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ALF: 40 años del extraterrestre que terminó viviendo en tu casa

Detrás del extraterrestre maleducado había un sobreviviente que había perdido su planeta y buscaba lugar en la Tierra, historia que dio profundidad a una de las comedias más queridas.

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Imagínate la escena: llegas tranquilamente a tu casa, escuchas un estruendo en el garaje y descubres que una nave espacial acaba de estacionarse donde normalmente debería estar el automóvil.

De la nave sale una criatura peluda, de nariz gigantesca, poco educada, exageradamente habladora y con una preocupante afición por comerse a los gatos. En 1986 eso te parecía perfectamente normal. Porque eran los 80. Y si aquella década consiguió que aceptaras automóviles que hablaban, adolescentes viajando en el tiempo dentro de un DeLorean, cazafantasmas recorriendo Nueva York y extraterrestres queriendo llamar por teléfono a su casa, ¿por qué no ibas a recibir también a uno que terminara viviendo con una familia de clase media?

​​El 22 de septiembre de 1986, la cadena NBC transmitió por primera vez ALF. Su verdadero nombre era Gordon Shumway, provenía del planeta Melmac y había terminado accidentalmente en el garaje de los Tanner. El nombre con el que lo conocerías provenía simplemente de Alien Life Form forma de vida extraterrestre. Pero para ti fue sencillamente ALF. Y 40 años después pronunciar esas tres letras seguramente sigue provocándote una sonrisa.

La familia Tanner era suficientemente normal como para que el personaje funcionara. Willie, interpretado por Max Wright, era aquel padre paciente que parecía vivir permanentemente a unos cinco minutos de sufrir un colapso nervioso. Kate, interpretada por Anne Schedeen, tenía una capacidad extraordinaria para soportar al nuevo huésped; mientras Lynn y Brian completaban aquella familia cuyo concepto de privacidad desapareció la noche en que una nave atravesó el techo de su garaje.

Y luego estaban los Ochmonek, esos vecinos que seguramente te recordaban a alguien de tu propia cuadra: el clásico vecino metiche que siempre estaba pendiente de lo que ocurría en casa ajena.

ALF hacía exactamente lo que tú jamás te hubieras atrevido a hacer. Abría el refrigerador sin permiso, utilizaba el teléfono, destruía cosas, gastaba dinero que no tenía, contestaba lo que pensaba y convertía cualquier pequeño problema doméstico en una catástrofe. Era un descarado. Por eso te caía tan bien.

Su creador, Paul Fusco, además de producir y escribir para la serie, le dio voz y personalidad al personaje. Fusco convirtió a aquella marioneta en algo extraordinariamente difícil de conseguir: después de algunos capítulos dejabas de mirar un muñeco. Veías a ALF. Incluso su obsesión con Lucky, el gato de los Tanner, se convirtió en uno de los chistes recurrentes más recordados. En Melmac, aparentemente, los gatos no ocupaban precisamente el mismo lugar sentimental que en la Tierra.

Pero detrás de los chistes había algo mucho más interesante. ALF era un sobreviviente. Melmac había desaparecido y Gordon Shumway había perdido su planeta, su casa, sus amigos y prácticamente todo lo que conocía. Llegó a un mundo extraño donde además debía permanecer escondido para evitar que las autoridades lo descubrieran.

De pronto aquella comedia absurda que tanto te divertía tenía momentos de soledad, pertenencia, amistad y familia. Incluso llegó a preocuparse por la proliferación nuclear en la Tierra y, en uno de los primeros episodios, utilizó el radio de onda corta de Willie para intentar comunicarse con el presidente de Estados Unidos. En otro conoció a Jody, una mujer ciega y solitaria con quien estableció una amistad, porque ambos entendían perfectamente lo que significaba sentirse diferentes.

Ahí estaba el verdadero encanto de ALF. Te hacía reír y, cuando bajabas la guardia, te decía algo. La serie permaneció cuatro temporadas, hasta 1990. Paul Fusco interpretó la voz de ALF; Max Wright fue Willie; Anne Schedeen interpretó a Kate; Andrea Elson a Lynn y Benji Gregory al pequeño Brian.

Pero quizá recordar ALF también significa recordar cómo veías televisión. No existía el “lo veo después”. No había plataforma, pausa, algoritmo ni maratón de temporada completa. Tenías que estar ahí.

La televisión estaba en la sala y alrededor de ella ocurría una pequeña ceremonia familiar. Quizá tu papá ocupaba siempre el mismo sillón, tu mamá hacía alguna otra cosa mientras miraba el programa y tú buscabas el mejor lugar para sentarte.

Alguien gritaba desde otro cuarto que ya iba a comenzar ALF, otro buscaba algo de cenar y durante aproximadamente media hora todos compartían la misma historia.

Y si te perdías el capítulo, al día siguiente tenías que escuchar cómo te lo contaban tus amigos. Porque esa historia viajaba contigo a la escuela, a la oficina o a la banqueta de tu casa. La televisión todavía era conversación colectiva.

Por eso personajes como ALF terminaron formando parte de tu memoria afectiva. No solamente recuerdas lo que veías; recuerdas dónde estabas mientras lo veías.

Y quizá hasta recuerdes quién estaba sentado a tu lado. Han pasado cuatro décadas desde aquel aterrizaje.

Los televisores ahora son gigantescos y extraordinariamente delgados. Tienes miles de programas disponibles inmediatamente. Puedes detener una serie, adelantarla, repetirla o verla completa durante una madrugada. Tienes más televisión que nunca. Pero quizá tienes menos momentos en los que toda tu familia está viendo lo mismo. Y entonces aparece ALF desde algún rincón de tu memoria, con aquella melena color café, la nariz enorme y esa absoluta incapacidad para quedarse callado.

Y vuelves por unos segundos a aquella sala. A aquel sillón. A aquella televisión. Quizá a una casa donde ya no vives. O a una época en la que todavía estaban contigo personas que hoy extrañas. Y entonces comprendes que recordar una serie de televisión también puede ser una manera de regresar a casa. A una época donde un extraterrestre podía caer accidentalmente en el garaje de una familia y tú no hacías demasiadas preguntas. Simplemente lo invitabas a quedarse.

Porque ALF no solamente vivió durante cuatro temporadas con los Tanner. También vivió contigo. Y 40 años después, todavía conserva un pequeño lugar en tu casa. Aunque ahora esa casa solamente exista en tus recuerdos. Eso sí… Si todavía tienes gato, mejor escóndelo.



nrm

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Carlos Garza
  • Carlos Garza
  • Productor, creador de contenidos y locutor con 35 años al aire. Desde 1990 ha dado voz a innumerables entrevistas con artistas internacionales y ha impulsado proyectos de radio en México y Estados Unidos. Su trayectoria combina experiencia, técnica y una inquebrantable pasión por la comunicación.
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