“En mi opinión, confundimos la realidad con la verdad”, dijo el cineasta Alejandro Iñárritu la semana pasada, unos días antes del estreno de su nueva película, Digger.
Se trata de una sátira turbulenta sobre el cambio climático, los magnates corporativos y la propaganda, protagonizada por Tom Cruise en el papel de un petrolero impenitente y desmesurado, y no ofrece una claridad sencilla.
La película es una gran apuesta conceptual y estilística, sobre todo por un giro que enmarca deliberadamente la acción en algún punto entre la verdad y la realidad. La actuación es exagerada.
“Todo es sólo para llamar la atención, para conseguir reacciones, para incomodar, para molestar: es la cultura en la que vivimos”, aseguró Iñárritu.
Las críticas han sido en gran parte negativas, pero Iñárritu dijo que se sentía cómodo con que la película generara opiniones polarizadas.
“Prefiero eso a una recepción tibia”, recalcó en una entrevista en video reciente.
El guionista y director de origen mexicano, de 63 años, tuvo la idea de Digger después de filmar su drama invernal ganador de un Oscar, El renacido, en 2015.
Digger ha estado gestándose desde 2017, con cuatro coguionistas, a través de diversos altibajos de la industria y la producción.
“La película se vino abajo tres veces; perdí tres años de mi vida”, compartió Iñárritu.
Siguió volviendo al proyecto, dijo, porque refleja algo urgente sobre el mundo tal como es ahora.
“La película no es perfecta —admitió—. Pero me gusta correr riesgos”.
“Me quedé impresionado por la presencia que tenía”, dijo Iñárritu sobre Cruise, quien le pidió a Iñárritu que le leyera el guion en voz alta antes de aceptar el papel. Es “un maestro de las palabras —algo que se nota especialmente en una escena que contiene un monólogo largo—. Había 300 extras, y todos quedaron cautivados por su actuación”.
—¿Cuál fue la chispa que dio origen a esta película?—
“Al final de El renacido, nos vimos en apuros con algunas locaciones que se suponía que debían tener condiciones [nevadas]. Terminamos en Ushuaia [en Argentina, la ciudad más austral del mundo] en verano, en busca de hielo porque no había en esos lugares, algo que nunca había pasado en la historia de la región. Ese fue el punto de partida: esta idea de los cambios que estaban ocurriendo, y de que lo que nos dicen al respecto no necesariamente refleja la realidad. Incluso cuando nuestros cuerpos lo perciben, la confusión ya está sembrada”.
—¿Se trata de manipulación? Así es como han operado los gobiernos totalitarios desde el principio de los tiempos: no creas en lo que ven tus propios ojos.—
“Se trata de la codicia y el poder, de la irresponsabilidad y la responsabilidad, y de cómo quienquiera que controlaba la narrativa [dictaba] cuál debía ser la realidad, y no cuál era”.
“Originalmente, este guion se llamaba ‘Blah, Blah, Blah’. El concepto era el arma más peligrosa que tenemos los seres humanos: ese pequeño órgano llamado lengua. El lenguaje puede ser un puente hacia la realidad, y también un arma para destruirla. Pensamos que un personaje que aceptara eso deliberadamente podría ser interesante: muy humano, muy absurdo, al mismo tiempo aterrador y, con suerte, divertido”.
—¿Cómo se desarrolló la sátira?—
“Los primeros borradores eran muy diferentes. Estaba abordando las escenas de desastre en locaciones reales. Era muy, muy costoso —fui al Ártico dos veces con científicos. Y el guion aún no estaba listo. Estábamos agotando nuestra imaginación para lograr la sátira y el comentario. Pero a medida que explorábamos, la realidad básicamente perseguía a la ficción, y a veces incluso la superaba. Porque las cosas que imaginamos hace nueve años comenzaron a suceder”.
