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Mauricio Sulaimán y el CMB: un legado de doce años entre el volcán y la política del boxeo

A doce años de asumir la presidencia del CMB su gestión se define por una convicción reiterada: el boxeador y no el cinturón es la razón de ser del organismo.

Hay cargos que se asumen y hay cargos que te heredan el peso de un apellido que no admite medias tintas. El 11 de febrero de 2014, Mauricio Sulaimán fue electo presidente del Consejo Mundial de Boxeo apenas semanas después de la muerte de su padre, José Sulaimán. No hubo campaña. No hubo disputa pública. Hubo unanimidad. Y un duelo todavía fresco.

“Si es un día con sabor agridulce, fui electo a raíz de que falleció mi papá tres semanas después, ni siquiera había pasado el mes”, reconoce hoy. No es una frase institucional. Es una herida todavía viva.

Desde entonces han pasado doce años. Y el boxeo,como él mismo lo define, no es un deporte: es “un volcán en erupción”.

El hijo que decidió no competir con el padre

Muchos pensaron que el mayor reto sería llenar los zapatos de don José. Mauricio lo desactiva con una frase quirúrgica, no compite con el mito, se refugia en él.

Nunca me he comparado con mi papá. Lo único que busco es hacer la mejor labor que lo haga orgulloso y que mantenga el legado. Cuando hay problemas recurro a hablar con él y a ver qué me dice”.

Su tarjeta de presentación, admite, es clara: “El hijo de José Sulaimán”. Y lejos de ser carga, dice que es motor. Ahí está el punto psicológico de su presidencia: Mauricio no gobierna contra la sombra, gobierna con ella.

La narrativa que intenta sostener: el boxeador como centro Si algo repite como mantra es esto: “La única razón de existencia del organismo es el boxeador”.

La frase no es menor. El boxeo siempre vendió épica, él quiere vender estabilidad.

Mauricio Sulaimán, presidente del Consejo Mundial de Boxeo (Ariana Pérez)
Mauricio Sulaimán, presidente del Consejo Mundial de Boxeo (Ariana Pérez)

​Habla incluso de la nueva propuesta gubernamental en la que habrá salario mínimo y seguro médico: “Va a ser algo que realmente va a cambiar la vida de millones de personas”. Es la parte social de su presidencia. La que menos rating genera, pero la que más presume.

Entre cinturones, polémicas y decisiones incómodas

Doce años no se sostienen solo con buenas intenciones. Hubo decisiones que levantaron polvo: despojos de títulos, órdenes de revancha modificadas, campeones interinos que se vuelven definitivos. El caso Lester Martínez es un ejemplo: “Muy justa su petición… lo vamos a considerar con la junta de gobierno y veremos pronto una solución”. Diplomático, pero firme.

Sulaimán entiende algo que muchos dirigentes olvidan: en el boxeo la lealtad también pesa. Y cuando hay incidentes —como los altercados en Reino Unido— no evade: “Vamos a hablar con las autoridades británicas… para que sea una enseñanza”. No dramatiza, tampoco minimiza.

El boxeo como identidad nacional

Hay un discurso que siempre regresa: “El boxeo es el deporte del mexicano, somos referencia mundial, pero sobre todo el sentido de pertenencia”.

Ahí toca una fibra real. El gimnasio como alternativa frente a la salida fácil. El campeón como héroe de barrio. No es romanticismo vacío. Es sociología pura del boxeo mexicano.

El dirigente también es espectador

Cuando le preguntan por el show del Super Bowl y Bad Bunny, sonríe: “El espectáculo es la vida actual, no puedes hacer a un lado lo que es el espectáculo del deporte, van de la mano.”

Lo entiende. El boxeo ya no vive solo en el cuadrilátero, vive en la narrativa global.

El Consejo Mundial de Boxeo lanzó el programa Recursos Esenciales Para Campeones del CMB, que cuida a los boxeadores financiera y psicológicamente
Mauricio Sulaimán dijo que esta iniciativa busca velar por el bienestar de los peleadores (Instagram @wbcmoro)

Lo más complicado: gobernar el volcán

Cuando le preguntan qué es lo más difícil de su cargo, responde sin maquillaje: “Siempre hay de todo, es un deporte que es un volcán en erupción, si no te gusta el calor, sal de la cocina”.

No suena a víctima, suena a alguien que sabe que el poder en el boxeo nunca es estable. Organismos que compiten, promotores que presionan, nuevos modelos empresariales que amenazan con reconfigurar el tablero, campeones que reclaman, opinión pública que juzga. Y él, en medio.

El legado visto desde casa

Para entender la dimensión real del apellido, basta escuchar a Lucy Sulaimán, hija de Don José, hermana de Mauricio.

La escena es simple: Una niña de seis años sentada en la escalera, esperando escuchar la llave girar en la puerta. “Yo salía corriendo y le gritaba ‘¡Muñeco!’ y él se derretía.”

José Sulaimán viajaba mucho. Era un presidente global. Pero Lucy lo define así:“Ausente, pero presente. No había un momento en que lo necesitara que él no estuviera.”

Una familia normal; liga de beisbol, tele en la cama de los papás, nada de grandeza exhibida, y cuando le preguntan qué le diría hoy: “gracias, papito, por ser como fuiste”.

Y remata algo clave: “Estoy muy orgullosa de mi hermano Mauricio. Él ha hecho realidad e muchas cosas”. Esa frase pesa más que cualquier cinturón verde y oro.

Doce años después

Mauricio cumple doce años al frente del CMB. Sesenta y tres años cumple el organismo, y él insiste: “Lo único que nos mueve es el boxeador”.

¿Ha habido polémicas? Sí. ¿Decisiones discutibles? También. ¿Momentos donde el organismo parece más político que deportivo? Sin duda.

Pero si uno mira la línea completa, hay una coherencia clara: Mauricio no ha intentado reinventar el CMB, lo ha sostenido en un mundo que cambia más rápido que los reglamentos.

Gobierna con la memoria del padre, con el peso del apellido y con la convicción —quizá obstinada— de que el boxeo todavía puede ser herramienta social y no solo espectáculo.

Doce años después, no es el hijo que asumió por inercia. Es un dirigente que ya pasó suficientes incendios como para saber que el volcán no se apaga, se administra… y en eso sigue. Al mando del Consejo Mundial de Boxeo.

FCM


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