El dolor suele ser silencioso, pero el arte tiene una sonoridad capaz de apagar las tormentas más densas del alma. En un cuarto prestado de la colonia Loma Real, un asentamiento ubicado en el sector suroriente de Torreón, Coahuila, el aire huele a pintura fresca, madera recién cortada y a la dulce algarabía de la infancia.
Ahí, desplazándose lentamente en una silla de ruedas que se ha convertido en su trinchera, permanece un hombre que se niega a permitir que la oscuridad defina los últimos años de su existencia. Su nombre es Román Márquez Aldaco.
A sus 56 años, su cuerpo carga las profundas cicatrices de una batalla de casi tres décadas contra la diabetes, una enfermedad que le arrebató las piernas y la vista, pero fue incapaz de arrancarle la sensibilidad y la ternura.
La historia de Román es un testimonio de resiliencia que desarma a cualquiera.
Quien alguna vez recorrió la República Mexicana levantando megainfraestructura eléctrica industrial, hoy dedica sus tardes a guiar las manos inexpertas de pequeños laguneros que descubren el mundo a través del lienzo.
El maestro apenas distingue el diez por ciento de la luz con un solo ojo. Para él, los rostros de sus alumnos y los botes de pintura son apenas siluetas difusas que cruzan el cuarto.
Sin embargo, en ese lienzo borroso que ahora es su realidad, Román ha encontrado los matices precisos para combatir la ansiedad y la profunda depresión que llegaron tras las cirugías, transformando su dolor en un refugio de color para la niñez de su comunidad.
Del andamio industrial al silencio de la enfermedad
La vida de Román no siempre estuvo confinada al espacio de un taller de pintura. Durante gran parte de su juventud y madurez se desempeñó como técnico electricista industrial.
Su experiencia lo llevó a trabajar como contratista externo para la Comisión Federal de Electricidad (CFE), participando en proyectos de infraestructura energética que cruzaron el país, desde el calor tropical de Villahermosa, Tabasco, hasta los paisajes áridos de La Paz, Baja California Sur.
Eran tiempos de actividad incesante, de subir torres de alta tensión y resolver complejas instalaciones para llevar energía a distintas regiones.
No obstante, la diabetes, enfermedad con la que vive desde hace 26 años, comenzó a cobrar una factura implacable a consecuencia de complicaciones circulatorias crónicas. Hace cinco años, una gangrena provocada por la falta de irrigación sanguínea obligó a los médicos a amputarle la primera pierna.
La pérdida fue un golpe devastador que puso fin a su carrera profesional, pero el destino aún le tenía reservado un nuevo golpe. Apenas dos años después, la misma condición lo llevó nuevamente al quirófano para perder la segunda extremidad.
"Tengo 26 años de diabético. Empecé a perder la circulación de la sangre y perdí mis dos piernas por descuidos; he tenido seis operaciones y me han ido amputando. Ya, gracias a Dios, se detuvo y estoy, pues, aparentemente sano, con mi diabetes controlada", relata Román con una templanza que estremece.
Al perder la capacidad de continuar trabajando en el sector industrial, la falta de seguridad social se convirtió en otra barrera.
Debido a que tiene 56 años y las normas institucionales exigen un mínimo de 60 para acceder a ciertos esquemas de pensión por invalidez, Román quedó desprotegido económicamente justo cuando la enfermedad demandaba los tratamientos más costosos.
Fue en ese abismo de inactividad, cuando la depresión amenazaba con echar raíces, donde los pinceles aparecieron como una tabla de salvación.
Trazar líneas en la penumbra: la mística del taller
Con la pérdida total de la visión en el ojo izquierdo y apenas una décima parte de capacidad visual en el derecho, Román realiza esfuerzos extraordinarios cada mañana.
Con sus propias manos y apoyándose en los conocimientos adquiridos durante su vida laboral, construyó una decena de pequeños caballetes de madera diseñados especialmente para los niños de la colonia.
En las paredes del cuarto prestado que hoy funciona como aula cuelgan pequeñas, pero inmensas, obras de arte creadas por sus alumnos: composiciones que reflejan el universo infantil guiado por la sabiduría de un maestro que pinta con los ojos de la memoria.
"La pintura me ha ayudado mucho para tranquilizarme, porque no tener pies y no ver me desespera un poco, pero con esto logro vivir un poco mejor. Me quita mucha ansiedad y me da mucha alegría hacer esto; me llena de satisfacciones y para mí es bonito ver que un niño haga una creación", comparte don Román, mientras las lágrimas asoman tímidamente por sus mejillas.
Las clases de pintura no solo representan un bálsamo emocional; también son el único medio que le permite subsistir y costear los insumos necesarios para mantener controlada su enfermedad.
Medicamentos como la insulina y la pregabalina representan un gasto que supera constantemente sus posibilidades económicas.
A través de la venta de sus propios dibujos —que realiza con enorme dificultad, guiándose apenas por las siluetas que alcanza a percibir— y de las pequeñas cuotas voluntarias de sus alumnos, reúne el dinero necesario para salir adelante.
"No tengo seguro. Trabajé mucho tiempo y no me dieron la pensión porque no cumplo los 60 años. Entonces tengo que ayudarme para comprar insulina, pregabalina y otros medicamentos que son caros y a veces no tengo para adquirirlos".
"Mediante estos dibujos y enseñando a pintar a los niños, logro ayudarme. Les enseño a conocer los colores, a expresarse con todo lo que quieran. Hago un gran esfuerzo por mantener este arte y, aunque no veo bien, me esfuerzo para hacer los trazos y que los niños no batallen", explica.
Un llamado a la generosidad lagunera
La labor de Román adquiere una dimensión todavía más valiosa durante las vacaciones de verano.
En un sector vulnerable como el suroriente de Torreón, donde las alternativas de recreación son escasas y los riesgos de la calle acechan a la infancia, este taller se ha convertido en un espacio de paz, aprendizaje y protección.
Para mantener vivo este refugio, el maestro hace un llamado solidario a la comunidad lagunera para reunir materiales básicos que permitan a los menores continuar creando.
El aula requiere con urgencia donaciones de pintura acrílica, pinceles de distintos calibres, cartulinas, blocks para dibujo y cualquier apoyo económico que pueda destinarse tanto al funcionamiento del taller como a la compra de sus medicamentos.
"Necesitamos apoyo con materiales: pintura, pinceles y, económicamente, lo que puedan ayudarnos; también para comprar mi medicamento y algunas cosas, porque ya tengo cinco años sin trabajar desde que me pasó lo de mis piernas", expresa.
La historia de Román Márquez Aldaco recuerda que el arte no es un privilegio de la mirada, sino una necesidad del espíritu.
Mientras sus dedos cansados acomodan un pincel entre las manos de un niño de Loma Real, don Román demuestra que la oscuridad física es incapaz de apagar la luz interior de un maestro.
Gane o pierda la batalla diaria contra la burocracia y los estragos de la enfermedad, este electricista que alguna vez iluminó las grandes obras de infraestructura de México ha logrado encender la luz más duradera de todas: la que brilla en los ojos de un niño cuando descubre, frente a un caballete, que el mundo todavía está lleno de esperanza y de colores.
aarp