Cultura

Prefiero leer novelas que ver películas

Sé bien, muy bien, que cine y literatura se sostienen en lenguajes distintos, en discursos diferentes. El primero se apoya en imágenes; la segunda, en palabras.

Mi primer artículo publicado se tituló "Frankenstein, entre la literatura y el cine". Apareció en el suplemento del periódico El Nacional que dirigía el maestro Alberto Dallal (pocos días antes había sido sinodal de mi examen profesional y me dijo: "Llévame algo, a ver si como roncas duermes"). En mi ensayo traté de establecer de qué manera el cine despedazó la magistral novela de Mary Shelley, ofreciendo versiones tergiversadas del personaje: en el libro es un ser excepcional, y en la mayoría de las cintas un monstruo terrible y despiadado.

Haré una declaración: no soy cinéfilo. Y creo saber las causas. Cuando era estudiante, en la FCPyS tomé una materia de cine que impartía Gustavo Sainz. Una clase se dedicaba a aspectos teóricos, y la otra reunión era en la Cineteca Nacional original, la que años después se incendiaría; ahí, Gustavo se hacía acompañar por algún crítico (Jorge Ayala Blanco, José de la Colina, Francisco Sánchez...), algún cineasta o por un actor o actriz (recuerdo a Helena Rojo), y viendo una película nos explicaban los trucos cinematográficos. Por ejemplo, cuando estudiamos la técnica del montaje, proyectaban King Kong, la primigenia; detenían la cinta, iban hacia atrás y nos señalaban en qué consistía aquella técnica. Era estupendo. Una segunda razón de mi aversión al séptimo arte era que nos obligaban a ir todos los días al cine, aunque por fortuna teníamos pase para hacerlo de manera gratuita, las únicas salas a las que no podíamos entrar de gorra eran las de un señor Alatriste, llamadas pretenciosamente "de arte". Me harté.

Creo, no obstante, que mi afición desmesurada a la literatura fue lo que provocó el distanciamiento. Me volví un lector desaforado, y hay quienes dicen que no hay en el país quien lea más libros de ficción. Puede que tengan razón. Hubo una época en que leía dos mil páginas a la semana; ahora solo leo mil. Sin quererlo, o sin saberlo, comparaba ambas materias, cine y literatura, y encontré que la primera era infinitamente inferior: todo se entrega digerido, no hay mayor esfuerzo intelectual para saborear el bocado; la literatura exige esfuerzo físico y mental, participación en el desarrollo de la trama, interpretación. Uno puede ver cualquier película mientras come palomitas o acaricia las piernas de la compañera: la lectura de cuentos o novelas exige concentración absoluta. Prueba de ello es que es común escuchar a personas en cualquier ambiente: "¿Ya viste tal película?". Y la respuesta inmediata: "Sí, es buenísima". Muy raro es encontrarse con esto: "¿Ya leíste la nueva novela de Norman Mailer?". El interpelado cree que le están preguntando cuál es la capital de las Islas Fidji. El cine es para las masas, la literatura es para unos cuantos (aunque se trate de obras maestras en ambas especialidades).

Sé bien, muy bien, que cine y literatura se sostienen en lenguajes distintos, en discursos diferentes. El primero se apoya en imágenes; la segunda, en palabras. Y sí, hay imágenes bellísimas, como hay frases desbordadamente hermosas. Piensen en la primera escena cinematográfica bella que se les ocurra, y díganme si tiene que ver con lo que Palinuro dice de la belleza de su prima-amante Estefanía en Palinuro de México, de Fernando del Paso: "Deslumbrante como un remolino de lechuzas blancas". Al ver la escena que ustedes recordaron, aplaudo; al leer a Del Paso, lloro ante tanta belleza.

De que los del cine y la literatura son lenguajes distintos se comprueba al ver películas nutridas de novelas. Pocas veces, casi nunca, uno y otro discursos empatan, y sucede eso que algunos llaman "traición", porque el filme le ha partido la madre al texto. Juan Rulfo se escandalizó más de una vez al ver cómo sus historias eran despedazadas en la pantalla, sin importar que en el guión hubiese intervenido gente como Carlos Fuentes y Gabriel García Márquez. Este último también manifestó su enojo por razones similares, y por eso resistió los cañonazos de millones de dólares que le ofrecieron por llevar al cine Cien años de soledad: "No me imagino al coronel Aureliano Buendía personificado por Anthony Queen. En adelante, mis lectores tendrían en mente las facciones del actor y no las de mi personaje. Prefiero que cada quien lo imagine como quiera" (cito de memoria).

En general las películas desmadran las novelas. Con ser decorosamente buena, El castillo de la pureza no le llega ni a los talones a la novela de que parte, La carcajada del gato, del gran Luis Spota, a pesar de que el guión es de José Emilio Pacheco. Hay una novela de Ricardo Garibay (guionista él mismo) que me parece de las mejores de México, y la película es un fraude (¿Los hermanos del hierro es el título de la novela o de la película?). Mariana, Mariana es un filme basado sobre Las batallas en el desierto, novela espléndida de José Emilio, y es ejemplo claro de cómo puede enmierdarse la literatura, así haya sido que el guión corrió por cuenta de mi admirado amigo Vicente Leñero. Al pobre de mi también autor de cabecera (escribí un libro analizando su literatura narrativa) Jorge Ibargüengoitia le han despedazado sus novelas en versiones cinematográficas. Muchos escritores mexicanos han estado involucrados con el cine. Pienso en Mauricio Magdaleno, en la maravillosa Josefina Vicens, en Juan de la Cabada, en José de la Colina y muchísimos más (el papá de Salvador Elizondo fue productor).

Así que, por todo lo antedicho, prefiero leer novelas que ver películas. Aunque también por comodidad: ir al cine exige, por lo menos y en esta ciudad, cinco horas (trayecto, función, café...), y en ese tiempo me despacho una novela de 250 páginas. Ni modo: me sé, me reconozco un troglodita; no me gusta el cine, y solo voy a las salas por compromiso: la premier de un cineasta amigo mío, o aquellas cintas protagonizadas por actores y actrices también amigos. Prefiero leer novelas o cuentos o poesía o teatro o ensayos, o hacer el amor o emborracharme, a ver fiascos.

Debo decir que otra diferencia entre cine y literatura que me hace desechar al primero a favor del segundo, es de orden técnico y humano al mismo tiempo. Uno es trabajo de equipo, la otra es labor personalísima. Para hacer un largometraje son indispensables el escritor, el director, los técnicos, los actores, etcétera, sin contar con asuntos ajenos al creador: distribución, exhibición y esas cosas, y sobre todo muchísimo dinero. Para escribir una novela, o un cuento, o un poema, basta tener papel y pluma (o computadora) y algo de talento: la edición, distribución y anexas ya no competen al autor.

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Texto leído en la mesa redonda "Cine y literatura mexicanos", efectuada en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM.

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