Llevo muchos años viniendo a la FIL y he tenido la oportunidad de ver de cerca cómo ha ido cambiando, progresando, evolucionando. Hemos crecido juntos. Pero a mí se me notan las canas y los kilos.
Y tal vez uno de los fenómenos que más llamen mi atención en este andar, ha sido cómo han cambiado los públicos que abarrotan sus espacios día con día.
Hace 10 años, el promedio de edad de un visitante asiduo a la FIL debía rondar entre los 30 y los 50 años. Que eran los que tenían el poder adquisitivo necesario para llevarse a casa un par de libros por lo menos.
Hoy, los jóvenes (muy jóvenes) son los dueños y señores de la feria.
Muchachos de entre 14 y 20 años que la han hecho suya, y que contagian alegría con esas sonrisas que siempre tienen a flor de piel, y con un entusiasmo a prueba de desplantes. Calculo que seis de cada diez lectores que hoy visitan la feria debe estar en ese rango de edad.
Y me atrevo a aventurar una hipótesis un poco arriesgada. Son ellos los que están sosteniendo, en más del 50%, a la industria editorial mexicana. Los jóvenes están leyendo y eso, a escritores, editores, profesionales, libreros, debería llenarnos de alegría.
Pero no falta la voz de un amargado que trepado en su cajita de jabón lanza invectivas contra el fenómeno mal llamado "literatura juvenil" y que es lo que los ha acercado multitudinariamente al libro y a la lectura. Ni Verne ni Salgari, por ejemplo, son escritores que dedicaran sus esfuerzos a los jóvenes, escribían para su tiempo y para el asombro de su tiempo. Para sus pares.
Y yo quiero romper una lanza por el derecho absoluto que estos jóvenes de hoy tienen a leer lo que se les antoje.
–¡Moda! –grita el pequeño crítico que sería incapaz de plantarse frente a un auditorio de adolescentes para guiarlos hacia lecturas imprescindibles, para recomendar, ni siquiera para hablar bien de algunos libros, y mucho menos de algunos autores.
Y yo creo que la palabra moda está negativamente sobrevalorada. ¿No se leyó por moda a Sartre en los salones existencialistas de los años 50? ¿A Dumas mientras escribía sus novelas por entregas? ¿A Marguerite Yourcenar? ¿Al Boom Latinoamericano?
La recomendación boca a boca, sana y llana, ingenua a veces, de buena voluntad, es lo que hace que muchos se acerquen a un libro determinado, y lo conviertan en una manera comunitaria de leer a su tiempo, mientras lo leen.
Un lector se va haciendo a sí mismo, por caminos inextricables, decididos por voluntad propia, que a veces parecerían no llevar a ningún lado. Y sin embargo estoy convencido que quien lee forma su educación sentimental como mejor le conviene, con la intuición, y también sintiendo el pulso de los días que le toca vivir. Los jóvenes están leyendo. Y estoy seguro que saben hacia dónde dirigen sus pasos. Ellos son los que hoy, en la FIL, tienen la palabra.