“En ese momento, no se estaba desprendiendo ninguna plataforma de hielo. Y de repente sucedió. Groenlandia no formaba parte de la conversación; el metano no era un tema habitual en el discurso de los medios. Ahora, el metano es uno de los monstruos más grandes. Llegó la pandemia. Cuando estábamos filmando, casi pierdo mi casa por los incendios en Los Ángeles. Todos estábamos lidiando con varios sucesos; ha sido aterrador. Así que pensamos: un momento, ya no hay más margen. Ya no había espacio para la sátira, el tono no es satírico. La sensación fue casi como escribir un documental sobre el futuro”.
—¿Tuviste pesadillas sobre adónde te llevaría esta película?—
“Sí. El cambio climático y el estado del mundo son temas tan grandes y complejos. Son incómodos; nos paralizan. Para bien o para mal, mi única forma de abordar esto fue ponerlo en el centro de la película, con estos personajes que se preguntan cómo enfrentar esto. En el teatro, podemos entendernos a nosotros mismos, crear un espejo. Esa es una tradición en América Latina, desde el Quijote hasta Ernesto Sábato. También es teatro brechtiano: cuestionar y provocar preguntas”.
“Que tenga éxito o no depende de lo que la gente vea o perciba, pero ese fue, al menos, mi intento de iniciar el proceso. Porque todos estamos juntos en esta obra”.
—¿Te preocupa que la gente no lo entienda?—
“Creo que, sin duda, es una película poco común, provocadora. Para mí, ese es el papel de una cinta: iniciar la conversación. Mi gusto personal son las que tratan de decirme algo de una manera diferente. Hay gente que quiere más certeza en la narración, y eso también está bien. Esto no es como un helado. Así que, sí, esperábamos eso, para ser honesto”.
—Tom ha dicho que es admirador de tu trabajo desde hace mucho tiempo. ¿Cómo se conocieron?—
“Fue muy generoso cuando hice mi primera película, Amores perros. Él la estaba proyectando y la gente me decía: 'Tom Cruise está promocionando tu película'. Yo estaba asombrado, pero no nos conocimos hasta 2011. Fue muy amable, y se sabía cada corte y cada ángulo de cada toma de mis películas mejor que yo”.
—En Birdman, jugaste con el pasado de Michael Keaton como Batman: lo persigue una figura enmascarada y alada. Al elegir a Tom, ¿piensas en lo que el público podría aportar a la hora de entenderlo?—
“Necesito a alguien a quien no puedas dejar de mirar, y creo que él tiene ese poder. Es el antihéroe. Lo llamo una catástrofe adorable porque, incluso cuando hace cosas despreciables, es difícil dejar de mirarlo. Es un arquetipo de la humanidad, representa que el poder es algo a lo que te vuelves adicto, y tiene tanto miedo de perderlo que el afán de lucrar será un problema para todos nosotros. Así es como creo que funciona el mundo hoy en día”.
—La película recuerda a otras historias distópicas como Brasil y Dr. Insólito. ¿Cuáles fueron tus referencias?—
“Estábamos tratando de encontrar el tono, lo cual fue muy difícil. En los ensayos, les mostré Ayuno de amor, donde Cary Grant habla sin parar. Me fascinó cómo manejaba muy bien el diálogo de ritmo acelerado, que es muy musical. Para que los actores entendieran que la velocidad no significa que tengas que perder el subtexto o el poder de la palabra. Pero es algo que hay que practicar. Visualmente, está un pintor danés, Vilhelm Hammershøi: todas las paletas que utilizaba son muy desaturadas; tan sólo unos pocos elementos de color en verdad crean una especie de atmósfera onírica”.
—Esta película tiene una visión del mundo bastante sombría. ¿Eso representa tu propia perspectiva? ¿Eres optimista?—
“Es una película de desastres, pero el desastre somos nosotros. El mundo es tan hermoso y tan increíble; hay tantos recursos y el equilibrio del ecosistema es increíblemente hermoso. Si podemos reunirnos en la misma habitación, en la misma realidad, y entender dónde nos encontramos en la narrativa, creo que hay esperanza”.
CQ
