El cielo sobre Copenhague era plomizo, justo como los espectadores de Borgen y The Bride esperarían que fuera. En la oscuridad del mediodía, el puente que conecta a Dinamarca con Suecia apenas era visible; todo lo que podía ver desde el taxi estaba a unos cuatro metros del Mar Báltico, plano y gris. "¿Qué tan frío está ahí?", le pregunté al chofer. "Alrededor de dos grados, tal vez tres", respondió. No pregunté al azar, ya que al día siguiente iba a nadar allí, después de hervir en un sauna.
Acepté hacer el viaje en parte porque pensé que me gustaría saltar al agua helada. Había nadado en el Canal Inglés en la víspera de Año Nuevo, algo que me congeló los huesos a una temperatura relativamente agradable de 12 grados centígrados. Pero también quería conocer un país que no solo es el lugar más feliz de la tierra, sino que tiene a los mejores diseñadores de sillas. Y aquí estaba en un hygge (en danés significa algo agradable, cómodo, seguro) impronunciable, que parece que se reduce a mantener una temperatura caliente y quemar muchas velas, una buena idea en un clima como este.
Nos hospedamos en Kurhotel Skodsborg, a 20 minutos en coche del centro de la ciudad. Es una masa grande y blanca de lo antiguo y de lo nuevo, en parte una antigua casa de verano del rey Federico VII y en parte un spa moderno diseñado por Henning Larsen Architects. Se encuentra allí, de forma apática separado del mar por una calle, pero una vez en el interior tiene un espíritu muy hygge, todo son velas, decoración moderna y alguien tocando el piano.
El hotel es un spa desde hace 115 años, y toma muy en serio ese tipo de cosas. Me sometí a un masaje sueco, que fue lo suficientemente doloroso como para permitirme darme el lujo de fantasear de que lo que me hacían era algo bueno. Pero lo que fue realmente bueno ocurrió más adelante. Tuve que tumbarme en un sillón reclinable de madera caliente bajo una sábana tejida color café y me dieron un trago de ginebra y un chocolate.
Después de un breve descanso para dormir en una habitación cómoda y moderna, regresamos a desayunar a la luz de las velas, luego cancelé mi cita con el nutriólogo y en su lugar salí para caminar en los mil acres (400 hectáreas) del bosque de caza del rey para tratar de asentar el contenido en mi estómago antes de rostizarme en el sauna.

Esto, de acuerdo con la musculosa mujer que estaba a cargo de nuestra sesión, es algo que se debe tomar muy en serio. Estaba a 95 grados centígrados en el interior de la cabaña forrada de madera y aún más caliente en las bancas más altas. "Todo saldrá bien", nos aseguró, siempre y cuando no nos entrara el pánico, pero que deberíamos dejar que nuestros corazones palpitaran en respuesta al calor y cerrar nuestros ojos y la respiración.
Eso último fue más fácil decirlo que hacerlo. Cada vez que inhalaba, el aire quemaba el interior de mi nariz. "Respira con tu boca", me ordenó. Me empezaba a acostumbrar cuando sonó un chasquido como el de un látigo y entonces una ola abrasadora de gotas cayó en mi piel. Desobedecí las órdenes y abrí mis ojos. La mujer latigueaba una toalla para cada uno de nosotros a la vez, lo que nos quemaba.
Finalmente, nos liberaron. Nos pusimos nuestras batas, salimos a la oscuridad y caminamos por la calle. Los automovilistas que pasaban no notaron la fila de personas con cara de remolacha en batas blancas y chanclas que iban al embarcadero.
Entré al mar, gritaba mientras el frío se aferraba a mí como una abrazadera de hierro, nadé seis brazadas alrededor de los escalones del otro lado y me salí. Mi corazón latía fuertemente y gritaba tanto de agonía como de gozo. Nunca había experimentado un placer y dolor unidos de una manera tan fuerte. Mientras estaba en el embarcadero en todo lo que podía pensar era: "quiero más". Así que regresé, y conté hasta cinco, traté de prestar atención a lo que sucedía.

Esta vez, cuando salí estaba incoherente por el frío. Mi mandíbula tiritaba. Observé mi piel, que adquirió una apariencia siniestra. Nunca me sentí más viva. Nunca me vi más como si fuera a morir.
Lo siguiente en el itinerario era el almuerzo, que fue muy bueno porque estaba hambrienta. Lo que no fue tan bueno fue que tuvimos que hacerlo bajo la supervisión de Thomas Rode Andersen, un chef con estrellas de Michelin y devoto de la dieta del cavernícola. Aún exaltada, y todavía sin estar segura de si estaba frío o caliente, nos pusieron a trabajar en cortar la lechuga en forma de pino y triturar las flores de coliflor.
El plato era muy bonito y era suficiente para comer, aunque no era lo que realmente quería después de un viaje de los extremos que podría soportar mi cuerpo. Me hubiera gustado mucho un sándwich de queso.
De camino al aeropuerto, las nubes levantaron y el sol salió. Los daneses viajaban en bicicleta a su casa, aunque el cabello de las mujeres salía de los gorros de lana. Nadie usaba cascos, como si pensaran que no iban a morir.
Tampoco morí durante mi breve visita a Dinamarca. No me sentí más saludable como resultado del spa, pero me sentí más feliz. El hygge es un placer de las cosas pequeñas. Eso es lo que obtuve, y mucho más. El placer de la emoción, de la belleza, de la democracia y del milagro que trae una vela o dos en un lugar donde la oscuridad es visible.
