En los márgenes silentes de los ríos y presas de la Comarca Lagunera hay un puñado de hombres y mujeres que, sin uniforme oficial ni salario, se lanzan a lo desconocido para traer de vuelta lo que el agua se llevó.
Se llaman Buzos Laguna, y su historia es una corriente subterránea de valor, entrega y humanidad. Su labor: recuperar los cuerpos de aquellos a los que los afluentes les arrebató la existencia.
Un grito que rompe la calma
El día parece tranquilo. El sol cae a plomo sobre la ribera, tiñendo el cauce con destellos de oro líquido. Niños chapotean en la orilla, una radio suena a lo lejos y el crujir de las ramas secas acompaña los pasos de los paseantes. De pronto, un grito rompe el aire como piedra contra cristal: “¡Auxilio!”.
En segundos, un grupo de personas se moviliza con la precisión de una maquinaria bien aceitada. Revisan visores, ajustan cuerdas, aseguran tanques. El agua, que hace un instante era un espejo sereno, se convierte en un abismo que exige respuestas inmediatas.
Cuatro décadas de rescate voluntario
No son deportistas en busca de récords ni aventureros tras la adrenalina: son rescatistas voluntarios que desde 1982 han enfrentado tragedias en silencio. Más de mil servicios de rescate avalan su experiencia.
La agrupación nació gracias a los hermanos Castañeda, quienes en aquel entonces, con equipo rudimentario y un sentido del deber más fuerte que el miedo, se sumaron a las autoridades para recuperar cuerpos de personas ahogadas. Cuatro décadas después, el legado sigue vivo bajo la coordinación de Jesús Castañeda, el único hermano que continúa activo.
“Al llegar a una escena, ya sabemos quién va a entrar al agua y quién va a apoyar desde afuera con cuerdas o vigilancia”, explica Juan Pablo Hernández, miembro del grupo.
Protocolos bajo el agua
Cada intervención es una coreografía de disciplina y cuidado. Antes de lanzarse, aseguran el entorno: un rescatista que no regresa no puede ayudar. Reúnen datos clave de familiares o testigos: punto exacto del hundimiento, vestimenta y si la persona había ingerido alcohol o comido recientemente.
La búsqueda casi nunca comienza justo donde desapareció el afectado; las corrientes arrastran, y el primer barrido se realiza metros río abajo.
El protocolo es estricto: un buzo se sumerge mientras otro, desde la orilla, sostiene la cuerda de vida. Un kayak de apoyo vigila la zona, listo para intervenir. El equipo incluye chalecos salvavidas, snorkels, visores, trajes de neopreno, tanques de aire comprimido y linternas sumergibles.
La visibilidad bajo el agua suele ser mínima; ramas ocultas, corrientes traicioneras y suelos fangosos convierten cada inmersión en una batalla contra lo imprevisto.
Leer el río
La experiencia les ha enseñado a leer el río como otros leen un libro. “Ya conocemos bien dónde hay remolinos, dónde la profundidad engaña, dónde un cuerpo puede quedar atrapado”, dice Castañeda. La superficie calma a veces oculta corrientes cruzadas que viajan como cuchillas invisibles por debajo.
Rescates con vida
No todo son cuerpos sin vida. En temporadas como Semana Santa, los Buzos Laguna se convierten en salvavidas humanos. Jóvenes de entre 18 y 25 años intentan cruzar el río de extremo a extremo y, agotados, quedan a merced de la corriente.
“En un solo domingo hemos hecho hasta seis rescates con vida”, recuerda Hernández. Con la ayuda de kayaks y chalecos, remolcan a los imprudentes hasta la orilla, a veces arrancándolos de un destino que ya parecía sellado.
Las escenas más duras
Entre los voluntarios hay paramédicos, obreros y comerciantes. Una mujer técnica en urgencias médicas, integrante del grupo, confiesa que las escenas más duras son las que involucran a menores de edad.
“Como madre, ver el cuerpo de un niño es algo que se te queda grabado para siempre”, dice con voz baja Mayra Nava, otra de las voluntarias de los Buzos Laguna. Sin embargo, su labor ofrece a las familias algo que el tiempo no siempre concede: la certeza.
“Poder entregarles a su ser querido es darles, al menos, un punto final en medio del dolor”, opina.
Jornadas sin reloj
Algunos operativos duran horas; otros, días. Inician de madrugada y se prolongan hasta que la luz se extingue. Si la visibilidad se pierde, regresan al amanecer siguiente. No hay relojes, solo la urgencia.
En ocasiones, el hallazgo ocurre en minutos; en otras, el cuerpo emerge por sí solo horas después, liberado por la misma corriente que lo retuvo.
Sin sueldo ni financiamiento
Los Buzos Laguna también colaboran con Protección Civil en municipios cercanos como Ceballos o Cuencamé. Su reputación los precede: donde hay una tragedia en el agua, alguien suele pronunciar su nombre.
No obstante, carecen de financiamiento oficial. Su labor depende de la voluntad de la comunidad, de donaciones de trajes, aletas, cuerdas, chalecos, linternas y víveres que les permitan resistir las largas jornadas.
“Cuando localizamos un cuerpo, lo sujetamos, pero no lo sacamos del agua hasta que llega el Ministerio Público. Ahí termina nuestra intervención”, puntualiza Karen Rodríguez.
Un número que salva vidas
Su número de contacto —871 520 4060— es tanto un llamado de emergencia como un canal para quienes deseen apoyar. Cada pieza de equipo, cada litro de agua, cada barra de alimento es una moneda que se deposita en la cuenta invisible de vidas salvadas.
Guardianes del cauce
La historia de los Buzos Laguna es también la de un vínculo profundo entre la comunidad y el agua, a veces generosa, a veces implacable. Ellos conocen sus caprichos y saben que, en sus entrañas, se mezclan belleza y peligro.
Son buzos, sí, pero también narradores de silencios, guardianes de cauces, testigos de despedidas.
Y así, mientras el sol se oculta y tiñe de cobre la superficie del río, guardan sus equipos, revisan cuerdas y limpian visores. Mañana, quizá, el agua volverá a llamarlos. Y ellos, como siempre, responderán.
dahh.