En un rincón del Centro Cultural Helénico, el tiempo parece haberse rendido. Afuera, en la Avenida Revolución, la Ciudad de México late con su ritmo habitual: el frenesí de los autos, el barullo de las personas que vienen y van sin levantar la vista, y la luz azul de las pantallas que dictan nuestra atención.
Pero al cruzar el umbral para ver Mr. Gwyn, se entra a lo que muchos buscamos con desesperación: un espacio diseñado para protegernos de la saturación y devolvernos la capacidad de mirar.
La obra, basada en la novela de Alessandro Baricco y protagonizada por Mauricio García Lozano, es mucho más que una puesta en escena; es una defensa política de la pausa y una oda a la mirada atenta en un mundoque nos impone una velocidad vertiginosa.
Este es el último fin de semana para poder disfrutar de una experiencia que se diluye entre el teatro y el performance.
El escritor que renunció a la fama
La premisa es un acto de rebeldía intelectual. Jasper Gwyn es un escritor exitoso que, harto de la frivolidad y el ruido mediático, decide dejar de escribir. Pero su renuncia no es un vacío, sino una transformación. Gwyn se convierte en “copista” de personas, no usando una cámara o un lienzo, sino haciendo retratos escritos que capturan la esencia de un ser humano después de treinta y dos días de observación absoluta.
Para García Lozano, quien además de actor es un director consagrado, este personaje resuena con su propia historia: “Me he dedicado en esta vida a ver. Me han pagado por ver, tanto en el salón de clases como director... sí me considero un gran mirón y me he dedicado profesionalmente a ser mirón”, dice en entrevista.
En la obra esta cualidad se convierte en un ritual. Gwyn alquila un estudio, instala una iluminación específica y establece una regla innegociable: el sujeto debe estar desnudo y en silencio frente a él durante horas, día tras día.
Lo que ocurre en ese estudio es un fenómeno performático que absorbe al espectador. Los personajes, particularmente Rebecaque interpretaLucero Trejo, pasan el tiempo en desnudeztotal. El protagonista los mira detenidamente, de pies a cabeza, desde distintos ángulos y en absoluto silencio.
El espectador, como un vouyerista, permanece en el lado oscuro del teatro ante el baile cambiante de cuerpos desnudos que se acumulan en el escenario. Aquí no hay morbo ni erotismo solo una atmósfera apacible que por unos instantes compartes con decenas de desconocidos .
Como explica García Lozano, en el mundo actual existe una tendencia a lo instantáneo, pero esta obra propone algo distinto: “Abrazar nuevamente el contacto humano... el teatro te obliga a ver al otro. Siempre a ver al ser humano, al prójimo de una manera muy horizontal”, dice.
Estar frente a un cuerpo desnudo que no “hace nada” más que habitar el espacio obliga a nuestra mente, acostumbrada a la sobreestimulación, a entrar en unparéntesis de tiempo suspendido. La escenografía y la iluminación de Mauricio Ascencio, con sus tonos sepia y sus bombillas que parecen respirar, se convierten en otros personajes que dirigen nuestras miradas.
La técnica de la atención
Mantener una obra de casi tres horas con un ritmo deliberadamente pausado es un reto actoral mayúsculo. García Lozano revela que su entrenamiento para sostener esta lentitud se basa en “la teoría de las Dianas” de Declan Donellan. Según esta metodología, el actor se mantiene vivo en escena si su atención está colocada dinámicamente en aquello que está afuera de sí mismo.
“En la escena lo que uno necesita es estar atento, no introspecto, sino viendo hacia afuera... uno puede mantener el ritmo vital si tu atención está concretamente colocada en elementos que están afuera de ti, con los cuales puedes establecer una relación resonante”, comenta el actor.
Esta atención radical es lo que Jasper Gwyn le exige a sus retratados y lo que la obra le exige al público. Es un ejercicio de higiene mental llevado al arte: filtrar el ruido para quedarse con la partícula mínima de verdad que reside en el silencio de un cuerpodesnudo.
La obra se cocina a fuego lento, desafiando la “velocidad de scroll” a la que estamos acostumbrados. Es, en palabras de García Lozano, una declaración de principios: “La capacidad de atención del público está sujeta cada vez más a periodos más cortos de tiempo. Entonces la propuesta es arriesgada”, dice.
El riesgo es real. En un mundo que nos entrena para ser impacientes, sentarse a mirar a un hombre que mira a una mujer puede parecer un anacronismo. Sin embargo, el éxito de la temporada que está por terminar demuestra que hay una necesidad profunda de restaurar el vínculo comunitario a través de la observación.
Al final Mr. Gwyn nos enseña que el camino hacia la honestidad con uno mismo empieza por soltar las amarras de lo que nos condiciona y restringe. Si Jasper Gwyn busca “purificar el universo” a través de sus retratos, la obra busca purificar nuestra mirada.
Al salir del teatro, el ruido de la calle sigue ahí, pero algo ha cambiado. Hemos aprendido que mirar con atención no es una pérdida de tiempo, sino la única forma de recuperarlo. Como concluye García Lozano sobre la experiencia de quienes asisten: “Se van a llevar una experiencia teatral muy pura”, y la puesta en escena termina este 15 de febrero.
Mr. Gwyn nos recuerda que, bajo las capas de saturación digital, todavía queda el asombro de encontrarnos, desnudos y en silencio, frente al otro.
JLR / KRC