Cultura
  • “Qué intenso es Mahler”. La ópera me trae malos recuerdos pero la Sala Neza me fascina

Cada domingo, la Sala Nezahualcóyotl reúne a personas que se visten de 'tweed' y con blusas de moño | Especial

Hay una tribu que los domingos se viste de ‘tweed’ y blusas de moño para ir a un concierto en la Sala Nezahualcóyotl. Hasta un cronista, al que la ópera le trae malos recuerdos, encuentra motivos para quedarse.

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DOMINGA.– Si todavía sobrevive un lugar en la Ciudad de México donde salir de fin de semana signifique zapatos boleados, pantalones o faldas de lana, sacos de tweed, camisas con botones en el cuello, blusas que rematan en moño, un peinado formal, joyería discreta, voz modulada y una mirada de soslayo o lentes de armadura de carey, yo diría que ese lugar es el concierto del domingo por la mañana en la Sala Nezahualcóyotl.

La Sala Nezahualcóyotl es un ícono de la arquitectura moderna y la acústica en México
La Sala Nezahualcóyotl es un ícono de la arquitectura moderna y la acústica en México | Especial


Y no es que aquí, en el Centro Cultural Universitario, los precios sean prohibitivos –un concierto de cualquier músico en el Foro Sol cuesta diez veces más–, sino que ese es el aire general que tienen las salas de conciertos de música culta, la seña de la tribu que todos los domingos convoca, de la misma manera en que uno se pone una prenda blanca, encajes, corsés o alguna referencia a la iconografía católica cuando va a un concierto del último disco de Rosalía.

Así que, mientras Ámsterdam tiene su Concertgebouw, Berlín su Philharmonie y Nueva York su David Geffen Hall del Lincoln Center, la Ciudad de México tiene su Sala Neza. Es un recinto fabuloso, con la orquesta al centro y el público que rodea el escenario como un abrazo. Su revestimiento de madera me encanta. Tiene unos paneles de acrílico suspendidos sobre el escenario para devolverle al público el sonido que se proyecta hacia arriba. Las butacas con respaldos de madera reflejan el sonido y envuelven al espectador, y qué decir de esas gradas de geometría irregular que forman un paisaje de terrazas y pendientes.

Este domingo, además, es especial, se inauguran las obras de rehabilitación de la sala. El salón olerá a alfombra y tapiz recién puestos. Pero no nos adelantemos.

La Sala Nezahualcóyotl reabrió sus puertas en septiembre del 2026 tras un rehabilitación integral
La Sala Nezahualcóyotl reabrió sus puertas en septiembre del 2026 tras un rehabilitación integral | Especial


A la nota de la inauguración de las obras se le superpuso la del tropiezo en el programa. Se había anunciado la participación del violonchelista Mischa Maisky, un famoso solista letón, pero no pudo llegar a México por un contratiempo aéreo. Su ausencia obligó a modificar el programa y convocar al tenor mexicano Arturo Chacón-Cruz. Hubo cierta reacción del público al cambio; incluso algunos melómanos conspiracionistas mencionaron en redes sociales que, claro, eso lo hacía la UNAM para sacarles su dinero, aunque la Universidad ofreció reembolsar el costo del boleto aun si decidían asistir al concierto de reemplazo.

Por eso es que ese día se podía respirar un aire de “estoy aquí para apoyar a la Orquesta Filarmónica de la UNAM”: orgullo puma, que le llaman.

Esta es una nueva entrega de “El Día del Señor”, una serie de relatos quincenales sobre lo que hacemos los chilangos del siglo XXI cada fin de semana.

Vestíbulo de la Sala Nezahualcóyotl
Vestíbulo de la Sala Nezahualcóyotl | Especial

Un concierto de la Filarmónica de la UNAM


Faltan diez minutos para que comience el concierto. Gabriel y yo estamos en una cafetería de la planta baja, zampándonos un sándwich que viene perfectamente empaquetado. Si fuera la dulcería de un cine, habría palomitas y hot dogs. En la Sala Nezahualcóyotl hay, en cambio, chocolates, tablas de quesos, copas de vino y unas galletitas dulces en forma de notas musicales. Por supuesto, sobra decir que allí no huele a comida, sino a la dulce espera de que den la primera llamada.

Terminados los alimentos, depositadas las servilletas en el bote de basura, sacudidas las moronas de la ropa, entramos a la sala que, ahora sí, huele a nueva.

Sobre el escenario, los músicos prueban fragmentos que todavía no forman una música común: una escala en las cuerdas, unas notas de flauta. Algunos ajustan sus atriles; otros conversan. El concertino, el primer violín de la orquesta, sale al escenario con el instrumento en una mano y el arco en la otra. El público lo recibe con aplausos. Saluda con una breve inclinación y ocupa su lugar, a la izquierda del director. A una señal suya, el oboe da la nota de afinación; los músicos la recogen por grupos, hasta que el sonido se apaga. Hay una pausa. Entonces entra el director francés Sylvain Gasançon y el público aplaude.

