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Jueves , 25.04.2019 / 21:25 Hoy

Visitantes regresan al Museo del Algodón

Años complicados vivió el recinto cultural, ubicado donde se escuchaba latir el corazón de la violencia en el Centro de Torreón. Muchas lunas pasaron para que el lugar renaciera de las cenizas.

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Un señor solo llega interesado, atraído por la flor del algodón. Detrás de él, 3 amigos comienzan a caminar por los pasillos y se estacionan en la maquinaria utilizada en el despepite de los capullos.

Una familia se deja sentir en la risa y el correr de los niños por la sala.

El Museo del Algodón retoma una vida útil, donde el discurso de La Laguna progresista en torno al algodón como cultivo rector en la fundación de Torreón, crece y deriva en el beisbol llanero, en el canto cardenche, en la reina del ejido y en el sabor a sandía y melón dulce en los campos comunitarios, recuerdo indeleble de los ejidos que han sido ya desmantelados.[OBJECT]

Ubicado en la calle 5 de Mayo y Primero de Cobián en el corazón del Mercado Alianza, zona centro de Torreón, este museo municipal se inauguró en el año 2008 dentro de la administración del panista José Ángel Pérez, con el objetivo de reivindicar el espacio público en un tiempo en el que se desataría la violencia y donde no cesó el terror sino hasta finales del año 2013, en un Torreón con otro semblante, menos confiado y amable.

El lunes pasado el patronato de este recinto cultural debió dar el pésame a la familia del contador Juan José Fernández Torres, el tesorero de la sociedad que administra el recinto.

Sin embargo el Museo del Algodón abrió sus puertas como lo hace con regularidad, de martes a domingo en espera de sus visitantes.

A las 4 de la tarde cerró y su personal se movilizó a la iglesia de "La Medalla Milagrosa" para despedirse de su colaborador en una misa donde se colocaron sus cenizas para darle el último adiós.

En muchos aspectos, los habitantes de esta tierra no abandonan sus costumbres y tradiciones.

Imaginario de nieve en el desierto, los campos de cultivo algodonero tienen sus historias hechas canto al amparo de San Isidro Labrador.

Es un canto lastimero que se enraíza en la espina clavada en el corazón del hombre de manos rudas y rostro de labranza, que el sol ha dejado tras su paso en el campo.

Y mientras la paquita de algodón se mece en el retrovisor de un taxi, la literatura lagunera escrita por manos femeninas echó raíces en el campo surcado rudimentariamente en Jauja, Amparo, Bella Vista, Longoria y Purísima.

De Francisco I. Madero a San Pedro de las Colonias, La Rosita también albergó en su tierra a la fibra textil, al igual que La Torreña, La Unión en Torreón, Lequeitio en Chávez y Hormiguero en Matamoros, pidiéndole al santo patrón que el gusano rosado no invadiera a las bellotas.

Nieve que nieva hacia arriba, que no tiene frío, espuma de ningún río y que a ninguna mar arriba, Manuel Benítez Carrasco da la bienvenida a los visitantes del recinto en tanto que en uno de los nichos la poesía de Irma Beatriz Bermeo, explica la visión de la Tierra Mía, donde Danzaban los algodonales en su esbelta sinfonía, el maizal afinaba su risa en las mazorcas y el sorgo sacudía sobre los campos su traje de jugosa clorofila.

La historia de este cultivo está paralelamente enlazado con las etnias, que allá por la década de los treinta, para sofocar el calor, bebían botellas dignas del dios Saturno, marca que se anunciaba como la maravilla de las cervezas conocidas.

[OBJECT]Entre españoles, árabes, ingleses y chinos, los migrantes zacatecanos, duranguenses, sinaloenses y del meritito Parral, Chihuahua, configuraron una comunidad plural de la cual parece que ya casi nada queda.

El Museo del Algodón, dirigido por Leonor Lobo, recobra vida. Con talleres de guitarra, coro y flauta, teatro, dibujo y manualidades, es un espacio amable para niños, adolescentes y mujeres que esperan a sus hijos.

Con cinco maestros, cuatro guías, dos personas en la limpieza, una más en mantenimiento y una en la oficina, su directora dice que sí falta personal y sobre todo agentes de la Dirección de Seguridad Pública pues al cerrar el recinto, no existe nadie quien vigile.

JFR

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