Más Estilo

50 años de decadencia en Ibiza

Como Pachá, el club nocturno más famoso del mundo, celebra su 50 temporada de verano, la isla de la fiesta en donde se ubica se encuentra en una encrucijada.

“¡Es hora de festejar!” grita una joven cuando el avión comienza a descender sobre el Mediterráneo. Mis compañeros de viaje se preparan para una agitada semana de libertinaje, aplicarse labial, vaciar vasos de plástico de cava, tomar las últimas gotas de Bacardí y Coca-Cola. “El problema es que voy a beber durante el día”, dice mi vecino, un londinense que cumplirá 30 años al día siguiente. Su sonrisa sugiere que el problema se puede superar.

Llegamos a Ibiza en las Islas Baleares de España. Son las 11 de la noche de un lunes a principios de julio, el comienzo de la temporada de verano de la ciudadela del hedonismo más famosa del mundo.

Nuestro avión de bajo costo ruge sobre el puerto de la ciudad de Ibiza por encima de los clubes nocturnos con DJ superestrellas y una marina llena de superyates. Los recién llegados al bacanal destacan como los torpes provincianos en una pintura de Hogarth de Londres del siglo XVIII. “¿La primera vez en Ibiza?”, le pregunta un veterano a una joven después de que aterriza el avión. “Solo hay que hacer todo lo que puedas hacer”.

La transformación de la Isla blanca en una meca de la música para bailar comenzó en la década de 1980. El “Ritmo Baleares” lo inventaron los DJ de la isla bajo la influencia del house de Chicago y el MDMA, conocida como éxtasis, ayudó a disparar el furor del acid house que se extendió al Reino Unido en 1989.

Desde entonces el “Ibeefa” cobró gran importancia en la topografía imaginativa de la cultura británica joven, una tierra de sol, actitudes permisivas y donde una juerga espera a los buscadores de placer.

Mi destino es el club nocturno más antiguo de la isla. Pachá es un “superclub” con capacidad para 3,500 personas y una marca global que este año celebra su 50 temporada de verano. Comenzó en Barcelona, después inauguró un club en 1973 en una granja transformada en las afueras de la ciudad de Ibiza. Aún se encuentra en el mismo sitio, y aún la maneja su fundador, Ricardo Urgell.

Pachá Ibiza ocupa un complejo en forma de laberinto con anexos y espacios al aire libre, que irradian desde el centro de la pista de baile. Las viejas paredes blancas y las palmas son reliquias de la finca original. Este año ocupó el cuarto lugar en una encuesta a 500,000 asistentes a clubes que realizó DJ Magazine para encontrar los mejores clubes del mundo. Space y otro rival local, Amnesia, ocuparon el primero y tercer lugar, respectivamente.

El número de visitantes a Ibiza creció rápidamente -44% de 2010 al año pasado-, sin embargo, la incertidumbre persigue a los superclubs esta temporada. Varios días antes de mi llegada, las autoridades fiscales registraron varios lugares en toda la isla, incluyendo Space (Pachá no fue uno de ellos).

La ofensiva, que recibe el nombre de Operación Chopin, se dio después de que se descubrieron 1 millón de euros ocultos en las paredes y piso del club con el apropiado nombre de Amnesia, y cuyo dueño fue detenido.

No hay escenas desenfrenadas de libertinaje en Pachá durante mi visita. La mayor parte de la semana, el sistema de sonido de vanguardia bombardea con las actuaciones de DJ famosos como David Guetta. Pero me da la bienvenida la sedada vista de asistentes a clubs, que dan vueltas con la canción de los Beatles “All You Need is Love” en medio de luces psicodélicas y bailarinas a go-go en podios.


Es la larga noche de “Flower Power” de Pachá, una celebración de la herencia hippie de Ibiza, que cuesta más de 58 euros por boleto. Violando el código de vestimenta de todo en blanco, los clientes visten el uniforme de Ibiza de shorts y camisetas (ellos) y faldas imposiblemente cortas (ellas). El aire de nostalgia es indiferente como las dos bailarinas profesionales con poca ropa que se encuentran dentro de una gigante copa de champaña en la terraza del techo.

