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Viernes , 26.04.2019 / 03:33 Hoy

Tras los libros valientes

Los grandes desafíos de la literatura infantil y juvenil son los de tratar a sus lectores con el respeto que merecen, sin desestimar su inteligencia ni sobreestimar su experiencia del mundo

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Cuando era niña, la frase que más detestaba era “cuando seas grande, comprenderás”. Porque, realmente, entonces era imposible discutir con eso. Ahora que soy grande tengo varios argumentos que podría dar a los adultos que zanjaban temas “difíciles” con esa frase. Por ejemplo, que si bien lo que he vivido en estos muchos años me ha permitido apreciar sutilezas que de chica me pasaban inadvertidas, creo que no es el puro pasar del tiempo lo que me ha hecho ser “más sabia”: en buena medida, lo que he podido aprender se debe a algunos adultos que no tuvieron miedo de abordar temas difíciles y que tuvieron, además, la paciencia y empatía necesarias para tratarlos en términos que me resultaran comprensibles a los 8, 12, 15 o 20 años (ah, porque una de las cosas que descubrí a la mala es que no por tener edad para votar entiende uno todo lo que pasa a su alrededor). Y sí, entre estos adultos tendría que incluir a algunos de mi familia, pero también a gente que nunca llegué a conocer en persona, porque la manera en que abordaron esos temas difíciles fue a través de libros.

¡Y estoy hablando de hace 30 años! Hace 30 años, cuando la literatura infantil y juvenil apenas empezaba a salir del corralito de lo didáctico para hablar con gusto de todos los ámbitos de la vida, incluidos aquellos que espantan a muchos adultos.

Por supuesto, no es trabajo de los escritores ocuparse de los temas que algunos padres y maestros no quieren tocar: si un niño llega y pregunta: “papá (o mamá, o maestra), ¿por qué están bombardeando Siria?”, no creo que la mejor opción sea buscar un libro con ilustraciones coloridas que se titule Medio Oriente para niños, dárselo al morrito y esperar que saque sus propias conclusiones; pero quizá sí ayude buscar en los libros disponibles, si no una guía de los hechos del momento (que puede no existir), al menos ejemplos de la conducta humana que nos permitan entender un poco mejor lo que está pasando delante de nosotros… y leerlos —juntos, o cada quien por su lado; pero también los adultos tendríamos que leerlos— para luego conversar al respecto.

Por desgracia, el mito de que los libros pueden sustituir a los padres y maestros está muy extendido todavía, sobre todo entre padres y maestros no–lectores, que encima de todo se espantan cuando descubren que los niños y las niñas a su cargo de pronto tienen un vocabulario más complejo (ay, a veces incluso con palabras “altisonantes” o relacionadas con las pasiones humanas) y, horror, más dudas e inquietudes que antes de la lectura. Así, con frecuencia nos encontramos con noticias de escuelas o asociaciones de padres de familia que prohíben libros y autores como si estuviéramos bajo el reinado de la Santa Inquisición. Y, tristemente, en la mayoría de los casos, los libros prohibidos no fueron leídos por los modernos Torquemadas: cuando mucho fueron abiertos al azar u hojeados velozmente, lo que bastó para, por ejemplo, pedir que una escuela devolviera los ejemplares de La peor señora del mundo, de Francisco Hinojosa, porque “pone en mal a los adultos”, o retirar el ejemplar de Loba, de Verónica Murguía, de la biblioteca de una casa hogar en Los Mochis porque la madre superiora abrió al azar el libro en la única página en la que la protagonista muestra interés romántico por alguien. Tengo una idea de lo que pudieron sentir Hinojosa y Murguía al enterarse del veto: una novela mía fue eliminada del plan de trabajo de un profesor en Aguascalientes porque “los personajes son darketos, y los darketos son satánicos”. Y yo que pensaba que, precisamente, el chiste de esa novela era combatir los prejuicios contra algunas tribus urbanas…, pero me parece peor lo de Loba, que es una de las novelas antibélicas más hermosas que he leído. En ella, Verónica Murguía aborda sin miedo temas como la ambición, el odio y la estupidez humana. Incluso toca, con gran delicadeza y sensibilidad, los sentimientos que anidan en el corazón de una adolescente que ama y admira a un padre alcohólico que parece no corresponder a su afecto. ¿Es mejor, de verdad, que los niños y jóvenes sepan del alcoholismo primero por una mala experiencia con un adulto, a la que llegarán sin ninguna información ni asidero, y que les puede causar graves daños? ¿Es mejor que no sepan que existen personas que no piensan, visten o viven necesariamente igual que la gente de su propia comunidad? ¿Es mejor —para dar de una vez un ejemplo muy importante— que un chico o una chica crezca sin aprender nada sobre el sexo y termine siendo causante o víctima de un embarazo no deseado o una violación?

