El hip-hop también se sirve caliente y en un pequeño local del Paseo Matamoros, el aroma del café recién molido se mezcló con los beats que brotaban de las tornamesas.
Entre tazas humeantes y vinilos girando, DJ Jonta, uno de los nombres fundamentales del hip-hop en México, ofreció una presentación poco usual, íntima y profundamente urbana.
Tornamesas junto a la barra
Lejos de los grandes escenarios, luces estroboscópicas y bocinas monumentales, el icónico Disc Jockey de Caballeros del Plan G cambió la cabina por un espacio a un costado de la barra.
Ahí, casi al nivel de los asistentes, Josué Casas (su nombre real) comenzó a soltar fuego con un set que fue mucho más que música: fue memoria, raíz y calle.
Cada mezcla fue un recorrido por el origen del rap, una lección silenciosa que recordó por qué DJ Jonta es considerado uno de los fundadores de la cultura hip-hop no solo en el norte, sino en todo en el país. Sin poses ni discursos, dejó que hablaran los scratches, los cortes precisos y la selección quirúrgica de temas.
Café, beats y sorpresa
Happy Buddha recibía a los amantes del grano tostado, recién molido y preparado al momento. Muchos llegaron por un café; todos se quedaron por la música.
El ambiente se fue llenando poco a poco de ritmo, complementado por bebidas calientes, panadería artesanal y una decoración que envolvía el espacio con calma y calidez.
El sonido no invadía: acompañaba. El hip-hop se volvió fondo y protagonista al mismo tiempo, marcando el pulso de una tarde distinta en el corazón de Torreón.
Un artesano del ritmo
Como quien trabaja la madera o el barro, DJ Jonta colocó cada scratch con paciencia, mezcló cada tema con precisión y respeto por el tiempo.
Su set fue un trayecto por más de tres décadas de trayectoria, condensadas en vinilos que han sobrevivido modas, formatos y generaciones.
No hubo prisas. Hubo oficio. El tipo de ejecución que solo se consigue cuando se entiende la música como cultura y no como producto.
Arriba y abajo
Mientras unos pedían café americano, otros se decidían por un latte o un capuchino. Todos, sin excepción, terminaban moviendo la cabeza al ritmo de la música.
Era un gesto inconsciente, casi automático, como si el beat se colara entre el vapor de las tazas.
La tarde cerró con la sensación compartida de haber presenciado algo especial: una postal donde el hip-hop se bajó del escenario para sentarse a la mesa. Quizá pronto se repita.
dahh.