El público ovaciona los actos de la orquesta filarmónica, en la Sala Nezahualcóyotl
El público ovaciona los actos de la orquesta filarmónica, en la Sala Nezahualcóyotl | Especial


En medio de un mundo tan polarizado, tan ruidoso, en el universo breve de TikTok, hay algo conmovedor en esa disposición colectiva: músicos y espectadores suspenden sus prisas y guardan el teléfono. Cuando se levanta la batuta, la música todavía no comienza, pero la sala entera ya participa de una promesa.

Suenan los metales y las percusiones. Es la Fanfarria volcánica de Gabriela Ortiz, escrita especialmente para celebrar los cincuenta años de la sala y los noventa de la Filarmónica de la UNAM. Es una pieza breve y brillante, inspirada en los jardines volcánicos circundantes, que le da al público la sensación de ser parte de la historia, de escuchar cómo la tradición crece y se renueva, de descubrir por primera vez una música que no se había escuchado jamás. Aplausos y más aplausos. También caravanas. Gasançon baja del podio, saluda y sale tras bambalinas mientras cambia la disposición del escenario y los músicos se reacomodan. Ahora entra de nuevo, acompañado del tenor Arturo Chacón-Cruz, vestido de traje negro y corbata azul, que ha cantado en La Scala de Milán y el Metropolitan de Nueva York. Suena Puccini.

A mí la ópera me da un poco de flojera, la verdad. Tiene que ver con que, en la prepa, al mismo tiempo que me zumbaba todo el postpunk de la época, también me esforzaba para que me gustara esa música y acabé relacionándome con el grupo de los jóvenes pretenciosos, los homosexuales católicos de mi escuela que no se atrevieron nunca a salir del clóset, no vivieron sus vidas y tanto me juzgaron después. Entiendo la desmesura del género, que en la exageración de las emociones y la conexión con el esfuerzo vocal está su belleza. Pero a mí me trae malos recuerdos.

Los plafones recién desempolvados y nueva duela de encino


Con perdón de Puccini y Verdi, así como de Chacón-Cruz, prefiero en ese momento hacer un viaje al interior de la Sala Nezahualcóyotl: por los plafones recién desempolvados, por los revestimientos de madera que acaban de restaurar, por la duela de encino que se estrena en el escenario, por las lámparas del vestíbulo recién restauradas y devueltas a su brillo original, todo a cargo de un equipo de la UNAM.

Me meto con la imaginación por el acceso que usan los músicos para descubrir cómo los camerinos se pusieron al día y cómo se habilitó una nueva sala de ensayos con capacidad para una orquesta, que tiene paneles variables para lograr distintas condiciones acústicas, una sala que en sí misma merecería un artículo.

Regresa mi cabeza al concierto cuando Chacón-Cruz entona Granada. Se ha quitado el saco para usarlo como capote y subrayar la exaltación hispánica con que Lara evoca una ciudad-fantasía de sangre, mujeres, flores y pasión. Termina en lo alto. Aplausos. Viene el intermedio.

Aplausos en el escenario de la Sala Nezahualcóyotl
Aplausos en el escenario de la Sala Nezahualcóyotl | Especial


Los sesenta minutos de la segunda parte estuvieron dedicados a la Primera sinfonía de Mahler, llamada Titán. Se ha dicho que esta obra contiene ya todo el universo de Mahler: la naturaleza, las canciones populares, la ironía, la muerte y los cambios bruscos entre alegría y angustia. Comienza con un despertar de la naturaleza, pasa por una danza campesina y una extraña marcha fúnebre, y desemboca en un final tempestuoso que acaba en una afirmación luminosa.

Se sale de un concierto matutino de domingo un poco deslumbrado, no sólo porque el cambio de la luz de la sala a la luz del mediodía obliga a los ojos a ajustarse, sino también porque el ánimo tiene que ponerse al día con las preocupaciones cotidianas. No es raro escuchar al público emitir un juicio. A mi lado, una señora elegante le dice a su acompañante a la que toma por el brazo: “Qué intenso es Mahler, ¿verdad?”. Y sí, uno se va de allí con la intensidad del estruendo final para pasearlo entre los ruidos habituales del mundo.

GSC/ASG

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Guillermo Osorno
  • Guillermo Osorno
  • Guillermo Osorno es escritor y periodista. Es autor del libro Tengo que morir todas las noches. Hoy conduce el programa Por si las moscas que se transmite en Canal 22.
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