En octubre de 2012, Haruki Murakami y William Trevor se encontraban entre los finalistas para obtener el Nobel de Literatura. Murakami es más popular y mucho mejor conocido en el mundo de las letras que Trevor, al grado que su nombre volvió a mencionarse en la última edición del Nobel. Por su parte, Trevor, siempre discreto y de bajo perfil, era reconocido por su elegante prosa, la profundidad de sus temas y por su enorme aportación a la técnica de la narrativa breve, de modo que se le consideraba como todo un maestro del género cuentístico solamente comparable a Anton Chéjov, tanto por la extensión de su obra como por su talento y originalidad. Lamentablemente ese año el Premio Nobel de Literatura se le otorgó al escritor Mo Yan, lo cual produjo descontento hasta entre los propios chinos, que consideraban que había mejores autores en su propio país que merecían el premio antes que él.
Pues bien, el pasado 20 de noviembre, a los ochenta y ocho años de edad, falleció en su casa de Devon, Inglaterra, el escritor anglo–irlandés William Trevor. Cuando digo anglo–irlandés me refiero a que, aunque él nació en Irlanda, en la ciudad de Cork en 1928, su familia era de origen protestante y de ascendencia inglesa. No obstante, su infancia y juventud transcurrieron recorriendo toda la isla y asistiendo a diversos colegios, dado que su padre trabajaba en un banco y la familia tenía que mudarse constantemente de ciudad en ciudad. Esa situación de ser protestante en un país católico lo hizo entender las complejidades del alma irlandesa. William Trevor se convierte así en gran heredero de la enorme tradición que incluye a narradores orales, a la mitología celta y autores tan sobresalientes como Swift, Wilde, Shaw, Joyce, Beckett, Brian Friel y tantos más.
Durante su prolongada carrera, William Trevor publicó más de 40 libros que incluyen novelas, relatos, ensayos y obras de teatro, aunque su mayor aportación fue, sin duda, en el campo del cuento del que Trevor fue un consumado maestro y sobre los que tiene en su haber más de una docena de libros. Para Trevor, una novela “imita la vida en tanto que un cuento la reproduce, está más pegado al hueso y no puede caer en ninguna dispersión”.
William Trevor logró reinventar el género cuentístico de los siglos XX y XXI pues llevó las epifanías joyceanas, el iceberg hemingweyeano y las sutilezas del minimalismo carveriano a alturas insospechadas, sin necesidad de alardes estilísticos o juegos pirotécnicos. Él nunca se consideró un escritor experimental y, sin embargo, sus cuentos siempre sorprenden por su calculada arquitectura, sus juegos con el tiempo y con las apreciaciones de los personajes, así como por el sutil punto de vista narrativo tras el cual el autor logra ocultarse para convertirse en “narrador invisible”. Trevor solía decir que el cuento debería “revelar un momento de la verdad”, pero sus cuentos no se centran, como los de Joyce o Hemingway, en una sola epifanía, sino que los momentos de verdad se multiplican para que finalmente converjan y nos ofrezcan un panorama más amplio de las complejidades del alma humana. “El cuento excluye lo mismo que incluye —afirmaba— ni más ni menos”, y por lo mismo es uno de los grandes maestros del understatement.
Sus temas son Irlanda e Inglaterra (“The Troubles”), protestantismo versus catolicismo, la subjetividad de la Historia, el pasado distante y el futuro incierto, el humor, lo absurdo del mundo, la soledad, la crueldad, la mentira, la fragilidad humana, la locura, la identificación con el dolor ajeno y la compasión. Sus cuentos son irónicos, líricos, profundos, sin sentimentalismos ni concesiones al lector. Sus grandes personajes son seres solitarios, adolescentes a punto del cambio, hombres y mujeres que viven en absoluta soledad, familias destruidas por la locura, la guerra o el amor, curas degradados, solteronas y solterones en la provincia irlandesa. Acaba de morir otro de los grandes a los que no llegó el Nobel pero cuyos libros sobrevivirán por su originalidad, gracia y elegancia.