DOMINGA.– Andrea, jefa de calle del chavismo en la barriada, quiso saber si Leidy ya había ido por la pistola. Leidy lo negó de inmediato. No hacía falta explicarlo: “se enteran que tengo eso ahí y en dos días tengo a los malandros en mi casa, ¡buscando esa vaina para robársela!”, dijo la mujer, de tez morena y cabello rizado. Su miedo no era cobardía. Andrea, en cambio, sí había ido. “Allá la tengo guardada”, dijo, como quien deja las llaves en la mesa, encogiendo los hombros sin dramatismo.
Han pasado dos semanas desde que un comando estadounidense capturó a Nicolas Maduro en un operativo militar que dejó un centenar de muertos, y que convirtió el miedo en un lazo invisible que une por igual a partidarios del gobierno y opositores en un país que intenta asimilar lo ocurrido a pocos días del inicio de 2026.
Para responder al ataque estadounidense y el miedo a un golpe interno, el chavismo aún gobernante inició un proceso para armar a los ciudadanos que aún le son fieles, mientras la oposición espera la liberación de sus presos sin poder celebrar.
El régimen ha querido dar una señal de unidad. Delcy Rodríguez, la vicepresidenta de Maduro, ahora nombrada presidente encargada tras el “secuestro” de la pareja presidencial –con la venia de Estados Unidos–, ha insistido en que en el país caribeño “la revolución bolivariana es la única garantía de paz”.
Mientras, Diosdado Cabello, el ministro del Interior y considerado número dos del chavismo, asegura públicamente que “Venezuela está en paz” y eso está garantizado porque “el Estado tiene el monopolio de las armas”, dijo al recorrer las calles de la ciudad rodeado de hombres equipados con fusiles y chalecos antibala.
Pero, aunque todo parece ser normal luego de las bombas que despertaron a Venezuela el 3 de enero de 2026 –el día que “cayó” Nicolás Maduro–, esa normalidad tan pregonada sólo es parecer. Ahora Andrea, la jefa de una de las estructuras comunales del chavismo, tiene un arma dentro de su vivienda en una barriada popular de Caracas que le servirá “para defender a la patria”; mientras Rosangela, una joven opositora, duerme a las afueras de una cárcel esperando la liberación de su hermano, un preso político.
La celebración silenciosa de una, contrasta con la angustia, el estado de alerta y la conmoción de la otra. Pero ambas tienen algo en común: tienen miedo.
La tan mencionada y alertada “intervención exterior”
“Estados Unidos ha llevado a cabo con éxito un ataque a gran escala contra Venezuela y su líder, el presidente Nicolás Maduro, quien, junto con su esposa, ha sido capturado y trasladado en un avión fuera del país”, fue el mensaje del presidente Donald Trump que desató la “tensa calma” en la nación caribeña, donde el conflicto, la crispación política y la incertidumbre ha marcado los últimos 25 años.
Al terror que acompañó el estruendo de las bombas y la oscuridad de la madrugada del 3 de enero en la capital y otras ciudades del país, siguió el amanecer con su claridad tenue y los gritos anónimos de celebración: “¡libertad!”, “¡cayó el narco!”, “¡cayó Maduro!”, que se escuchaban en las zonas residenciales.
Desde 1999, que el socialismo bolivariano gobierna Venezuela, es la primera vez que se hace palpable la tan mencionada y alertada “intervención exterior” en la que el chavismo sostuvo cualquier fábula. Ahora que Venezuela vió llegar al lobo, el miedo es real y no distingue posturas políticas.
Tras la muerte de Hugo Chávez, en 2013, el chavismo fue perdiendo fuerza popular. Pasó de llenar avenidas enteras, como aquel 4 de octubre de 2012 en el último evento multitudinario de Chávez, a unir a unos cientos de personas en una pequeña plaza del oeste de Caracas, tras la captura de Maduro, cuya reelección en 2024 es rechazada por la oposición y cuestionada por organismos internacionales.
