Después de los sinsabores experimentados por la revolución floreada y pacifista de los hippies en los setenta del siglo pasado, el nihilismo exasperante del seudomovimiento punk y la droga masificadora del pop, llegaron para quedarse y marcar su territorio en el imaginario musical juvenil del orbe la realidad cabrona del desempleo y la desigualdad global.
La globalización y el salvajismo del capital en Estados Unidos, así como crearon zonas de prosperidad y progreso, así devastaron otras; así como alguna vez ensalzaron ciudades, pueblos y regiones, así las hundieron, condenaron, humillaron y despojaron (como a Flint, la ciudad de Michael Moore). Tal era el contexto desolador del Seattle de principios de 1990. No por nada fue ahí donde poco después tendría lugar la primera explosión de la inconformidad social global que impidió el cónclave de la Organización Mundial de Comercio, la OMC.
Numerosos documentales dan cuenta de los efectos de la globalización, no solo en el plano económico sino en el identitario. Jóvenes experimentando un desarraigo impresionante. Una despersonalización que se traduce en rabia, descontento y sentimiento de no saber qué o quién se es ni qué camino seguir.
El futuro se convirtió en un concepto utópico y en el submundo del rock de Seattle eso significaba un verdadero misil. Fenómenos como el machismo exacerbado, las desapariciones, la violencia intrafamiliar, la explotación infantil, la prostitución simulada, el feminismo radical, la delincuencia desatada, la alienación juvenil, así como la proliferación de cada vez más fuertes y nuevas drogas, dieron lugar al nacimiento de bandas de chicos y chicas que, al no tener nada mejor qué hacer, hicieron de la estridencia oscura y vil, los gritos y los tamborazos, su vía de escape de la cruda realidad de un mundo rudo. Grupos como Ten minutes warning, Mono men, Malfunk shun, U-men, Feast, Bundle of hiss, Coffin breck, Soundgarden, Melvins, Skin yard, Green river, Screaming trees, Tad, Nirvana, Mudhoney, Blood circus, Mother love bone, Alice in chains, Love battery, Hemmerbox, Pearl jam, 7 year bitch y The Gifts, entre otros, darían cuenta de ese hartazgo y ese valemadrismo social.
The Gifts fue un grupo especial, pues lo lideraba una chava veinteañera de mirada profunda, inconforme y serena: Mia Zapata. Especial por ser una de las primeras bandas que mejor definirían el sonido más tarde conocido como grunge y por tener a una líder cuyo ensimismamiento y actitud calladamente hosca en su vida cotidiana no eran más que la olla de presión cuyo pivote salía disparado, descalabrando a medio mundo, en conciertos callejeros y de garaje, muy socorridos en la época.
Los temas de sus canciones comenzaban a jalar cada vez más banda diversa e inteligente, pues ya no solo hablaban de lo mierda que era la vida sino también de un mundo femenino y sus preocupaciones, su inconformismo, su pasión y sus aspiraciones, todo en medio de un muy agresivo contexto masculino.
Es así como, de boca en boca, cual toquín, los toquines de esta banda-cantanta se volvieron cada vez más concurridos. La locura, la rebelión, la voz femenina, la situación social de Seattle, todo olía a algo revolucionario sin fin.
Embarcada desde 1990 en este darse a conocer, Zapata sabía que algo grande se estaba cocinando. Así que esta niña rubia, junto con The Gifts, ya le talachaba duro y tupido mucho antes que Nirvana, grupo que entre 1993-94 experimentaría una fama mortal y desmesurada.
Comenzaban a caer contratos importantes y los toquines se volvían poco a poco masivos. El olor a contrato-disquera-discos-promociones-deaquíalomáschingónchingón comenzaba a percibirse. Tanto así que ya para principios de 1993 a The Gifts los habían incluido en una gira mundial que abarcaría gran parte de Estados Unidos y de la escena subterránea europea. El grupo y Mia estaban locos de contentos. Así que, en su afán de triunfo, pero con modestia, con gira internacional en ciernes y por el anhelo del esperado "primer gran disco", comenzaron a ensayar a lo bestia.
Entre la chinga de ensayar todos los días y tener a la banda como única prioridad vital, muchas relaciones personales se jodieron. Mia terminó mal con un novio y, al parecer, su vida familiar y personal eran extremadamente caóticas, casi destructivas. Por su carácter natural, caía en constantes depresiones, certezas vomitivas. Catálogo de desilusiones. Inspiración tremendista y negra. Caos, desolación, muerte, injusticia y decepción, pasadas por sus cuerdas guitarrísticas y vocales, ¡qué extraño!, estaban a punto de convertirse en dinero, champaña, giras, lujos, chingo de fama y hartos promocionales.
La madrugada del 7 de julio de 1993, a los 27 años, de madrugada, Mia fue encontrada muerta, asesinada con crueldad y ultrajada sexualmente. Humillada en cuerpo y mente, ferozmente aniquilada. ¡Raro lo que hace la muerte! Miles de chismes y rumores se desataron. En fin. Miles de historias para tratar de digerir lo indigerible y encontrar a quien o quienes la habían matado. Pero no se lograba esclarecer nada. Al parecer, a las dos de la mañana la calle estaba desierta, hora en que, se presume, sucumbió ante la bestialidad. Colocada estaba la palestra. El caso se congeló, al igual que la añoranza y una muestra de saliva que pudo extraer de su cuerpo un policía de curiosidad maestra, que quiso mantener encendida una leve esperanza.
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Kary Mullis ganó el premio Nobel de química en 1993 por su técnica de reacción en cadena de la polimerasa, misma que se perfeccionaría con los años y que, curiosamente, ayudaría a resolver el caso de Mia... ¡11 años después! Con esta técnica, ya perfeccionada, se pudo descifrar el ADN del agresor: Jesús Mezquia. Este cubano del Mariel (que no opuso resistencia al arresto y que aceptó inmutable la sentencia de 36 años en prisión) desató otra ola de historias, en donde hasta el mismísimo Fidel Castro sería el culpable de la muerte de la creativa roquera, por haber enviado legalmente a EU "a locos y a delincuentes", cuyo pasado era oscuro y turbio.
Independientemente de la muerte de Mia, ahora lo que entristece hasta los huesos es la bola de testimonios lacrimógenos de amigos y familiares que, ante su deceso, nos pintan a una Mia casi casi cual integrante de un Parchís o un Timbiriche gringo, pero más cursi y básico aún. Escuchar y leer acerca de su ternura, de su infinita amistad, de su linda persona, de su sonrisa y de su inexistente otredad, no hace sino destruir la propuesta explosiva, crítica, ruda y cruda que construyó en vida esta peculiar cantante desde muy temprana edad.
De un video de testimonios solo uno vale la pena. De esta punketa-rockera malentendida, alguien tomó una imagen revolucionaria de su pictórica vena. De ascendencia mexicana y enorme. Un Emiliano Zapata doble, de mirada profunda e inconforme... mirada serena.