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Domingo , 17.02.2019 / 17:18 Hoy

Pino Solanas: “Asumo mi vida como una militancia”

Cine Entrevista

El cineasta argentino recibió recientemente la Medalla de la Cineteca Nacional por su filmografía
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El argentino Pino Solanas llegó al cine de rebote. Su primera opción fue la música, pero descubrió que tenía más talento para contar historias de alto contenido social por medio de la cámara. El cambio le resultó más que afortunado. Sus filmes La hora de los hornos, Los hijos de Fierro, Tangos…el exilio de Gardel o Memoria del saqueo, le han valido para obtener reconocimientos en los festivales de Cannes, Venecia y Berlín, además de la Medalla de la Cineteca Nacional recibida hace unos días.

¿Qué es el cine militante?

Es el cine que milita por causas políticas muy concretas. Hoy se rompieron todas las barreras y cada quien lucha por lo que cree conveniente. En mi época convivíamos con la censura y el territorio de las imágenes estaba controlado, por tanto la militancia consistió en difundir las imágenes de la contrapropuesta social. Yo, en general, he asumido mi vida como una militancia.

¿Así fue que decidió hacer lo que usted llama cine–ensayo?

Siempre me preparé para hacer una obra grande que fuera equivalente a los libros de historia y a los ensayos sociológicos, por eso quise llevar el ensayo al cine con la conciencia de que ninguna película o libro cambia el mundo. Si he participado en la política como senador, es porque creo que todavía hay mucho por hacer.

¿Cómo se le da una narrativa artística a la ideología sin caer en el panfleto?

Siempre me preparé para hacer una obra grande que fuera equivalente a los libros de historia y a los ensayos sociológicos, por eso quise llevar el ensayo al cine con la conciencia de que ninguna película o libro cambia el mundo. Si he participado en la política como senador, es porque creo que todavía hay mucho por hacer.

¿Cómo se le da una narrativa artística a la ideología sin caer en el panfleto?

De eso se trata el trabajo artístico. Muchas veces se juzga el cine por el tema y sin hablar de la película. Hay poca crítica cinematográfica. El cine es un lenguaje en sí mismo, es el vértice de confluencia de casi todos los lenguajes estéticos. El cine es arte plástico en movimiento.

En su caso la música es lo que marca la estructura del filme, algunos como El viaje, tienen armado casi sinfónico.

Quise ser músico. Esa fue mi primera frustración, estudié un poco, pero no tenía talento. Afortunadamente también me encantaba el cine y en Argentina descubrí el neorrealismo italiano. A Bergman y Fellini, a quien llamo el Picasso del cine.

¿Piensa sus películas en función del ritmo?

Sí, siempre les digo a mis alumnos que el director de cine está obligado a elegir y eso te puede volver loco. Por eso es importante conocer acerca de cuestiones definitivas como el tiempo, que es algo superior al ritmo. Hay que saber de dónde vienen o a dónde van los personajes para armar la toma. Y en ese sentido, me importa mucho saber qué música podría llevar cada escena. Una vez que encuentro el clima sonoro descubro cómo mover la cámara o cómo iluminar.

En sus películas como Los hijos de Fierro hay una confluencia de estilos o géneros... 

Los géneros nacen cuando hay varias películas en una misma tendencia. No me interesa pensar el cine en función de ellos. Si algo define a mis películas es la búsqueda de una identidad cinematográfica y cultural dentro de un país que ha sido muy penetrado por muchas corrientes civilizatorias. 

Usted pertenece a una generación que creció en los 1960. ¿Qué tan alejado se siente de aquello por lo que luchó entonces?

Las revoluciones se burocratizan. Siempre supimos que las películas no transforman la realidad, pero sí creo que mi cine contribuyó a la democratización de Argentina. Nosotros promovimos y estimulamos el desarrollo de un sistema de difusión clandestino de películas que incitaban a un cambio social. La historia no se acaba y Argentina vive ahora una de sus crisis recurrentes. Pero en otros aspectos es un país avanzadísimo: fue el primero de América Latina en reconocer el matrimonio igualitario y está a punto de despenalizar el aborto. Es el segundo país en el mundo que se dio el lujo de juzgar y meter presos a los jefes del terrorismo de Estado.


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