La impopularidad del gobierno ha derivado en represión y hostigamiento como prácticas constantes, ampliamente denunciadas. En ese contexto el chavismo consagró la práctica de armar a los ciudadanos iniciada con el renacimiento de los famosos “colectivos”, grupos de choque armados que cobraron fuerza desde el año 2000.
Son conocidos por vestir de negro, tener los rostros cubiertos y aparecer ante cualquier manifestación antichavista, para intimidar, dispersar, acosar, perseguir y diluir cualquier acto de la disidencia, sobre todo en medio de olas de protestas que han tenido lugar en la nación caribeña en los años 2014, 2017, 2019 y 2024.
Pero ahora, a raíz de que la administración de Donald Trump desplegó una armada ante las costas venezolanas en agosto de 2025, que se fue reforzando hasta concretar el bombardeo del 3 de enero, la decisión parece haber sido armar a los fieles del chavismo, dispuestos a “defender a la patria”, más allá de los colectivos. La entrega de armamentos es un proceso clandestino. Tienen lugar en espacios comunitarios donde el “poder comunal”, los seguidores del chavismo en los barrios, tienen el control total. En las listas, dicen vecinos entrevistados bajo anonimato, sólo basta anotar el nombre del “beneficiado” y el serial del armamento.
Líderes comunitarios ya temían un ataque seis meses antes
Al menos seis líderes vecinales del chavismo confirmaron que fueron convocados en los días siguientes al ataque militar de Estados Unidos para que retiraran un armamento que les sería asignado para “la defensa de la patria”. Funcionarios policiales confirmaron que civiles que forman parte de cuerpos paramilitares –los colectivos– también recibieron armamento en los primeros días de enero.
“Yo me armé y todo. También de comida, todo lo que me dijeron. Porque sabíamos que sí iba a suceder”, dijo Andrea, y remarcó que esperaban algún nuevo hecho de violencia en el país. Cuenta que las 27 semanas anteriores al bombardeo, los líderes comunitarios recibieron cursos para aprender a maniobrar armamento y a actuar en medio de conflictos armados.
Aunque Leidy dice sentirse incapaz de tener un arma en casa, Andrea se asume preparada para asumir esa responsabilidad. No obstante eso no las hace sentirse más seguras con respecto a cualquier eventualidad, o capaces de enfrentar a los paramilitares que ahora proliferan en las calles de Caracas y zonas populares, como Petare, considerado uno de los barrios más grandes de América Latina y ubicado en el este de la capital venezolana.
“Hay demasiados colectivos, todos están armados hasta los dientes. Y al verles sus caras, demuestran rabia. Ni siquiera nosotros los conocemos y sí, están en todos lados, en alcabalas [puntos de control]. Estamos vigilados, hay drones por todos lados, tenemos cámaras en toda la comunidad, en toda la ciudad”, dijo Andrea.
Explicó que se trata de grupos de choque a los que todos temen, incluso los oficialistas, pues “no distinguen” entre unos y otros cuando están en las calles.
Aunque ambas se autodenominan chavistas y creen en la “revolución bolivariana” instaurada por el expresidente Hugo Chávez y sostenida por Nicolás Maduro, admiten temer a estos paramilitares y sentirse “intimidadas” por la tensión que se respira en Venezuela desde “incursión militar gringa”.
“Sí, hay personas que tienen miedo, hay otras que están resteadas [envalentonadas] de verdad. Esas son las que van a salir a la calle, que se van a defender, que van a atacar. Pero hay mucha gente con miedo. En eso está que la gente ha salido a las marchas, a las protestas, tienen miedo pero siguen los llamados a marchas para que liberen a Maduro y se trabaja normal, porque hay que seguir adelante, pues. Pero estamos en esa lucha entre el miedo y seguir”, sentenció Leidy.
Las celebraciones silenciosas de la oposición
Al día siguiente de la captura de Nicolás Maduro, mientras el ejército venezolano brillaba por su ausencia, fueron los colectivos los que salieron a hacer presencia armada en las principales calles y avenidas del país, especialmente en Caracas.
