En el marco del Festival Internacional de Cine en Guadalajara (FICG 41), el cineasta chileno Cristóbal Valenzuela ha presentado su más reciente obra, Cocina Negra. Este reportaje documental se sumerge en la oscura vida de Eugenio Berríos, el químico de la DINA responsable de la creación de armas químicas durante la dictadura de Pinochet.
La pieza no sólo reconstruye hechos judiciales, sino que se adentra en la perturbadora intimidad de un personaje siniestro gracias al hallazgo de material sonoro inédito que redefine la comprensión del mal en contextos autoritarios.
El hallazgo fortuito en las bodegas judiciales
La génesis del proyecto dio un giro radical cuando Valenzuela accedió a una bodega del poder judicial chileno. Entre cajas olvidadas, aparecieron 40 microcintas que pertenecían a Berríos, grabadas por él mismo en su entorno privado. Este descubrimiento fue tan impactante que obligó al equipo de producción a detener el proceso para reescribir el guion por completo, integrando estas grabaciones como la columna vertebral de la narrativa cinematográfica.
"Me encuentro con una que era de Berríos, grabado por Berríos mismo... salía drogándose, se escuchaba inhalando cocaína. Se grababa él viendo televisión, en el laboratorio y cosas no le funcionaban. Fue tan impactante que hablé con la producción, dije que congele la película, ahora tengo que rehacer el guion", dijo.
La deconstrucción de un monstruo banal
Valenzuela utiliza el concepto de "la banalidad del mal" de Hannah Arendt para retratar a Berríos. A través de los audios, el espectador no solo ve a un asesino, sino a un hombre común, a veces patético o incluso fanfarrón, lo que acentúa el horror de sus actos.
El director evita generar empatía, buscando en cambio que el público reflexione sobre cómo un individuo aparentemente normal termina convertido en un creador de horrores bajo la presión de un sistema.
"Para mí estas cintas ahora son el núcleo de la película... este personaje perverso y diabólico en las cintas queda como un tipo borracho, fanfarrón, confundido, medio tonto, pero simpático a veces y eso lo queríamos mostrar en la película para deconstruirlo totalmente", expresó.
Un thriller entre el terror y la política
Visualmente, Cocina Negra adopta elementos del cine de terror y el thriller policial, alejándose del documentalismo estático tradicional. El director menciona influencias estéticas como Blue Velvet de David Lynch para transmitir la "ranciedad trasnochada" de los años 80 en los que operaba Berríos. La película se estructura con la agilidad de un relato de ficción, manteniendo la tensión a pesar de que el trágico final del protagonista es conocido desde el primer minuto.
"La película tiene por un lado terror, pero también tiene el thriller policial, el thriller político. Me interesaba hacer una película como de un relato ágil, duro e investigando al darnos cuenta de que el arco de personaje tenía un tercer acto súper marcado".
Memoria frente a la fragilidad democrática
El documental funciona como una advertencia sobre la susceptibilidad humana ante el autoritarismo. Valenzuela vincula el caso Berríos con experimentos psicológicos como los de Milgram o el de la cárcel de Stanford para explicar cómo el poder autoritario potencia la perversidad.
En tiempos donde la ultraderecha resurge globalmente, el film se posiciona como un ejercicio de memoria necesario para evitar que la historia de autodestrucción se repita.
"Películas como Cocina Negra son necesarias porque te mantienen alerta de que estas cosas podrían repetirse. Es bueno mantener el recuerdo de cosas que pasaron porque la memoria es frágil y se olvida rápido", culminó el director.
JVO