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  • Arsenal, el equipo que tuvo que aprender a no ser 'Invencible' para ser campeón

Arsenal, el equipo que tuvo que aprender a no ser 'Invencible' para ser campeón (John Munro)

Después de 22 años sin ganar la Premier League, el Arsenal de Mikel Arteta encontró su forma de campeón en la resistencia.

Un 1-0 contra el Burnley, decidido por un cabezazo de Kai Havertz, fue el último partido de la temporada en el Emirates, una noche en la que el Arsenal jugó para sobrevivir. El estadio no celebró todavía un título, pero ese triunfo puso al Arsenal a noventa minutos de lograrlo; fue el partido que dejó al equipo más cerca de levantar su primera liga en 22 años. Los de Arteta no se volvieron campeones en una sola tarde de futbol total, lo hicieron defendiendo una ventaja mínima, con la presión encima y la obligación de no fallar.

Durante años, el Arsenal vivió atrapado en una contradicción. Equipo admirable, pero incompleto. Con una generación joven, una grada reconciliada con su propio entusiasmo y una estética que devolvía cierta dignidad a un club acostumbrado a mirarse en el espejo de Arsène Wenger. Pero le faltaba ese gesto cruel que separa a los equipos prometedores de los equipos campeones. En la Premier, la promesa no basta. El Liverpool lo aprendió antes de ganar con Jürgen Klopp, después de años de construir una identidad feroz hasta romper una espera de 30 años por la liga. Manchester City lo convirtió en sistema bajo Pep Guardiola, con una cultura de repetición que llegó a producir cuatro títulos consecutivos entre 2020-21 y 2023-24.

Aficionado del Arsenal durante los festejos del campeonato
Aficionado del Arsenal durante los festejos del campeonato (John Munro)

El Arsenal tuvo que encontrar su propia respuesta. No podía refugiarse para siempre en la memoria de los Invincibles, aquel equipo de Wenger que terminó invicto la Premier 2003-04 con 26 victorias y 12 empates. Ese recuerdo, durante mucho tiempo, fue una forma de orgullo y también una forma de condena. Cada nuevo Arsenal era medido contra una fantasía casi imposible, la del equipo perfecto, invulnerable, elegante, ligero. El equipo de Arteta tuvo que aceptar que no iba a ser invencible. Iba a ser resistente.

Después de tres subcampeonatos consecutivos, el proyecto parecía condenado a la pregunta constante: ¿cuánto tiempo puede durar una reconstrucción antes de convertirse en frustración? En ese sentido, la temporada del Arsenal fue una acumulación. El equipo ya había aprendido a presionar, a circular, a controlar territorios. Pero este año aprendió a cerrar. Cerrar partidos. Cerrar semanas complicadas. Cerrar la distancia con un Manchester City que, incluso en retirada simbólica, seguía siendo el gran examen moral de la liga. Guardiola anunció su salida tras una década en la que ganó seis títulos de liga. Que el Arsenal haya ganado justo en esa frontera, cuando el ciclo más dominante de la era moderna comenzaba a apagarse, le da al título una lectura generacional.

Por eso la palabra “campeón” le cambia tanto el rostro a este equipo. Las temporadas perdidas dejan de parecer fallas aisladas y empiezan a funcionar como capítulos de aprendizaje. El título convierte la fragilidad en parte del camino.

Londres se pintó de rojo tras el campeonato del Arsenal
Londres se pintó de rojo tras el campeonato del Arsenal (John Munro)

​El partido contra Burnley en el Emirates fue, en ese sentido, casi perfecto como escena final en casa, por honesto. Un Arsenal contenido, obligado a administrar una ventaja mínima, jugaba en un Emirates cargado de una electricidad extraña, que no era todavía la celebración del título, pero sí la certeza íntima de que el campeonato estaba lo suficientemente cerca como para sentirse en las manos.

El viejo Arsenal, el de ciertas caricaturas crueles, habría sido acusado de falta de carácter. El nuevo Arsenal convirtió esa palabra en método. William Saliba, Gabriel, Declan Rice, Martin Ødegaard, Bukayo Saka, Havertz, Raya: los nombres importan, pero más importa la red que formaron. Arteta construyó un equipo donde la autoridad no dependía de una sola figura.

La coronación oficial llegó lejos del Emirates, en Selhurst Park, después de vencer 2-1 al Crystal Palace en la última jornada. El Arsenal terminó la temporada con 85 puntos, siete por encima del Manchester City.

Celebración fuera del Emirates Stadium
Los aficionados tomaron las calles alrededor del Emirates para celebrar (John Munro)

Este título se siente como una exhalación. En el futbol inglés, donde la memoria pesa tanto como el presente, volver a ganar después de 22 años implica negociar con fantasmas. Wenger, Highbury, los Invincibles, la mudanza al Emirates, los años de austeridad, las caídas, la sospecha de que el club se había acostumbrado a competir sin conquistar.

Arteta tuvo que cambiar el carácter narrativo del Arsenal. Y así volvemos al Emirates, a esa noche contra Burnley. El marcador decía 1-0. Havertz había marcado, y la gente se fue a casa con una mezcla de alivio y superstición, como quien sabe que algo enorme está por suceder pero no se atreve todavía a nombrarlo. Ahí, más que en cualquier otro lugar, el Arsenal se volvió campeón, en el último partido de la temporada en su estadio. Ganar puede ser eso, una ventaja mínima defendida hasta el final, una espera de 22 años reducida a un silbatazo, una multitud conteniendo la respiración antes de volver a creer.

CIG


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