La prensa logró fotografíar a los encapuchados armados con fusiles y revólveres de distinto tipo a bordo de motocicletas o pasados en algún canal de acceso solicitando información a los conductores, pidiendo sus teléfonos, revisando mensajes e interpretando conversaciones, una práctica que se ha convertido en patrón en Venezuela y por la que hay cientos de detenidos.
Esto ha impedido que la oposición celebre abiertamente la caída de un presidente al que acusan de haber sido elegido de manera fraudulenta en las elecciones de julio de 2024, en las que fue declarado vencedor por el Poder Electoral sin presentar las actas que lo confirman. Aunque plazas en todo el mundo se llenaron de venezolanos alabando con euforia y sin tapujos la caída de Maduro, dentro del territorio de Simón Bolívar otra fue la historia.
“Claro que celebramos, mucha gente celebró dentro de su casa, en su privacidad, porque sabemos todo lo que le hizo Maduro al país, pero también sabemos que falta camino y la represión que hemos vivido tantos años, y que sigue, ahora nos limita”, dijo Leonardo, un joven caraqueño que adversa las ideas del chavismo y que manifiesta su preocupación porque sea Delcy quien siga en el poder.
La marcada polarización entre venezolanos también se dejó ver en las reacciones al ataque militar. Mientras Leonardo sostiene que quienes murieron lo hicieron “porque eligieron estar en esos puestos, cuidando a un dictador”, otros insisten en que era gente inocente.
En toda Venezuela no hubo manifestaciones públicas de alegría. De un lado y de otro se concentraron en lamentar los “daños colaterales” de los bombardeos, los más de 100 fallecidos, algunos civiles, y los heridos que dejó una intervención que el país venezolano parece pagar a la Unión Americana con su petróleo, además de la destrucción de infraestructuras militares, antenas y casas.
Algunos, como la señora Leída Brito, conocida como la “abuela del casco rojo” por la forma en la que viste para acompañar manifestaciones opositoras, son más pragmáticos al asegurar que “se alegran los que están fuera del país, porque de los que estamos adentro no he visto a nadie alegre. La gente ahorita está buscando la forma de sobrevivir, es algo así como ‘sálvense los que puedan’”.
Eso fue lo que motivó a muchos a retomar sus rutinas. El 6 de enero, tres días después del bombardeo, en Caracas y las principales ciudades de Venezuela abrieron los establecimientos y centros comerciales, el transporte público retomó sus funciones, las estaciones de servicio trabajaron en horario regular, los motociclistas volvieron a cruzar las avenidas y hasta los restaurantes abrieron y cocinan para el público.
“El que siente miedo no sale. Nosotros estamos pendientes y seguimos aquí porque tenemos que llevar la comida para la casa y eso le gana a cualquier sentimiento”, fue la reflexión de Jorge, un limpiador de vidrios que, junto a su pareja, se encargaba de enjabonar y enjuagar cristales dentro de un concurrido centro comercial caraqueño, el más grande de la ciudad.
Los que salieron a apoyar a Maduro y Cilia, la pareja presidencial
Los que retomaron sus labores no sólo debieron lidiar con el miedo, también con una realidad: las calles llenas de paramilitares, de civiles armados al servicio del chavismo que toman atribuciones policiales y establecen puntos de control, detienen a caminantes y a vehículos, piden documentos, hacen interrogatorios e intimidan con rostros cubiertos y fusiles inmensos. La “normalidad” planteada entonces comenzó a transcurrir para los venezolanos entre las armas y la zozobra.
Esa sensación de miedo no se percibe exclusivamente entre “las bases”, como el Partido Socialista Unido de Venezuela, liderado por Maduro, llama a sus militantes. Entre quienes quedaron a cargo del gobierno también se nota algo de temor.
