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Lunes , 18.03.2019 / 16:31 Hoy

Club de Meditación

Con el auge del turismo religioso en China, hay que probar un retiro silencioso.

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El reloj de bambú sonó a las 4:53 am y si por casualidad alguien no se despertó con eso, enseguida un gong fue aporreado por media hora. Parece que el primer paso para alcanzar la iluminación es lidiar con el despertar de la manera más literal.

Mucho tiempo atrás conocí los lugares comunes del turismo de China, desde los sitios del triunfalismo comunista en Beijing hasta las exuberancias capitalistas de Shanghai. En esta ocasión llegué al país buscando su lado espiritual en el templo de la Iluminación Perfecta cerca de Jiashan, a una hora de distancia en auto de Shanghai.

Obviamente no hay escasez de templos en la mayoría de los tours en China, y si por casualidad no existen, los gobiernos locales se encargan de construirlos. El turismo religioso (o pseudoreligioso) se está convirtiendo en un gran negocio en un país en donde el budismo, el taoísmo y el confucianismo tienen cada vez más seguidores y se están convirtiendo en moda entre los jóvenes.

La famosa montaña del taoísmo, Wudangshan, tuvo durante el primer trimestre de este año un crecimiento de 20 por ciento en el número de visitantes, mientras que a Jiuhuashan, el santuario budista, viajaron 40 por ciento más turistas este año durante el año nuevo lunar en relación con el año pasado. La isla budista de Putuoshan en el mar de China del Este tuvo una explosión turística tan fuerte que en 2012 anunció sus intenciones de cotizar en bolsa (aunque las protestas públicas obligaron al gobierno local a aclarar que ningún sitio religioso estaría incluído).

Cuando recién visité el santuario sagrado taoísta del monte Gezao, me encontré con un monje con una maestría en administración de templos taoístas, cargando una propuesta de 700 millones de yuanes para construir un templo totalmente nuevo.

El turismo de templos va desde los paquetes turísticos para el mercado masivo a los más informales clubes de “esposas budistas”, en los que se renta un minibus para que los visitantes puedan orar en varios templos en un solo día. Mi tour, sin embargo, no era con transporte exprés. Se trató de un retiro silencioso de 48 horas, con comidas sin carne y servicio de despertador al amanecer, dedicado a las ancestrales prácticas espirituales del tai chi, el chi kung y la meditación. A su término, podía declarar con convicción que,aunque son formas de ejercicios nacidas en Oriente, el tai chi y el chi kung también pueden apaciguar la mente de un occidental (si bien todavía no puedo distinguir entre ambas).

El operador del tour, Yejo Circle, organiza todos sus viajes en torno a los principios de escapar de la ciudad, entrar en contacto con la naturaleza y explorar el yo interno. Siendo yo un hippie de cierta edad, considero que esto es lo mío; además, para Yejo, este tipo de escape de la ciudad se está volviendo muy popular entre la clase media China. Se está promoviendo una industria turística totalmente nueva de “volver al campo” que consiste en visitar poblaciones sencillas, comer platillos simples y dejar atrás el estrés de la vida de la gran ciudad y todas esas luces de neón. Los medios gubernamentales reportaron que los visitantes a “nongjiale” o granjas turísticas durante el festival de Qingming en abril aumentan 12 por ciento cada año.

Sin embargo, esto es más que un escape al campo, significa mucho trabajo. Nuestro pequeño grupo de visitantes occidentales y chinos constaba de personas de veintitantos hasta sesenta y tantos y se hospedaban en habitaciones dobles con camastros de madera cubiertos con colchas delgadas. A las 5 de la mañana empezábamos con 90 minutos de chi kung taoísta (artes marciales, pero afortunadamente no del tipo de los que parten tablas con el cráneo). El escenario era de gran ayuda; templos budistas, de cerca de 800 años, eran digno de una película. Y como era un retiro silencioso, podía pasar más tiempo admirando la armoniosa arquitectura que pensando que tenía que platicar con mi compañero de habitación. Es más, ni siquiera supe de qué país provenía.

Después de la práctica matutina, el premio era un tazón de puré de arroz con aderezo de vegetales. Después de una cuantas horas más de meditación (sentados, parados o caminando), practicando tai chi (una forma de meditación activa) y leyendo capítulos bastante incomprensibles del Dao De Jing de Lao Tse, (el texto más sagrado del taoísmo chino), hacíamos una pausa para almorzar a las 11 de la mañana y tomar una siesta. Y después volvíamos a hacer lo mismo.

Yo pasaba mi tiempo libre leyendo el Tao de Pooh, el bestseller ochentero de Benjamin Hoff que intenta utilizar las historias de Winnie Pooh para entender los secretos del taoísmo. Tuve más avances con este libro que con el famosamente impenetrable Dao de Jing.

De regreso en la ciudad después del fin de semana, me despierta mi iPhone y no el reloj de bambú. Afortunadamente para nosotros que fuimos picados por el bicho del espiritualismo chino, el tai chi y el chi kung no sólo se practican en retiros silenciosos: en todos los parques públicos de Shanghai existen grupos practicando al amanecer y al atardecer, tantos, de hecho, que a veces es difícil encontrar un espacio. En el mundo moderno, “despertar” viene en todas las formas y tallas: ¿chi kung en un parque repleto rodeado por rascacielos? Bueno, todos tenemos que empezar en algún lado.


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