos oficiales, importa alrededor de 95 por ciento de los alimentos que consume.
A él y a su familia les concedieron asilo en 2007, justo cuando, cinco mil kilómetros al sur, varias comunidades proclamaban el municipio autónomo de San Juan Copala, el principal centro ceremonial, regido por usos y costumbres y sin reconocimiento legal del gobierno mexicano.
“Fue muy difícil que nos dieran asilo”, dice Hilario. “En Oaxaca todo era conflicto y en Alaska las autoridades rechazaban nuestros documentos porque no creían que fuéramos víctimas”.
Según su relato, el caso cambió durante el gobierno de George W. Bush, cuando un funcionario conoció la historia de los triquis y pidió revisarlo. Finalmente, lo ganaron.
Bautista recuerda que los abogados les preguntaron si querían mantener abiertos los archivos para que otras personas en situaciones similares pudieran beneficiarse del precedente.
“Mi familia dijo que los archivos debían quedar abiertos porque no importaba de qué comunidad o grupo fuera cada persona: si en México no había justicia, aquí sí podíamos tener otro tipo de justicia”, recuerda Hilario.
Al establecerse en Alaska, descubrieron muchas similitudes con las culturas originarias, los Inuit, Yup’ik y Athabascan; incluso uno de sus hermanos se casó con una mujer de ellos y tiene tres hijos.
La puerta abierta para más víctimas triquis
Con papeles y paz, la comunidad triqui ha “florecido” en Alaska, dice Itzel Zagal, académica especializada en temas indígenas en la Universidad de Alaska Fairbanks. “Ahora es una población mayoritariamente bilingüe o trilingüe; navega entre el inglés, el español y el triqui”.
Ya no solo trabajan en la pesca o para empresas: también son propietarios de restaurantes de cocina auténtica, con picantes y métodos ancestrales que han conquistado al público anglosajón, e incluso de negocios dedicados a gastronomías de otros países.
También han ganado espacio en el arte. En 2024, el Anchorage Museum exhibió un huipil de Margarita Bautista, bordado con el ciclo de vida de las mariposas, dentro de Abya Yala: Indigenous Latinx in Alaska, la primera muestra dedicada a indígenas latinoamericanos en el estado.
La huella triqui está en las calles: Francisco Ramírez Morales pinta murales en Anchorage y, en el Seed Lab, un retrato de Soledad Lescas, esposa de Hilario Bautista, se ha convertido en un rostro de la comunidad.
“Hilario Bautista es otro tipo de artista”, reconoce Zagal.
Es uno de los cultivadores más importantes de los farmers markets —precisa—, donde él y sus hijos aplican conocimientos agrícolas de Oaxaca para producir alimentos orgánicos en un entorno extremo.
Cultivan en invernaderos y al aire libre, envasan salsas y vegetales y venden durante todo el año, pese al largo invierno y las pocas horas de luz.
“De alguna manera están echando raíces”, agrega Zagal. “Pero su arraigo es complejo: para los pueblos indígenas, la identidad sigue profundamente ligada a la tierra”.
Hilario Bautista lo sabe y vuelve una y otra vez a la naturaleza, que en Alaska puede encontrarse a no más de 15 minutos de la ciudad. Camina y encuentra flores y hongos que le recuerdan la Mixteca; descubre plantas nuevas, como el ruibarbo, con el que prepara agua de horchata.
Camina y sus pensamientos viajan nuevamente a Guadalupe Tilapa, a los años en que estudiaba para técnico agrícola en Oaxaca y viajaba a Estados Unidos para financiar sus estudios.
Pero él quería volver a su pueblo y allá estaría, de no ser porque 1994 marcó un año clave de escalada. Las disputas derivaron en más emboscadas y confrontaciones armadas.
Según el testimonio directo de Hilario, ese año quisieron obligar a su familia a tomar partido después de que un primo se unió a uno de los bandos. Su padre se negó: “Yo no quiero problemas para que luego me obliguen a irme de mi tierra”.
Hilario relata que en la primera semana de marzo atacaron a su familia: hirieron a su madre, mataron a uno de sus hermanos y el resto huyó, dejando animales, cultivos y la cosecha de todo el año.
Al día siguiente, asegura, ocho casas de la familia habían sido quemadas. Solo quedó en pie una construcción de lodo, piedra y lámina.
“Llévate lejos a tus hermanos”, le pidió su padre, pues Hilario era el mayor. “Yo voy a esperar a que se calmen las cosas”. Cuando regresó, pensando que todo estaba bien, lo mataron.
Hilario aún sueña con recuperar sus árboles frutales, volver, pero no ve una salida. “Ningún gobierno ha podido”, dice, y enumera: Ni Lázaro Cárdenas, ni Luis Echeverría, ni Carlos Salinas, quienes visitaron San Juan Copala durante sus presidencias. Tampoco los que siguieron.
En 2020, unas 144 familias fueron expulsadas de Tierra Blanca Copala y, para 2026, su retorno seguía pendiente. MULT y MULTI mantienen acusaciones cruzadas, mientras más triquis siguen llegando a Alaska.
Pero esa ruta es ahora más difícil. Tras volver a la Casa Blanca, Donald Trump restringió el acceso al asilo para miles de migrantes que cruzaban irregularmente la frontera, aunque algunas de esas medidas fueron impugnadas en tribunales.
En agosto, según familiares y miembros de la comunidad, Alejandro Martínez fue deportado desde Alaska a México. Poco después de llegar a Oaxaca desapareció y días más tarde fue localizado muerto. Su esposa quedó embarazada en Anchorage.