Al día siguiente, exploro la ciudad de Ibiza, con una población de 50,000 habitantes. Cafés y restaurantes alineados en el puerto llevan al faro en una pared de mar. Un inglés muestra su enojo consigo mismo, tal vez víctima de las drogas o del calor, o lo más probable, de ambos.

En la colina detrás del puerto, el viejo pueblo es un laberinto romántico de casas blancas y erupciones de buganvilias púrpuras. Lo rodean los muros fortificados de la ciudad, un legado de siglos de invasiones. Las galerías de arte recuerdan los días de los pintores que dibujaban los paisajes de Baleares. Una cafetería rocía una fina brisa de agua sobre sus clientes para mantenerlos frescos.

En la cima de la colina están las vistas panorámicas y el punto de referencia de la ciudad, su catedral del siglo XVI. Un enorme crucero está anclado en el puerto, uno de los 154 que se pronostica van a visitar la ciudad este año, por encima de 120 en 2015. Un par de kilómetros más al oeste está Playa d’en Bossa, la más grande de la isla. Un taxi después, llego allí para encontrarme con una escena menos tranquila.

La playa es adyacente a una calle ajetreada con restaurantes de comida rápida que llevan nombres como Steak ‘n’ Shake, y anuncios espectaculares que prometen “La fiesta de pintura más grande en la isla”.

En otros lugares hay muchas playas tranquilas y calas de agua cristalina, pero esta franja de arena de 1.6 kilómetros de largo está llena de jóvenes vacacionistas. El tecno sale desde los lounges de la playa y las fiestas de alberca. En la tarde el sol cae, un grupo de chicos ingleses bebe de forma casual botellas de Smirnoff Ice.

Las ideas de Ibiza como un lugar idílico en peligro de estropearse se repiten a lo largo de la historia de su turismo. Los hippies se quejaron de que el jet set corrompió la isla en la década de 1970, que a su vez se quejó de los vacacionistas que llegaban con paquetes en la década de 1980. Los intentos de regular la vida nocturna siguen un mismo patrón. Los asistentes a los clubes temen que la reputación de carnaval de la isla esté bajo amenaza.

El yate del Pachá llega con más bailarines, una visión del contoneo de la salsa y las lentejuelas. Es una versión diluida de la decadencia de Ibiza, pero la diversión es contagiosa. Para el final, estoy de pie bailando cuando una drag queen con barba canta una versión de la canción disco italiana “Amore”.

Después tomo un taxi a Space, al otro lado de la ciudad. Al club con capacidad para 5,000 personas lo maneja desde 1989 Pepe Rosello, ahora de 80 años, pero del que va a tomar control el próximo año su rival cercano, Ushaia. Para sus clientes, su cierre se asemeja a los cuervos que salen de La Torre de Londres, una profecía que simboliza la victoria de los VIP sobre la parte contracultural de Ibiza. Pago 42 euros por un boleto en línea.

“¿Tiene pastillas?” grita una joven sobre el ritmo que suena cuando entro a la sala principal. Supongo que no puede pensar en que exista otra razón para que un hombre en sus cuarenta esté presente, con el cabello cano que ilumina la luz ultravioleta. La música es dura e implacable, lo opuesto a la cursilería del cabaret Lio. Carl Cox, el DJ de largo tiempo del club, realiza su despedida, con el título de la “Música es la revolución: El capítulo final”.

“Entenderás que la música House es libertad”, entona un vocalista durante una canción. Los juerguistas elevan sus manos en respuesta, fieles en un altar de música electrónica. Pero la pregunta asecha en la sombra, ¿Por cuánto tiempo más va a permanecer su catedral de Ibiza?



Google news logo
Síguenos en
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.