Aunque el propio Pushkin nunca se consideró a sí mismo un “escritor para niños”, como ahora se acostumbra a decir, aunque sus cuentos no fueron creados para los infantes, y la famosa “Introducción a Ruslán” no esté dirigida tampoco a la imaginación infantil, por veleidades del azar estas obras parecieran estar destinadas a jugar el papel de puente entre el gran genio de Rusia y los niños.
No hay y no hubo ni una sola familia de habla rusa donde los niños desde muy temprano no escucharan hablar del poeta y no conocieran su retrato.
Todos nosotros, innumerables veces, escuchábamos de niños de tres años “El gato del científico” y “La tejedora y la cocinera” y veíamos cómo un dedito rosado señalaba el retrato en el libro infantil mientras el niño murmuraba “es el tío Pushkin”.
Los versos de Pushkin regalaban a los niños el idioma ruso en su brillo más acabado, esplendor que, tal vez, no volverían a escuchar y en el que nunca más volverían a hablar, pero que de todos modos les pertenecería como una joya eterna.
En 1937, con motivo del centenario de la muerte del poeta, la comisión correspondiente decidió quitar un infortunado monumento suyo de un oscuro jardín de la calle Pushkin en Leningrado. Mandaron un camión grúa y todo lo necesario para tal efecto.
Pero entonces sucedió algo sin precedentes. Los niños que jugaban en el jardín, alrededor del monumento, armaron tal griterío que fue necesario llamar a las autoridades correspondientes para saber cómo proceder. Les respondieron “déjenles el monumento” y el camión se marchó vacío.
En febrero de 1937 estaba en su triste encumbramiento el despiadado Yezhov.1 Se puede decir, con toda seguridad, que al menos la mitad de esos chiquitines ya habían perdido a su papá (y muchos también a su mamá), pero salvaguardar al tío Pushkin ellos lo consideraban un deber sagrado.
[1965]
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1Nikolái Yezhov (1895–1940) fue comisario del Pueblo para Asuntos Internos (NKVD), o sea, director de la policía secreta soviética. Dirigió las purgas del partido y del Estado entre 1934 y 1936 y el periodo más intenso de terror contra la población en general en 1937–1938. Fue sucesor de otro comisario policiaco temible, Génrij Yagoda, y antecedió al sanguinario Lavrenti Beria. Los tres funcionarios policiales murieron a su vez fusilados en diferentes años, devorados por el poder stalinista autófago: Yagoda en 1938, Yezhov en 1940 y Beria en 1953.
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Traducción y nota de Jorge Bustamante García.