Víctor Starita no aprendió a detener la sangre en un gimnasio. Lo hizo antes, mucho antes, cuando el margen de error no era un punto menos en la tarjeta, sino la vida de un compañero.
Infante de Marina, expuesto a uranio en su base de Carolina del Norte, Starita carga con un cáncer diagnosticado después de dejar el uniforme. Lo dice sin dramatismo, pero con una imagen que no necesita adornos: “Es como salirte de la militar, pero la bala venía detrás de ti y te pega después”. Así se siente. Así lo vivió.
El boxeo llegó como llegan las cosas verdaderas: sin promesas. En Boston, explica, aprendió a boxear en un entorno marcado por el racismo. También aprendió algo más crudo: a defenderse con cuchillo. “Nadie quiere una puñalada”, dice. El boxeo fue defensa, no espectáculo. Más tarde, ya mayor, regresó como amateur máster. Hoy tiene 59 años, no entrena, subió de peso y aun así se dice afortunado. Y lo dice en serio.
Starita es cutman. “Solamente soy un cutman”, repite, casi como disculpa. Y sin embargo, Mauricio Sulaimán ya habló de inscribirlo en los Récords Guinness por la precisión con la que trabaja los cortes. Ahí está la paradoja: mientras el reconocimiento crece, él se incomoda. No le gusta que le pidan fotos en el baño, ni en los aeropuertos, ni en el avión. No se siente una eminencia. “La estrella es siempre el peleador”, insiste. Él se asume como lo que es: un obrero del dolor ajeno.
Su destreza no viene de libros ni de cursos exprés. Viene de cargar cuerpos heridos, de tapar huecos con trapos y vendas cuando alguien se estaba muriendo. “Después de eso, ser cutman no es gran vaina”, suelta, sin solemnidad. El ring, comparado con la guerra, es un lugar controlado.
Conoce la historia de Víctor Starita, el reconocido y humilde cutman al Mauricio Sulaimán quiere inscribir en los Récords Guinness
— La Afición (@laaficion) January 1, 2026
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La técnica llegó después, pulida por maestros que nombra con respeto: Billy Presco, Miguel Díaz, Nacho Beristáin, Tintán, Harry Navarro. Gente que, dice, le ahorró años de errores. Gente que le enseñó cuándo presionar, cuánto aplicar y, sobre todo, cuándo no estorbar.
Starita también habla de sus derrotas fuera del ring. Cuenta, casi como anécdota absurda, que su exesposa le pasó el coche encima. Pero cuando se detiene en el divorcio, la ironía desaparece. “Eso fue lo más duro”, admite. No por él, sino por sus hijos. Dos. Ahí se le quiebra el discurso marcial: los adultos sobreviven, los niños cargan con las cicatrices.
Hoy agradece. A su primer patrocinador, una bebida energética llamada El Jefe. A Ryan, quien confió en él cuando otros solo veían a un tipo más en la esquina. Y, sobre todo, agradece algo que define su oficio mejor que cualquier récord: “En la peor noche de muchos peleadores, soy su faro de luz”.
Starita no vende épica. No presume. No posa. Es un hombre que aprendió a cerrar heridas porque antes tuvo que evitar que se abrieran más. Y en un deporte donde la sangre suele ser espectáculo, él sigue siendo lo que siempre fue: el que trabaja para que la pelea continúe, aunque nadie lo mire.
MGC