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Jueves , 21.03.2019 / 08:51 Hoy

Biblioteca XV, según Xavier Velasco

La editorial Océano publicará casi toda su obra; en sus propias palabras, el colaborador de Filias Milenio nos cuenta el origen de seis de sus libros.

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Luna llena en las rocas.

No es fácil comprender la soledad golosa del cazador noctámbulo. La penumbra cancela el horizonte para que uno se mire tal como es y libere al licántropo que acecha en lo profundo. Cuando José Luis Martínez S. me instigó a cultivar la crónica nocturna, pude ver detrás de él una gran marquesina con la palabra LIBRO centelleando en mayúsculas flamígeras. Fue así que me entregué a la perdición con la avidez del expedicionario y la conciencia limpia del misionero. Urgía pervertir al narrador, en el sagrado nombre del deber.

Diablo Guardián.

Muchos años atrás supe que era mujer y no me convenía: razón de más para correr tras ella. Mejor aún, dentro de ella, en primera persona y sin otra certeza que la necesidad de huir hacia adelante. No estaba listo, claro. Me faltaba habitar unos cuantos pellejos, confiscar los motivos de diversas mujeres raudas y desafiantes, a las que en el camino a la novela había ido saqueando para, un día, llegar hasta la mía. Cuando eso sucedió, me le entregué como un ladrón confeso. Era todo para ella, podía hacer conmigo lo que quisiera. De más está decir que esa Rosalba Rosas me tomó la palabra hasta el final.

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El materialismo histérico.

[OBJECT]Hay alguna elegancia aristocrática en mirar al dinero por encima del hombro. Es un tema prosaico y dizque irrelevante, como sería el caso del apetito sensual. Ya puede uno perder el sueño, la frialdad y el juicio por su causa que hablará de otra cosa, por buen gusto. Escribí estos relatos en primera persona, de camino al infierno de la insolvencia, como quien le hace carantoñas al diablo. “Te vas a morir de hambre”, alertan los sensatos al que busca vivir de la escritura. Pitorrearme de los protagonistas era también reírme de mi suerte deudora, morosa y fraudulenta, como quien pide un préstamo y se lanza al Hipódromo a multiplicarlo.

Éste que ves.

No sé si sea cosa de hijo único. Atesoro hasta hoy un recuerdo cuantioso y preciso de mis años niños. Creía desde entonces que tenía una historia por contar. Quedaban demasiados silencios estruendosos para un día llevármelos hasta la tumba. Me gustaba abundar en ciertos episodios, tanto que alguna vez Marisol Schulz —por entonces, mi editora— me sugirió soltar la sopa entera. No necesité más. ¿Qué otra señal quería? Era hora de saltar hacia el vacío, combatir otra vez a monstruos tan antiguos como mi recuerdo. La receta fue simple: cero invención, pura supervivencia.



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Puedo explicarlo todo.

Como Diablo Guardián, llevaba muchos años dando vuelta a esta idea. Podía ver a un prófugo de la justicia y a una niña de entre siete y diez años que respondía al nombre de Dalila. Dalila o el amor, la había bautizado demasiado temprano, sin pensar mucho en el berenjenal hacia donde iba. Cuando niño, mi abuela me tejió una colcha de colores a lo largo de cientos de tardes de trabajo empeñoso. A dos años de haber empezado la novela, ya sabía que estaba haciendo mi colcha. Una tarde, le llamé a Ramón Córdoba, que es un gran editor y aún mejor amigo, para confiarle una noticia buena y una mala: había llegado a la página seiscientos... pero aún no presentaba a la protagonista. Tomó más de cuatro años terminarla, al cabo de los cuales descubrí que, al igual que Joaquín, la niña había llegado para rescatarme. Con perdón de Violetta, Dalila es a la fecha mi gran favorita.

La edad de la punzada.

Otra de esas historias a las que sobrevives a partir del consuelo de saber que algún día las escribirás. Empecé la novela con la sangre ligera, como quien busca ahorrarse dos años de terapia, cuando se me fue la protagonista. Perdí a mi madre un viernes, en enero, y si bien en principio no quería saber más de la novela, fue por no hacer quedar tan mal a Alicia que regresé a escribirla. “¿Eres hombre o ratón?”, me orillaba, de niño, y no podía seguir diciendo que ratón. Nada más reiniciar, advertí que necesitaba de esas páginas como entonces, a media pubertad, de la motocicleta que me libraría de sentirme apestado en todas partes. Expropié algunos litros de testosterona y dejé que la vida atribulada del peor alumno de la historia del Instiputo se contara sola. ¿Cómo más iba a ser, si llevaba media vida planeándola? Hasta la fecha creo, sin el menor sustento racional, que me pasó todo eso porque podía contarlo. Imprimirle un sentido a lo que en su momento no lo tuvo. Entendí, hacia el final, que había una heroína y se llamaba Alicia. Si lo sabría yo, que era el mero villano.


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