Lejos de la visión moderna y masculina del cosmos, el arqueólogo Arturo Montero desentraña cómo en la cosmovisión mexica y mesoamericana, el cielo era un dominio de diosas como Tonantzin, Coyolxauhqui y Coatlicue, símbolos de fertilidad, regeneración y poder cósmico.
En el marco de la conmemoración del Día Internacional de la Mujer, él propone una descolonización radical del cielo, cuestionando siglos de historiografía occidental que lo ha pintado como abstracto y dominado por varones.
Arturo Montero explica en entrevista con MILENIO que, de acuerdo con su investigación, “el cielo femenino constituye uno de los estratos más antiguos del pensamiento cosmológico de la humanidad, donde la Luna, el agua, la fertilidad y la arquitectura ceremonial forman una sola estructura simbólica”.
En las culturas mesoamericanas, el cielo contaba con potencias femeninas “asociadas con la noche, las estrellas, la gestación del tiempo y los procesos de destrucción y regeneración del cosmos, encarnadas en figuras míticas como Coyolxauhqui, Coatlicue y las tzitzimime”.
Montero propone que el 8 de marzo sea “un punto de convergencia entre la memoria ancestral, la cosmología indígena y la revalorización del conocimiento primigenio, articulando saberes ancestrales que cuestionan la astronomía moderna desde una mirada crítica, y así, mediante arqueoastronomía y mito, se restituya el firmamento en su dimensión femenina, reinterpretando una historia dominada por lo matemático y masculino”.
Diosas estelares
Tonantzin es la figura estelar que viste el cosmos mexica, la advocación de Cihuacóatl y “la Vía Láctea en la mitología mesoamericana, la mujer serpiente que se veneraba en el Tepeyac. Los mexicas ahí rendían culto a Mixcóatl y a su esposa, la diosa Cihuacóatl, como el aspecto femenino del cielo. La característica que la define como celeste es su falda de estrellas, es la diosa de la falda de estrellas, es el cielo nocturno”.
En la cosmovisión mexica “Tonantzin no es un atributo aislado de su religión, sino parte de una estructura cosmológica compleja donde lo materno, lo terrestre y lo celeste forman un continuo simbólico. Fuentes como el Códice Telleriano-Remensis vinculan a esta deidad con falda estelar con el principio generador dual de Ometeotl en el Omeyocan. Esta advocación revierte la idea masculina del cielo, posicionando a la mujer como matriz del universo”.
Montero ofrecerá este viernes 6 una conferencia magistral sobre el tema en la Universidad Autónoma del Estado de México en conmemoración del aniversario15 del Foro Internacional de la Mujer, 2026.
El experto subraya el rol protagónico de la mujer prehispánica, que está lejos de ser secundario: “El papel de la mujer es fundamental en el tejido de la sociedad prehispánica porque la mujer era la base para la tenencia de la tierra y no los hombres. Cuando un niño varón alcanzaba la madurez y dejaba a su familia tenía que buscar una mujer para poder entrar a un calpulli y tener derecho a la tierra”.
Entre macehuales la mujer era la base del hogar, literalmente era la piedra donde se vive, la tierra que se cultiva. En la nobleza, garantizaba la descendencia y el poder político.
“Esta centralidad se diluyó con la Conquista y en la apropiación que se hizo del patrimonio indígena es lógico entender que las mujeres fueron relegadas, su importancia es adversa a los intereses de los nuevos colonizadores. Así, el colonizador la marginó".
La perspectiva trasciende a México, indica Montero y cita a Paulette Pérez quien dice: “En Egipto, Nut arquea su cuerpo como bóveda celeste; en Sumeria, Ishtar domina cielo; en China, Chang’e encarna la Luna femenina; en Japón, Amaterasu solar es ancestro imperial”.
Estos ejemplos revelan un estrato profundo donde “el firmamento es concebido como organismo vivo y matriz temporal del universo, contrastando con el modelo indoeuropeo masculinizado”.
Destaca que al mirar las estrellas hoy, en plena era tecnológica, esas historias siguen recordándonos algo fundamental: que la relación entre la humanidad y el cielo no ha sido únicamente científica. También ha sido poética, simbólica y profundamente humana, y en esa historia el principio femenino ha sido, desde tiempos muy antiguos, una de sus luces más persistentes.
PCL