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Domingo , 21.04.2019 / 10:53 Hoy

Bajo el gran cielo de Chile

Construido en lo alto de una meseta a 5,000 metros de altura sobre el nivel del mar está Alma, el observatorio astronómico más avanzado compuesto por 66 antenas de alta preci

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Hace tiempo viajé al Desierto de Atacama en Chile. La luna y yo sincronizamos nuestros calendarios y llegamos a un acuerdo para no encimarnos. Por ello, la región se ha convertido en el hogar de los telescopios más grandes del mundo durante los últimos veinte años.

El más reciente es Alma, el Atacama Large Millimetre/Submillimetre Array. Este poderoso observatorio de radio está compuesto por 66 antenas y se encuentra a 5,000 metros de altura sobre el nivel del mar en una meseta cerca de la frontera con Bolivia; algunas organizaciones astronómicas de Europa, América del Norte y del este de Asia pagaron 1,400 millones de dólares para construirlo. Además, se encuentra muy cerca del lugar donde me hospedé, el hotel Tierra Atacama en la ciudad oasis de San Pedro de Atacama.

Cuando Alma abrió sus puertas al turismo, a mí me invitaron a la preinauguración. Era una oportunidad irresistible para alguien como yo, que toda la vida ha sido un geek de la astronomía.

El Tierra es una operación de altura pero de bajo perfil. Sus habitaciones son cajas de concreto con buena ventilación y con pocos muebles, aunque no baratos, y no tienen televisión. Al día siguiente me fui a explorar. El hotel se encontraba a un paso del Valle de la Luna, un paisaje irregular de dunas, acantilados y cañones abrasadores bajo un cielo azul. La paleta, obvia para el Atacama, es beige y gris, con algunos parches de sal por aquí y por allá, como si fueran musgo blanco.

Alma fue una verdadera excursión. Primero viajamos cerca de media hora por una carretera geométricamente recta que atraviesa el llano pedregoso después de la ciudad de San Pedro y que se dirige a la frontera con Bolivia. Después hicimos una parada en una garita para un video de seguridad y tomamos un camino de terracería perpendicular a la carretera, en dirección a la cadena de montañas en donde se encuentra el observatorio. Mientras ascendíamos, pude ver a la izquierda Licancabur, que es un cono ominoso que atrapa la mirada durante muchos kilómetros.

Justo debajo de los 3,000 metros llegamos a Alma OSF (Operations Support Facility, las Instalaciones de Apoyo de Operación), una pequeña zona industrial en donde trabajan la mayoría de los astrónomos y su equipo de apoyo. En su centro se encuentran un par de construcciones de dos pisos, resplandecientemente blancas y nuevas y con toldos metálicos para protegerse del sol, y las lagartijas se tienden en donde alcanzan algo de sombra.

Afuera están dos antenas de Alma, dos estructuras blancas con discos de metal de 12 metros de diámetro. Cada una cuesta 10 millones de dólares y está diseñada para recibir señales de onda de un milímetro o menos; la luz visible a la que nuestros ojos son sensibles y para la que los telescopios convencionales están diseñados tiene una longitud de onda mucho menor.

El paisaje era tan extraño que es difícil saber si el aire no me estaba afectando. Pasamos por un cinturón de columnas de cactus de dos o tres metros de alto esparcidos por la ladera, parecía un bosque minimalista. Vimos algunas vicuñas comiendo pasto seco. Ya en la cima me encontré en el lugar más inanimado que jamás había visto: ni plantas, ni animales, solo colinas y cerros alrededor de un plano lleno de polvo.

Y de nuevo, la extraña mezcla de la rutina y lo sublime de la tecnología. Mientras nos acercábamos para ver las antenas, en el radio del coche se oía una canción de los Carpenters, A Kind of Hush. Luego, cuando bajé con mucho cuidado y caminé para llegar a las antenas, se escuchaba el ruido de motores eléctricos y cinco o seis de las enormes máquinas redirigían las antenas para captar, seguramente, emisiones anteriores al nacimiento del sol.

Habría podido pasar horas caminando por ese lugar tan exótico pero la salud y la seguridad van primero. Mientras descendíamos, Mandiola, el coordinador de visitantes que me trajo hasta allí, me contó sobre los chequeos de velocidad en el camino de tierra: al parecer, los conductores aumentan su velocidad cuando se oxigenan nuevamente.

De regreso en Tierra Atacama, me refresqué en la alberca. Era pequeña, pero lo compensaban las libélulas que nadaban en la superficie. Cuando salí, volteé para buscar Alma: no fue fácil de encontrar pero alcancé a ver algo de OSF en una colina. Y me vino a la mente que en dos días hice un pequeño viaje por la historia de la astronomía: de la simple vista, al telescopio en domo, a las antenas de alta tecnología que dictan información a las computadoras. Estaba feliz de haber vuelto al sur.


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