Estos son tiempos en los que, desgraciadamente, los prejuicios, la represión y la censura parecen estar resurgiendo y fortaleciéndose de muchas maneras. Sin embargo, al mismo tiempo hay autores —tanto aquí como en otros países— empeñados en abordar estos temas de manera honesta y bien informada.

Ejemplos hay muchos (para nuestra buena suerte) y citaré solo algunos.

Para Nina, de Javier Malpica, narrador y dramaturgo mexicano, aborda un tema que es tabú para muchas personas: la diversidad sexual. En lugar de condenar a homosexuales, travestis y personas transgénero, o peor todavía, de negar la realidad de su existencia y de sus derechos como seres humanos, Para Nina habla —con naturalidad, en un tono ligero (que no superficial) y sin caer en estereotipos— de lo que sienten y piensan tres personajes: una chica lesbiana, su hermano trans y un amigo gay.

36 kilos, de Mónica Brozon, es una historia sobre la anorexia, vista desde los ojos de una chica cuya mejor amiga comienza a bajar de peso de manera alarmante. La protagonista no solo lidia con sus propias inseguridades, sino que es testigo de cómo va cambiando el cuerpo, y también la mente y el ánimo, de quien era poco menos que su alma gemela.

Tal vez vuelvan los pájaros, de Mariana Osorio Gumá, es la historia del golpe militar en Chile en 1973… narrada por una niña, Mar. La vida de Mar es la de cualquier niña sana y traviesa, hasta que un día, inexplicablemente, su padre desaparece. Entonces comienza su exilio, que la lleva de Santiago a la Ciudad de México. La brutalidad de los militares, la incertidumbre y el dolor de no saber qué fue de su padre, la nostalgia de su vida previa y la necesidad de adaptarse a nuevas costumbres son descritas con un estilo lleno de belleza y sensibilidad.

Las sirenas sueñan con trilobites, de Martha Riva Palacio, cuenta la historia de una niña que sufre de acoso sexual por parte de su padrastro. Cuando su madre, que trabaja de noche en algún empleo misterioso (más tarde nos enteramos de que es bailarina exótica), se entera, la envía a vivir con una abuela a la que apenas conoce y con quien tiene que aprender a tratar.

Los ojos de Lía, de Yuri Herrera e ilustraciones de Patricio Betteo, reflexiona acerca de la violencia que se vive en nuestro país. Lía es una preadolescente con una vida normal hasta que no le queda más remedio que darse cuenta de la manera en que está cambiando su realidad. Sus padres se empeñan en decir que no pasa nada, pero ella se da cuenta de cómo hasta los sonidos que la rodean son distintos, por más que los adultos a su alrededor insistan en fingir “por su bien”.

De Ricardo Chávez Castañeda, autor muy interesado en los temas “difíciles”, podríamos mencionar varias obras: desde su primera novela publicada, Los ensebados, en la que los niños de un pueblo se unen para proteger a los perros callejeros de la maldad de los adultos, hasta su libro más reciente, Mi primer beso, que más que una novela o un cuento es un ensayo acerca del descubrimiento del amor, del deseo y del miedo que despiertan sentimientos tan profundos en un niño, pasando por La valla, una historia sobre el abuso sexual a menores, El libro de la negación, que habla acerca de la violencia en contra de los niños a lo largo de la historia de nuestra civilización, Fernanda y los mundos secretos, que describe, en un lenguaje y con personajes accesibles para los lectores más jóvenes, algunas condiciones neuronales inusuales que fueron mostradas por Oliver Sacks en El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, o Los juegos de la violencia, novela en la que explora la forma en que la violencia de una ciudad se filtra en una escuela primaria y la manera inusual en que los maestros pretenden cortarla de tajo.

A estos libros cercanos se puede agregar uno no menos entrañable y consciente pero obra de un autor e ilustrador alemán: Wolf Erlbruch, quien ganó este año el Premio Memorial Astrid Lindgren, uno de los más importantes del mundo. Erlbruch tiene un estilo elocuente y lleno de sentido del humor, donde las ilustraciones parecen llevar la voz cantante, pero eso es solo la primera impresión, porque sus historias también abordan temas filosóficos complejos. Por ejemplo, en El pato y la muerte, acaso su libro más celebrado, no solo habla del final de la vida, sino que lo hace desde un ángulo profundo e inquietante: se pregunta, sí, por qué morimos (como se puede inferir en el título) pero también plantea otras cuestiones, como la de qué pasa con el mundo cuando dejamos de ser parte de él. El lector —de la edad que sea— empatiza de inmediato con el pato que se acerca al final de su existencia y que, de repente, se percata de que la Muerte lo acompaña; pero es ella, la Muerte —que es poética, amable y compasiva—, el personaje que se roba los corazones.

