Fueron casi 40 minutos los que un grupo de mujeres desquició el tráfico sobre la avenida Penitenciaría frente al penal del Topo Chico.
La protesta resistió el sol, la policía y hasta el intento de atropello que varios conductores y uno que otro motociclista.
"Huevos de oro, una tapa en 80 pesos", decía la pancarta realizada en cartón fluorescente y explicaba el motivo de su enojo.
Esta semana los penales del estado retiraron las ventas internas y con ello el permiso para introducir a las cárceles alimentos que no sean preparados y en pequeñas porciones, además de cantidades grandes de artículos de higiene personal, materiales de trabajo para sus talleres, entre otras cosas.
Las "tienditas" fueron concesionadas y las restricciones se extendieron hacia los días de visita familiar y presumen también se extienda a la conyugal.
"Nos están regresando todo lo que les llevamos: azúcar, café, tostadas, galletas, dulces, ya no nos dejan más que llevar lo preparado, algún guiso y solo con medio kilo de tortillas que porque todo lo que todo lo demás se venderá allí adentro", señaló una mujer que prefirió no ser identificada, por miedo a represalias contra su familiar interno.
Dicen que los costos de las llamadas aumentaron en 5, 7 y hasta 30 pesos dependiendo si se trataba de larga distancia o celular; que las mujeres que tienen hijos pequeños en el interior deberán pagar hasta 10 pesos por un pañal y 40 por un paquete de toallitas húmedas.
Las mujeres señalaron que la directora del Penal, Gregoria Salazar, es intransigente y no está en contacto con las necesidades por las que pasaban los familiares de los internos para mantenerlos en reclusión.
"Yo tengo tres (internos), mis hijos y mi nuera, y con lo que cuestan las cosas allí adentro tendría que darles como mil 500 a cada uno, son 4 mil 500 a la semana ¡ni de puta los saco! Y además ya estoy vieja y chimuela", señaló una de las mujeres en la manifestación.
Las hay de todas las edades; jovencitas cuyos esposo o hermanos se encuentran en prisión, mujeres mayores con media familia encerrada; aquellas que están empezando, otras que ya "han pasado por todo".
Se reúnen en los comercios aledaños, cuyas marchantas también participaron en la protesta.
Allí se rentan faldas (las mujeres no pueden entrar al penal en pantalón), chanclas; hay paquetería, incluso algunas cuentan con lencería y otros productos de belleza.
"Hace mucho que no te veía muchacha", dice una comerciante a la jovencita que carga en sus brazos a un bebé y con la mano derecha sostiene a su otra hija.
"Estaba buscando trabajo doña, nomás no sale pa' mantenerme a mí y al papá de estos dos"; responde mientras entrega a su recién nacido para meterse detrás del improvisado vestidor y ponerse la falda reglamentaria.
Están esperando a que salgan las que se animaron a entrar a la junta con La Goya como le dicen a la directora del Penal, pero la mayoría va saliendo poco y a poco y "echando madres".
"¿Sabes que nos pidieron?, que el cartelón con el que estábamos protestando pusiéramos atrás el nombre de nuestros internos, sí chula como no, para que nos los madreen más de como los tienen", dice molesta.
Se extiende: "Que dice la señora esta que para que les llevamos comida que allí hay, esa mugre tan mal hecha, podrida y cuando hay visita no les dan, que no se hagan, dice que ya nos van a dejar meter lo de higiene personal pero nada de comida, porque lo que no les den allí lo compran".
La mayoría va saliendo poco a poco con la seguridad de que no habrá muchos cambios, que las cosas seguirán poniéndose peor para ellas.
La protesta tenía la intención de llamar la atención de la directora del penal y lo consiguieron, pero aunque pudieron reunirse con ella no tienen grandes expectativas.
"Ay manita, a ver si al rato no nos quitan también la conyugal", dice una de las manifestantes, la carcajada es general y después, el silencio.