En el marco del Festival Internacional de Cine en Guadalajara (FICG 41), el panel "True Crime y narcoviolencia: desafíos y oportunidades narrativos para la industria" abordó la transformación del documental en un producto de consumo. Everardo González señaló que el género ha pasado de ser un ejercicio de memoria a una cara más del entretenimiento, impulsado por una "imposición de un modelo bajo la imposición del mercado". Esta dinámica, según el cineasta, desplaza la búsqueda de justicia por una necesidad dictada desde los escritorios corporativos.
La narrativa actual del true crime suele invitar al espectador a ocupar el rol de juez, buscando personificar el mal en individuos aislados. Sin embargo, González advirtió que la realidad mexicana está inmersa en un "crimen de mal sistémico que construye criminales", donde los casos permanecen abiertos y sin una resolución real para la sociedad.
Superar la visión neoliberal del criminal
Juliana Martínez destacó que el género tiende a presentar al agresor como el eje central y más fascinante de la historia. Martínez criticó que esta "visión muy neoliberal" se enfoca excesivamente en la psicología individual, omitiendo el problema sistemático que rodea a la violencia. En un contexto como el latinoamericano, los panelistas coincidieron en que es vital no simplificar estos fenómenos ni caer en la tentación de volver "sexy" la narcoviolencia.
Inna Payán reforzó esta postura, señalando que en el cine documental de la región, la prioridad debe ser el mensaje: "¿qué quieres decir, qué quieres señalar?". Payán denunció que las leyes del mercado priorizan historias ya conocidas por el público, dejando en la sombra otros relatos necesarios que no encajan en los estándares comerciales.
El control narrativo del Norte Global
El debate también exploró las barreras de difusión. Everardo González explicó que las plataformas de streaming operan bajo agendas impuestas por el "norte global", aceptando difícilmente producciones externas con temáticas propias. Esta estructura limita la visibilidad de realidades crudas, como el hallazgo de fosas clandestinas, debido a interferencias en la agenda narrativa.
Ante la censura y las limitaciones, González instó a los realizadores a perder el miedo a la crítica y a la imperfección del documental. "El cine no deja de ser una industria de la pequeña burguesía, hay que entrarle sin miedo a cagarla", afirmó, subrayando que se deben abordar todas las visiones, incluso la de los victimarios, quienes a menudo son también víctimas del sistema.
La ética del cuestionamiento en pantalla
Uno de los puntos más complejos fue el trato a las víctimas. Inna Payán sugirió que, en casos de feminicidio, una forma de protección es no otorgar voz al asesino, transformando la obra en un homenaje y un proceso de integración comunal. No obstante, González matizó que, en términos puramente narrativos, a veces resulta necesario "cuestionar a la víctima" para que la estructura de la historia funcione, aunque esto pueda parecer inmoral desde fuera.
La voz de las nuevas generaciones: Memoria y empatía
José Alfredo Peregrina, estudiante y realizador de Quintana Roo, compartió su reflexión sobre el peso de estas discusiones en un país con heridas abiertas.
"Creo que en un país que de nuevo tiene heridas aún abiertas con respecto a temas de violencia, es muy difícil escuchar un enunciado como cuestionar a una víctima, porque creo que uno lo que busca en una de esas situaciones es tener el máximo nivel de empatía posible", expresó el estudiante.
A pesar de la dificultad emocional, Peregrina coincidió en que el audiovisual requiere una estructura donde los hechos encajen, lo que a veces exige un cuestionamiento responsable. Para él, la lección principal es la persistencia en el relato social:
"A mí en lo particular creo que es sobre no tener miedo de seguir abordando los temas. Hay que tener sí responsabilidad y sí un criterio de ética, pero no dejar de hacerlo, porque no solo contribuye a la escritura todavía de la memoria colectiva, sino que además nos deja expresarnos".
SG