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Domingo , 24.03.2019 / 05:40 Hoy

José Hernández: La ciencia y la religión pueden coexistir

La historia de este astronauta es la de un hijo de inmigrantes mexicanos que gracias a su esfuerzo y perseverancia logró realizar sus sueños en Estados Unidos.

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La historia de José Hernández (1962) bien vale una película. Sus padres, mexicanos, emigraron a Estados Unidos para trabajar en el campo. Nació en French Camp, California, y creció en los campos de pizca de pepino, jitomate y cereza. A los 10 años siguió por una vieja televisión de bulbos la transmisión de la misión del Apolo 17, fue entonces cuando descubrió que su sueño era convertirse en astronauta. El primer paso fue estudiar la carrera de ingeniería eléctrica en la Universidad de California. Siguieron más de una decena de intentos por entrar a la Agencia Estadounidense del Espacio y la Aeornáutica (NASA), reto que superó por fin en 2001 al ingresar como ingeniero de investigación en materiales al Centro Espacial Johnson en Houston. Su carrera continuó en ascenso y en 2009, a bordo del Discovery, viajó al espacio como parte de la misión STS-128. Se ha desempeñado también como asesor de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes en lanzamientos de satélites mexicanos. En reconocimiento a su trabajo, el planetario de Cadereyta, Querétaro, lleva su nombre.

Hernández, es un convencido de la importancia de empoderar a los niños a través de la confianza, es por ello que sin resabio alguno reconoce que su libro, El niño que tocó las estrellas (Editorial Patria), es una suerte de carta de navegación para que los menores alcancen sus sueños.

De niños todos queremos ser astronautas o bomberos, pero usted se lo tomó en serio.

El sueño de ser astronauta empezó a los 10 años, mientras veía por la televisión las imágenes del último hombre en pisar la Luna, James Irwin. Me parecía increíble escucharlo hablar con Houston desde el espacio. Creo que la diferencia respecto a otros chicos es que compartí el sueño con mis papás. Cuando mi padre vio mi interés me sentó en la cocina y me dio una receta para concretarlo: Primero decide qué quieres ser en la vida. Segundo, reconoce qué tan lejos estás. Tercero, crea un plan que sea tu mapa para alcanzar la meta. Cuarto, la educación. Quinto, échale ganas. Suena a fórmula pero esa es la receta, agregando un sexto ingrediente, la perseverancia, porque la NASA me rechazó 11 veces. La mejor forma para empoderar a un niño es la confianza de los padres.

¿Perseverancia o necedad?

Yo estaba dispuesto estar jodiendo hasta que me aceptaran en la NASA. Algunas personas me preguntaban si no me frustraba y mi respuesta era ‘no’. Las razones con que argumentaban mis rechazos me ayudaron a mejorar mi formación. Soy una persona que suele ver el vaso medio lleno, no medio vacío. Lo peor que podía pasar era que nunca me seleccionaran y, aun así, ser un buen ingeniero no era un mal premio de consolación.

¿Un astronauta se la vive en la Luna?

Se la vive soñando en querer llegar a la Luna; preparándose para el día en que escuchará la cuenta regresiva que significa que vas a salir del planeta.

¿Qué piensa mientras escucha la cuenta regresiva?

Que se vuelve realidad el sueño. Al mismo tiempo, hay cierta preocupación porque uno sabe que algo puede pasar. Piensas en la familia, yo tengo cinco hijos, así que imagínate. Cuando encienden los cohetes hay algo de miedo, pero te lo aguantas.

Usted escribió el libro El niño que tocó las estrellas, ¿le hubiera gustado tener un libro similar en la infancia?

Sí, porque éste libro recoge el mejor legado de mi padre: la licencia para soñar y las instrucciones para convertir un sueño en realidad. Creo que es importante transmitir, de manera anecdótica, la importancia de soñar en grande.

¿Cómo le explica a un niño lo que se siente estar en el espacio?

No hay palabras que le hagan justicia a estar en el espacio. Es una maravilla, ni el mejor ingeniero de Disney lo podría explicar o diseñar. Una vez que sales de la plataforma tardas ocho minutos y medio en llegar y en ese lapso incrementas la velocidad de cero a 25 mil km/h.

¿Este ha sido el mejor viaje de su vida?

No sabría decirlo, porque todos los viajes de mi infancia fueron especiales. Recuerdo con mucho cariño cuando íbamos a Michoacán, eran trayectos de tres días en coche hasta Michoacán para ver a mis abuelos, auténticas travesías.

¿Qué cambió en usted a partir del viaje al espacio?

Creo que mi conciencia ambientalista. Ver la capa de ozono fue muy revelador. No somos conscientes del daño que estamos ocasionando al planeta y a nosotros mismos.

¿Qué hace un astronauta para estar aterrizado?

Tengo cinco hijos y una asistente que me ayudan a tener los pies en el suelo. Antes que astronauta soy padre, de hecho mis hijos no me ven como un astronauta famoso sino como su papá, así que con ellos me pongo a hacer las tareas; al más pequeño lo llevo al futbol y a los boy scouts.

Pero en el colegio no hay muchos niños que pueden presumir de un padre astronauta.

Sí, pero a ellos no les gusta hablar de eso, y no porque yo se los prohíba. Prefieren identificarse y hacer amistades por sí mismos, no porque son hijos de fulanito de tal. Una de mis hijas acaba de entrar a la Universidad y apenas unas compañeras saben a qué me dedico.

¿Cuándo está en el espacio se siente más cerca de Dios?

Mi experiencia en el espacio es maravillosa, a través de una ventanilla vi la Tierra y a través de la otra observé el universo. A pesar de que soy científico e ingeniero, creo que tanta perfección no puede ser coincidencia. Creo que la ciencia y la religión pueden coexistir. La primera te dice cómo funcionan las cosas y la segunda, por qué.

¿Dios por encima de todas cosas?

Sí y mucho más ahora que fui al espacio porque pude observar la maravilla de la creación. Ahora creo más en Dios. El universo es demasiado perfecto como para que sea una coincidencia.

¿De qué se habla en la nave espacial?

Estás muy ocupado trabajando, pero hay chance de bromear. Podemos hablar a la casa, cuando pasamos sobre Houston les hablé y los invité a que salieran a la calle, “si ven una lucecita moviéndose, esos somos nosotros”, les dije. Durante una teleconferencia con los niños les hice un show que consistía en comer los dulces que estaban flotando.

Si pudiera elegir un planeta para visitar, ¿cuál sería?

Marte, no solo porque es nuestro vecino, sino también porque creo que podríamos sostener vida ahí. Tal vez en un futuro no muy lejano podamos ir, aterrizar y regresar.

¿Hay vida inteligente en otros planetas?

Sí, pero no en nuestra galaxia. No creo en los Ovnis, ni en los marcianos.

Después de lo vivido, ¿qué consejo le daría al José Hernández niño?

No sé, tal vez que siguiera la receta de mi padre. No le advertiría sobre los errores porque gracias a ellos he llegado hasta aquí. A los seis años es imposible saber lo que se aprende de adulto… aunque ahora que lo pienso mejor, sí le ayudaría a identificar o reconocer un poco más temprano las etapas para entrar a la NASA. Se me fueron seis años en ubicar los pasos a seguir. Creía que cumplía los requisitos mínimos para meter la solicitud, pero no fue hasta seis años después cuando descubrí que todos los demás aspirantes a ser astronautas eran pilotos y buzos, de modo que si quería convertirme en astronauta debía prepararme más todavía. Definitivamente esa sería mi única recomendación, porque hoy ya reconozco la importancia de optimizar y aprovechar el tiempo.

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