“Aquí al menos los conflictos de los triquis se frenan un poco por la autoridad, pero allá, algunos que reciben dinero de los que vienen a trabajar a Estados Unidos compran armas”, denuncia Hilario.
“Y no se puede regresar a nuestra tierra de origen sin seguridad porque significa convertirse en víctima, sin autoridad que te defienda. Por eso es un sueño que San Juan Copala sea un municipio constitucional oficial para todos los triquis”, expresó.
Los nuevos: la herencia de los triquis se abre paso en Alaska
En 1994, justo cuando la familia Bautista llegó a Alaska, en Guadalupe Tilapa, a más de cinco mil kilómetros de Anchorage, nació Abraham Martínez.
Ni en los sueños más sofisticados de sus padres pasó por su cabeza que un día ese bebé y su hermana serían propietarios de uno de los restaurantes más exitosos y aplaudidos de Anchorage.
Salsa Oaxaqueña es visitado por triquis, mexicanos, latinos y, sobre todo, estadunidenses anglosajones que, en cuanto cruzan la puerta de entrada, abren la boca, dicen “wows” y “Itoldyous” ante el mapa de Oaxaca que destaca la región Mixteca y los adornos multicolores de papel picado.
Mujeres y hombres que no son más que la parentela de los Martínez se cruzan entre la cocina y las mesas, llevando y trayendo moles, tortillas hechas a mano, salsas de molcajete, guacamoles y pollos preparados con recetas secretas de su madre, que clientes como Chris Hodel, piloto de avionetas, valoran.
“Había probado otros restaurantes mexicanos, pero no todos son tan buenos: usan ingredientes comunes y simplemente los mezclan, en lugar de preparar cada cosa por separado. Aquí se nota que cocinan con amor, con cuidado”, dijo a MILENIO mientras espera un pedido de dos bolsas para llevar.
“La gente está empezando a descubrir este restaurante. Si he venido dos veces y las dos veces me he encontrado amigos, algo está pasando”, indicó.
Abraham reconoce que este tipo de reconocimiento cultural no hubiera ocurrido si no se hubieran quedado sin comida en Guadalupe Tilapia en 2006.
A su hermana Rosy le da pena decirlo, pero él sí lo suelta: su infancia quedó atravesada por el conflicto interétnico que cerró la carretera que comunicaba a su comunidad con San Juan Copala, uno de los puntos de referencia de la región triqui y paso obligado para comprar alimentos, hacer trámites y salir hacia otros pueblos.
“Se pelearon entre sus organizaciones y ya no dejaban pasar a nadie”, recuerda.
El bloqueo cambió la vida cotidiana: dejaron de entrar vehículos, los maestros llegaban cada vez menos y conseguir maíz, frijol o trabajo implicaba caminar por las montañas hasta otro municipio. “Y tuvimos que subir a las montañas para buscar la comida”, dice Abraham.
Para las mujeres, explica la familia, el aislamiento era todavía más pesado: cuando por los pleitos cortaban la electricidad, ni siquiera podían preparar el nixtamal.
Con hambre, los hermanos dejaron Guadalupe Tilapa durante su adolescencia. Primero fue Abraham, en 2010, a Querétaro, donde aprendió español hablando en la calle.
“En mi pueblo, los maestros también eran indígenas y casi no nos enseñaban español. Tuve que luchar y aprender algo nuevo”, declaró.
Después emigró a Estados Unidos, vivió en Nueva York y posteriormente llegó a Alaska, siguiendo una ruta que otros triquis habían recorrido antes.
“Nos ha ido bien y queremos abrir dos sucursales más”, afirmó.
Los rumores sobre Alaska como una especie de Tierra Prometida han corrido como pólvora entre los triquis, desde la Mixteca hasta cualquier rincón de la Unión Americana.
Separada de su esposo, víctima de violencia doméstica a cargo de dos hijos y sin comida por los bloqueos de carretera, Tijuanaida Martínez decidió emigrar. Su padre, Juan, que entonces estaba en Nueva York, la apoyó:
“Si quieres venir, puedes hacerlo. Yo te ayudo”, recordó.
Tijuanaida bautizó a sus hijos, los dejó al cuidado de su madre y emprendió el viaje con uno de sus hermanos.
El cruce casi termina en tragedia. Caminaron entre nueve y diez días por la frontera, se perdieron en el desierto y se quedaron sin comida ni agua.
“Casi morimos”, detalla en entrevista con MILENIO.
Fue una prima quien le dijo que en Alaska podría conseguir documentos como víctima del conflicto triqui. Se fue hasta allá, donde obtuvo primero un permiso de trabajo y posteriormente el asilo.
Durante años se movió sin automóvil, yendo de un trabajo a otro bajo la nieve, la oscuridad de los largos inviernos y temperaturas que pueden caer hasta 45 grados bajo cero.
La vida de Tijuanaida en Anchorage es muy distinta a la que dejó en Guadalupe Tilapa. Compró una casa y un automóvil y trabaja cocinando comida casera que prepara en su casa y después lleva al lugar donde la vende. Además, trabaja en un restaurante.
Sus días también giran alrededor de sus hijos, a quienes logró llevar a Alaska después de avanzar en su proceso migratorio. Van a la escuela, aprenden inglés y dominan el español incluso mejor que su madre.
Tijuanaida los lleva a clases, trabaja y organiza su vida para que tengan oportunidades que ella no tuvo.
“Yo no quería que mis hijos pasaran por las mismas cosas que pasé yo”, apuntó.
Ningún triqui aquí quiere eso.
“Oaxacalaska” es mucho mejor, dicen.
PNMO