Hay otros libros para niños que abordan de una manera interesante el tema de la muerte.

La madre y la muerte / La Partida, un libro con dos historias (una de Alberto Laiseca y la otra de Alberto Chimal) en las que la muerte de un ser querido es el motor de dos reflexiones diferentes sobre la pérdida y la necesidad de aceptarla como parte de la vida.

Los muertos andan en bici, de Christel Guczka, novela llena de humor en la que un abuelo muerto decide regresar del Más Allá para acompañar a su nieto en unas vacaciones realmente inolvidables.

Punkzilla, de Adam Rapp. Esta novela que, por su extensión, complejidad y lenguaje resulta más apropiada para púberes y adolescentes, se desarrolla en torno a la muerte inminente del hermano de Jamie, el protagonista, quien cruza Estados Unidos en autobús con el objetivo de alcanzar a despedirse del único miembro de su familia con el que tiene un vínculo afectivo.

Quizá Punkzilla merecería una mención aparte, porque, además de hablar de un hermano desahuciado, se mete con cuestiones como las drogas, la vida de los adolescentes que huyen de sus casas, la identidad sexual y la identidad, así, sin más etiquetas. Todo está contado con un lenguaje de esos que espantan a los padres y maestros de los que hablaba al principio de esta nota, pero que vuelven a los personajes más verosímiles y más cercanos a la experiencia real de muchos niños y jóvenes.

Esto es importante: con mucha frecuencia no es que los lectores más jóvenes aprendan las “malas palabras” en los libros, sino que las conocen gracias a su entorno (a sus compañeros de escuela y amigos, sí, pero también al escuchar a los adultos que los rodean) y encontrarlas en los libros se vuelve una experiencia de empatía. Otras veces, la experiencia es de rebeldía lúdica: el placer de leer palabras prohibidas, malsonantes o “poco apropiadas”. A lo mejor por eso les gusta tanto a los niños “Un cuento de amor y amistad”, de Luis Pescetti: en él, el autor menciona la palabra “caca” tantas veces como puede, en tantas y tan absurdas variedades (¡y en verso!) que no reír es imposible. Si les interesa conocer esta historia, la pueden encontrar en la colección de cuentos de este autor Nadie te creería. Y es que hablar de cosas repulsivas a veces puede ser muy divertido, aunque las señoras elegantes se horroricen y digan que nunca brillaremos en sociedad. Eso me recuerda, por cierto, un libro de Kirén Miret, con divertidas ilustraciones de Alberto Montt: La asquerosa enciclopedia, que tiene una palabra cochina (por repugnante) y su definición para cada letra del abecedario.

En las objeciones y la censura que se hace a libros como éstos hay, muchas veces, una intención que quiere ser buena: la de “proteger” a los niños, o más precisamente a su “pureza” o su “inocencia”. En el fondo está la idea añeja de que la virtud moral de los pequeños es mayor que la de los adultos, preservarla requiere aislarlos de todo conocimiento del mundo, y esa preservación es más importante incluso que proteger la integridad física y psicológica de los niños, hacer valer sus derechos y acompañarlos en su crecimiento hacia la edad adulta. Pero, la verdad, aunque la idea de que un niño que muere es un “angelito que se va al cielo” puede resultar un consuelo para las personas creyentes, no disminuye en nada el sufrimiento real que podría evitarse con más responsabilidad por parte de los adultos: mayor disposición no solo a revelar los problemas que existen en el mundo, lo cual es fácil, sino a no abandonar a los niños mientras intentan comprender y resolver en la medida de lo posible lo que sucede a su alrededor.

El gran desafío de la literatura infantil y juvenil (LIJ) es, siempre, tratar a sus lectores con el respeto que merecen, sin desestimar su inteligencia y a la vez sin sobreestimar su experiencia del mundo, que no es la misma que la de los adultos. Pero otro más, casi tan importante y del que se habla mucho menos, es una paradoja: quienes leen LIJ no son, en muchos casos, quienes compran las obras. Son los adultos quienes lo hacen, y sus elecciones están motivadas en muchas ocasiones por aquella obligación supuesta de preservar la virtud incluso por encima de la seguridad o del conocimiento. Tal vez si insistimos en crear y buscar los libros valientes, las historias sinceras y a la vez conscientes y bien documentadas, se pueda ir ganando algo de terreno a la censura. De esta manera, es posible que generaciones futuras de adultos puedan reconocer el valor de los libros que les hablaron con la verdad, que no los dejaron solos.

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