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Domingo , 24.03.2019 / 03:48 Hoy

Salman Rushdie, la literatura que no conoce el miedo

Publica una novela en la que la batalla entre luz y oscuridad dura mil noches y una más.

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Salman Rushdie (Bombay, 1947) es productor y amante de la literatura. ¿Qué hay más esperanzador que una narración prodigiosa? Aunque viéndose menospreciado por algunos modernos envueltos en un halo de arcaísmo oscurantista, sus obras son un clásico contemporáneo.

Hombre que, pese a ser víctima de una fatwa, ha sido un escritor tan polémico como aclamado en el mundo angloparlante, asentado en Londres desde 1961, ciudad desde la cual se aferra a las letras y a la vida.

Tras ausentarse durante siete años, regresa, con su característico tono atemporal pero a la vez histórico, con Dos años, ocho meses y ventiocho días (Seix Barral, 2015), obra que desafía los temores a las correctivas de opinión. A sabiendas de que su literatura no conoce el miedo, Rushdie no es un cínico ni un fanático sino un creyente tan carente de ingenuidad que va en búsqueda de un salvador.

Las circunstancias que le han tocado vivir maduraron las convicciones personales que dan a su prosa la solidez necesaria para erguirse en terrenos proclives al desdén; sus historias representan lo aludido de la conciencia, en rostros que reflejan algún precepto moral: torbellinos de máximas en búsqueda de algo que rara vez podría calificarse de didáctico.

En estas páginas Rushdie explora los senderos abiertos por una gran tormenta al mezclar criaturas mágicas entre personajes que, aunque ordinarios, son incomparablemente perspicaces (un jardinero, un dibujante y un bebé); exhibe las múltiples peripecias con que enfrentan los problemas centrales de la humanidad, con ayuda de un argumento religioso-filosófico que permite repensarla.

Aquí la batalla entre luz y oscuridad dura mil noches y una más. El libro monta guardia sobre una idea de ficción que no rechaza fronteras, posee un magnetismo seductor, encanta. La ironía con que discurre la vida a través de 396 páginas hace visible una milésima parte de lo oculto entre líneas, allí donde el impulso halla escapatoria al peligro cercano que permanece invisible: "La historia nunca es amable con aquellos a quienes abandona, pero puede tratar igual de mal a quienes la escriben".

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