En tiempos aciagos de la política internacional, este 2026 ha cobrado un especial significado la celebración de un aniversario más de la victoria mexicana sobre el invasor extranjero, la gloriosa batalla de Puebla del 5 de mayo de 1862, evento que marcó la historia y el carácter de los mexicanos en su autoconcepción como nación.
Esa huella, indudablemente, permea en la nación entera, pero en tierras mexiquenses se recuerda tanto con representaciones de la lucha armada como con el “apellido” de un importante municipio: Atizapán de Zaragoza, lugar que adorna su nombre de tal manera debido a que el laureado general mexicano pernoctó ahí luego de la gesta heroica en Puebla.
Atizapán recuerda el paso del general
En efecto, el municipio de Atizapán debe su apellido al general Ignacio Zaragoza, quien, después de la Batalla de Puebla del 5 de mayo de 1862, acudió a descansar a la exhacienda de Sayavedra, hoy Zona Esmeralda en el municipio, comenta el cronista municipal Arturo Trueba Urbán.
El historiador local destacó que es un hecho del cual no se tiene una evidencia física, como una fotografía, pero sí testimonios que han pasado de generación en generación: la visita del general Ignacio Zaragoza, quien, una vez que el 5 de mayo de 1862 las armas mexicanas se vistieron de gloria, habría visitado la Hacienda de Sayavedra con la finalidad de descansar, por invitación del político local Sabás Iturbide.
En su crónica, realizada con motivo de la conmemoración de la Batalla de Puebla, Arturo Trueba destacó que es una fecha que tienen bien presente en el municipio de Atizapán, donde cada año se realizaba un desfile cívico por las avenidas Adolfo López Mateos y Miguel Hidalgo.
En esta fecha han sido tradicionales las Fiestas de Mayo, y es el día 5 la celebración cívica más importante de Atizapán de Zaragoza, derivado de que se lleva el apelativo del héroe de la Batalla de Puebla, donde en 1862 el Ejército mexicano, leal a Benito Juárez, venció a las fuerzas invasoras francesas.
Se tienen registros de que, desde la creación de este municipio en 1874, ya se realizaba la conmemoración el 5 de mayo, pero fue hasta 1883 cuando se extendieron de manera más amplia con la participación de la población de este lugar.
Desde entonces se ha tenido como uno de los principales elementos, dijo el cronista, la elección de la reina de las Fiestas de Mayo y los tradicionales desfiles cívicos en conmemoración de la histórica batalla.
Una tradición que fue apoyada especialmente por el profesor Federico Serrano, quien era cercano a los Estudios de Cine Churubusco y era quien conseguía, a préstamo, las indumentarias necesarias para el lucimiento del tradicional desfile.
En décadas atrás, el Baile de Coronación de la Reina del 5 de Mayo era un evento social, el más importante para la comunidad de Atizapán, y por muchos años tuvo lugar en el gran salón del antiguo balneario local, en los llamados “bailes de blanco y negro”, denominados así por su elegancia.
En Chiautla, la representación une a las familias
En otra latitud del territorio mexiquense, en Chiautla, familias completas con el rostro pintado de negro simulan al Ejército mexicano, aquellos que en 1862 defendieron al país en un combate contra el ejército francés y resultaron victoriosos.
Desde hace más 109 años, en el municipio de Chiautla, ubicado en la región Texcoco, en el oriente de la entidad, habitantes y autoridades se unen para representar el histórico hecho registrado en 1862, cuando el ejército de México venció a los franceses.
Es una tradición que ha pasado de generación en generación, pues niños, jóvenes y adultos se reúnen en la explanada municipal para continuar con la cultura que les heredaron sus padres, abuelos y bisabuelos.
“Es una tradición bien bonita que yo recuerdo con mucho cariño cómo mi abuelo nos traía, preparábamos nuestro cañón y nos veníamos a participar; es bien bonito y me gustaría que mis hijos también le tomaran el cariño y que se lo enseñen a sus hijos y así, que nunca se termine”, dijo David, entusiasta vecino que participó en la conmemoración.
En la representación participan más de 500 habitantes de la localidad. La representación de los chiautlenses muestra el momento en el que el ejército francés se enfrentó contra el Ejército de Oriente, conformado por apenas 10 mil mexicanos.
“Es una de las más emblemáticas y más grandes del Estado de México, pero sobre todo con realismo y realización; aquí se cuidan todos los detalles del vestuario, la escenografía, se truenan cañones reales con todo el cuidado de Protección Civil para evitar algún contratiempo”, explicaron.
En esta fecha, las autoridades auxiliares preparan comida que comparten de manera gratuita; a esto también se suman familias que llevan carnitas, arroz y hasta mixiotes para compartir.
Además, no puede faltar la bebida de los dioses, el pulque, que es degustada por decenas de personas, así como refrescos y agua fresca.
La batalla en la Concepción Coatipac, Calimaya; tradición centenaria
Además, desde hace años, habitantes de la Concepción Coatipac, conocida popularmente como “La Conchita”, en el municipio de Calimaya, realizan la representación de la Batalla del 5 de mayo de 1862, librada entre el Ejército Expedicionario Francés y el Ejército Mexicano de Oriente, que evidentemente, en el ánimo popular, resulta motivante como un recuerdo de la resistencia nacional ante la adversidad.
Tradicionalmente, el escenario son las calles del barrio de La Conchita, zona muy próxima a la delegación municipal, donde se ubican los participantes que representan a los bandos francés y mexicano, aquel que conducían los generales Charles Ferdinand Latrille, conde de Lorencez, e Ignacio Zaragoza, respectivamente.
Muchos se resisten a participar del lado francés. Quieren estar del lado ganador, con los mexicanos, pero la tradición es la tradición y, cuando les toca el rol europeo, preparan su vestuario rojo y azul, gorros granate y banderas galas para escenificar, como comparsas, aquella escena donde las armas nacionales se cubrieron de gloria.
Por el lado mexicano, el vecino que hace el papel de Zaragoza, con uniforme verde olivo decorado con motivos de oro y un infaltable sable con el que dirige a las huestes, encabeza a decenas de otros calimayenses: algunos con trajes azul marino con vivos blancos y sus banderas mexicanas, pero un buen número también de manta y sombrero, para personificar a los gloriosos zacapoaxtlas, indígenas de la sierra norte poblana que fortalecieron las líneas mexicanas ante el invasor.
Ambos bandos han preparado sus cañones con meses de anticipación, elaborados con rústicos materiales en sus casas, listos para la emoción de la batalla. La pólvora negra se alista, compactándola en el tubo que arrojará inocuos proyectiles, pero que hará un gran estruendo y, sobre todo, mucho humo, ambientación perfecta para la guerra vecinal.
Y esa, justamente, es la señal de arranque: varios disparos dan paso al choque de ambos grupos armados con improvisadas espadas, palos y machetes; unos cuantos portan “fusiles”, pero todos se meten de lleno en su histórico papel, que se representa en el municipio desde hace décadas, probablemente alcanzando ya el siglo de tradición.
Como herederos de esta simbólica batalla, participan muchos niños, numerosos alumnos de la primaria local, para quienes esta escena es una lección más de historia que se enmarca en una festividad popular.
Durante la jornada ocurren varias escaramuzas, hasta llegar a la escena final de la victoria mexicana, que se corona con el “fusilamiento” de los prisioneros franceses, y luego viene la fiesta.
Los “caídos” resucitan para participar en una convivencia donde hay abrazos y risas de los vecinos, a quienes esta tradición los ha unido desde niños y que pone un sello de fraternidad al grito de ¡Viva México!
AH