El Mundial de Corea-Japón 2002 dejó varias sorpresas, pero pocas tan impactantes como la eliminación de Francia en fase de grupos. La selección que llegó como campeona del mundo y de Europa quedó fuera del torneo sin ganar un solo partido, en lo que se convirtió en uno de los mayores “batacazos” en la historia de la Copa del Mundo.
Y todo comenzó con Senegal.
El 31 de mayo de 2002, en el partido inaugural del torneo, la selección africana enfrentó a Francia, vigente campeona del mundo tras su título en 1998 y también campeona de la Eurocopa en el 2000. Sobre el papel, el duelo parecía completamente desigual.
Pero el futbol rara vez sigue el guion esperado.
Senegal, que disputaba su primer Mundial, sorprendió desde el inicio con intensidad, orden y velocidad. El equipo africano no solo resistió la presión francesa, sino que también logró imponer condiciones en varios momentos del partido.
El momento clave llegó al minuto 30. Papa Bouba Diop aprovechó un rebote dentro del área para marcar el único gol del encuentro. Fue suficiente.
Senegal venció 1-0 a Francia.
La imagen de los jugadores africanos celebrando con su característico baile se volvió icónica. No solo habían ganado un partido: habían derrotado al campeón del mundo en el debut de su primera Copa del Mundo.
Ese resultado no fue un accidente. Senegal continuó mostrando solidez en el torneo, empatando con Dinamarca y Uruguay, lo que le permitió avanzar a la siguiente ronda como segundo del grupo.
Francia, en cambio, nunca se recuperó.
Sin su principal figura, Zinedine Zidane —lesionado en ese momento—, el equipo europeo mostró una versión muy distante de la que lo había llevado al título cuatro años antes. Empató sin goles con Uruguay y perdió 2-0 ante Dinamarca, quedando eliminado sin anotar un solo gol en todo el torneo.
La caída de Francia confirmó lo que muchos llaman la “maldición del campeón”: la tendencia de los equipos campeones a fracasar en la siguiente edición del Mundial.
A lo largo de la historia, varias selecciones han sufrido este fenómeno. Equipos que llegan como favoritos, pero que, por distintas razones —presión, exceso de confianza, cambios generacionales o lesiones—, terminan siendo eliminados prematuramente.
El caso de Francia en 2002 es uno de los ejemplos más claros.
Para Senegal, en cambio, fue el inicio de una campaña histórica. El equipo avanzó hasta los cuartos de final, donde fue eliminado por Turquía en tiempo extra. Aun así, su participación quedó marcada como una de las más sorprendentes en la historia de los Mundiales.
Más allá del resultado, aquel partido inaugural cambió la percepción del futbol africano a nivel global. Senegal demostró que podía competir de tú a tú con las potencias tradicionales, abriendo el camino para futuras generaciones.
El triunfo ante Francia no solo fue una victoria deportiva, sino también un momento simbólico. Un recordatorio de que en el futbol no existen garantías, y que incluso el campeón del mundo puede caer ante un debutante.
Hoy, más de dos décadas después, ese partido sigue siendo referencia obligada cuando se habla de grandes sorpresas en la Copa del Mundo.