Se nota en los comunicados respondiendo a Estados Unidos de forma positiva, admitiendo que hay un acuerdo petrolero entre Washington y Caracas, desmintiendo posibles riesgos para ciudadanos estadounidenses en el país y en el discurso de la “diplomacia de paz” que las cabezas del Estado venezolano sostienen frente a esos mismos a los que en el pasado cuestionaban por sus intenciones colonizadoras y violatorias al derecho internacional.
Como también lo es el apoyo que miles siguen ofreciendo a Nicolás Maduro y a su esposa, Cilia Flores, también capturada y acusada de narcoterrorismo en una corte de Nueva York. Desde el 4 de enero y hasta el 10 de este mes, los chavistas salieron a las calles en manifestaciones de distinto tipo y magnitud para exigir la liberación de la “pareja presidencial”.
La más grande tuvo lugar el sábado 10 de enero, al cumplirse una semana de la acción de Estados Unidos en suelo venezolano. Allí se encontraba gente como Sayer Guerrero, un trabajador de una empresa del Estado, cuyo discurso denota su fe inquebrantable al chavismo y a sus planes.
“Estamos en la calle para garantizar que nuestro presidente y la primera dama regresen a nuestro país. Nosotros queremos la paz, somos un pueblo de paz, un pueblo digno [...]. Aún en las dificultades, aún con los asesinos que violaron nuestra soberanía, nos mataron a compañeros inocentes, el daño colateral a los niños y niñas [...], con todo y eso con dignidad vamos a hacer negocio con Estados Unidos. Pero no se confundan, si ellos creen que van a gobernar el país como una colonia, están equivocados”, remarcó el ciudadano.
El escándalo del silencio de los opositores
Los días sin Maduro, para quienes lo adversan en Venezuela, han sido de esperar. Un tiempo detenido, sostenido por las promesas negociadas con Estados Unidos que todavía no pisan tierra firme.
Decenas de familias han pasado noches enteras frente a varias cárceles de la zona central del país, a la espera de las liberaciones de un “importante número” de presos políticos, como lo anunció el 8 de enero el presidente del parlamento venezolano y hermano de Delcy Rodríguez, el diputado Jorge Rodríguez.
Pero las excarcelaciones han sido a cuentagotas y sólo han incrementado la zozobra y la incertidumbre en un país que sigue aguardando una solución al conflicto político que sigue sin concretarse, sin importar el número de elecciones, protestas, denuncias en instancias internacionales, muertes, detenidos y hasta de bombardeos.
Rosangela es familiar de Ricardo David Fonseca, un militar acusado de formar parte de un presunto plan para derrocar a Maduro en el año 2020, conocido como la Operación Gedeón, y privado de libertad desde entonces. Fonseca es catalogado como preso político; ahora que su familia supo de las liberaciones, ella ha recorrido distintos centros buscándolo: tienen cinco meses sin saber en qué cárcel se encuentra. Esperan con ansias su excarcelación.
“Mi mamá me llamó en la madrugada a decirme que había caído Maduro”. Entonces le dijo con ilusión: “‘hija ya, ya va a salir, ya vamos a saber de él’ [...]. Pero seguimos esperando, aquí seguimos en esta lucha”, contó Rosángela.
Las vigilias para orar en las entradas de los centros carcelarios en los que hay presos políticos, el llanto y los abrazos pasaron de ser efusivos a desesperados por la espera sin respuestas. Esto ha generado un escándalo silencioso del que todos hablan. El sufrimiento de esas familias. reflejado en medios de comunicación de todo el mundo, muestra la cúspide de un camino doloroso de andar para quienes nacieron y habitan el país caribeño y se niegan a perder la fe.
“¿Qué pienso que viene ahora para el país? Lo que debería venir es dignidad, deberían venir fuentes de trabajo, salarios dignos, hospitales dotados, eso es lo que debería venir, sea de dónde sea y venga de dónde venga. Ya nos merecemos libertad”, es el deseo de Leída para Venezuela.
GSC / MMM