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Sobre el concepto de la novela*

Opinión


Yo he comparado en una ocasión, hablando con dos o tres amigos, la novela con el hijo. La idea no es realmente muy original, y hasta es posible que resulte pedestre, vulgar. Yo no digo que no sea así. Para tener un hijo, como para tener una novela, es preciso que concurran una serie de circunstancias que, si no se dan, no producen ni lo uno ni lo otro. Los sabios, los que se pasan las horas muertas mezclando sustancias en la retorta o mirando por el agujero del microscopio o estudiando borrosos y difíciles palimpsestos, tienen los hijos como los mayorales de las ganaderías, como los cargadores de las estaciones o de los muelles, o como los cocheros de punto. Si a alguno se le ocurriese analizar un niño y decir: este niño tiene tanto de esto y tanto de esto y cuanto de esto otro, y después empezase a mezclar en un almirez todos esos alimentos, ¿qué saldría? No sé; saldría pasta para sopa o betún, o quién sabe si dinamita, pero lo que es una criatura…

Pues con las novelas pasa lo mismo. Un español, un alemán, un ruso, si sirven, si reúnen esa serie de condiciones que nadie sabe enumerar y se ponen a ello, acabarán haciendo novelas, a lo mejor magníficas novelas. Lo malo es que se les antoje hacer lo del sabio del almirez, ya que si aquél, en vez del niño, aún podía obtener cosas de alguna utilidad, estos otros no sacarían más que estulticias con apellidos de esos que nadie sabe lo que quieren decir.

La vida del niño, por poco que el niño dure, es siempre un ciclo, un ciclo completo: el niño nace, crece, se muere. Además, llora, ríe, mama, se orina…

Un amigo mío me decía un día en una carta lo siguiente: novela es la descripción de un círculo completo de vida, de un horizonte vital cerrado, sin huecos ni vacíos, como es el que realmente rodea a cada uno de nosotros. Mi amigo tenía razón; ahí está también el ciclo, el ciclo que se puede cerrar —con la muerte del niño o con el fin de la novela—, pero que no se puede interrumpir.

Yo creo que hablar de la novela es como hablar de la mar. A la novela lo que le hace falta es que la escriban, que lo que es que dogmaticen a su alrededor…

A la novela lo que le hace falta es que nadie trate de buscarle los tres pies, como al gato; que nadie olvide esas cuatro fuentes inagotables de acción, de belleza, de interés, que se llamaron Balzac, Dickens, Dostoievski, Stendhal. Lo demás… sirve para poco.

Proust tenía razón: sería espantoso tener un hijo que, en vez de reaccionar a gritos, como Dios manda, se incorporara en la cuna, adoptara un gesto castelariano y exclamara:

—Padres y hermanos míos: la teoría económica de la libre concurrencia…

Sería para matarle.

Una novela no tiene que defender nada expresamente; nada en absoluto. Tácitamente, ya se sabe que sí, que algo ha de atacar o defender, que algún partido ha de tomar en la vida. Las novelas que antes de abrirlas ya se sepa que van a defender esto o atacar lo otro o lo de más allá no tienen interés de ninguna clase.

El vivero de novelistas proletarios que el Partido Comunista formó con ánimo de deslumbrar al mundo occidental fracasó de una manera lastimosa, a pesar de estar los rusos extraordinariamente dotados para el género. Los genios del XIX, que se formaron en la persecución y el cautiverio, malos ambientes los dos para la creación de un producto de lujo y de ocio como es la novela, no fueron, no ya superados, sino ni remotamente alcanzados por los Iván Schmeliov, los Vsevolod Ivanov, los Lidia Selfulina, los Leónidas Leonov, los Eugenio Zamiatin. Ni siquiera por los Gorki.

La idea de la novela debe llevarse dentro, como el sabor de las peras o el olor de las flores o del mar; no se dejará escindir, separar, como la peladura de una naranja o de un plátano, porque ahí precisamente es donde está el peligro: en que la tiren como tiramos las mondas.

Yo bien sé que es difícil ocultar el andamiaje a los ojos del lector; pero sé también que es absolutamente necesario. En la obra de Pío Baroja, pongamos por caso al más insigne y al más universal de los novelistas españoles contemporáneos, por más que rasquemos, por más que miremos al trasluz, por más que olfateemos por todas partes, jamás encontraremos la ligazón, las tablas de los andamios, porque la novela en don Pío es algo de cuerpo entero, como la túnica sin costuras, algo que está parido —otra vez lo diremos: como los niños y las niñas— de una vez para siempre.

Por contraposición, cojamos al gran don Ramón de las barbas de chivo, a Valle–Inclán. La trama de su obra se le nota tanto o más que las costillas. ¿Y esta tabla que sale por aquí? Esta tabla es Barbey. ¿Y esta otra? Esta otra es el caballero Casanova. ¿Y ésta de más allá? Ésta de más allá… Que don Ramón se salve, no lo olvidemos, implica genialidad, no otra cosa.

La novela precisa de una verdad entrañable, de una verdad de cuerpo entero, de una verdad muy digerida por su autor. El novelista debiera tener cuatro estómagos, como los bueyes: panza, bonete, libro y cuajar. Con un sistema así estaría siempre rumiando esa verdad y la novela saldría mejor, más acabada. Con cuatro estómagos no hay quien se atreva a hacer equilibrios.

En la novela no se pueden hacer equilibrios porque, a poco que el autor pierda el nivel, se precipita y se desnuca. La gran laguna de la novela española que viene desde el 98 hasta… (¿hasta dónde, Dios mío?) está llena de náufragos equilibristas.


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*Texto publicado en la revista Haz, Madrid, febrero de 1943.


Del libro de próxima aparición: La forja de un escritor, Camilo José Cela. Editado por Adolfo Sotelo Vázquez. Fundación Banco Santander, Madrid, 2016. 245 pp.

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