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Viernes , 22.03.2019 / 21:01 Hoy

María Pía Lara: “El pasado nunca pasa”

Especialista en la obra de Hannah Arendt, el feminismo y las relaciones entre ética y estética, la filósofa y profesora de la UAM concentra sus preocupaciones en la posibilidad de la justicia


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María Pía Lara obtuvo su licenciatura en la UNAM y su doctorado en Filosofía en la Universidad de Barcelona. Es profesora de Ética y Filosofía Política en la Universidad Autónoma Metropolitana. Su obra ha tenido amplia repercusión internacional. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores. Entre sus publicaciones se encuentran Narrar el mal: una teoría posmetafísica del juicio reflexionante, El desvelamiento de la política y La imaginación feminista. Debido a que ha hecho gran parte de su trabajo en universidades de Estados Unidos, algunos de sus libros se encuentran escritos en inglés, como su importante estudio Moral Textures: Feminist Narratives in the Public Sphere y el volumen colectivo Rethinking Evil: Contemporary Perspectives. Es miembro del consejo editorial de la revista Constellations y de Signos, y miembro honorífico de la revista Thesis Eleven. Entre sus líneas de investigación están la teoría crítica, la obra de Hannah Arendt, el feminismo, la filosofía política y las relaciones entre ética y estética.

¿Por qué estudiar filosofía?

En secundaria, una orientadora vocacional me dijo: “Usted va a estudiar filosofía” y yo pensé: “Está loca, es un diagnóstico fatal”. Estaba convencida de que iba a ser actriz y eso que tengo terror escénico. Amaba el cine y, al terminar la preparatoria, empecé a estudiar teatro. Al mismo tiempo, leí la autobiografía de Simone de Beauvoir y me convencí de que me interesaba tratar de entender este mundo, saber de dónde venía la injusticia y, lo más importante, ver cómo una mujer podía resistirse a cumplir los papeles que las sociedades tradicionales le imponían. Fue a partir de allí que decidí hacer filosofía. Resultó que la orientadora vocacional tenía razón. Pero era una rebelde total y me casé con un escritor que me llevaba más de veinte años para salirme de la casa familiar. Luego entré a la Universidad Nacional Autónoma de México. Mi experiencia fue bastante buena. Uno de mis compañeros y amigos de esa época fue Rafael Sebastián Guillén.[1] Tras unos años, pude viajar a España. No tenía conocidos ni estaba interesada en algún profesor, pero terminé haciendo el doctorado con Victoria Camps. Cuando regresé a México, la Universidad Autónoma Metropolitana era el proyecto más joven de universidad pública y Gabriel Vargas, que era jefe del departamento de Filosofía en Iztapalapa, me llamó para ofrecerme una plaza. Desde entonces, es la institución que me ha dado el mayor apoyo y todas las oportunidades para trabajar.

Ya que ha mencionado a Rafael Guillén, ¿puede hablarnos sobre algún acontecimiento político de esas décadas que haya influido en usted?

Era adolescente en 1968 y no estaba muy metida en cuestiones políticas. Mi hermano mayor, que es novelista, estuvo involucrado. Lo que más me ha importado en mi compromiso con la política, con la filosofía política y la ética, fue el golpe de Estado de Chile, el 11 de septiembre de 1973. A partir de ese momento, me ligué con gente de Sudamérica. Volví a casarme, esta vez con un argentino. Mi amiga Nora Rabotnikof, profesora en la UNAM, también venía del exilio. La experiencia de personas cercanas y el activismo que se desarrolló al tratar de recolectar la mayor cantidad posible de pruebas sobre la gente desaparecida, tuvieron un gran impacto en mí.

¿Quiénes fueron los autores que estudió?

Todo lo he aprendido leyendo a Jürgen Habermas. Sus intereses eran el legado de la Segunda Guerra Mundial y la participación de Alemania en el genocidio contra los judíos. Esto lo llevó a tener una actitud crítica hacia Alemania y a hablar de los problemas que le han interesado toda su vida: ¿cómo construir una memoria colectiva?, ¿cuáles eran las tareas para una reeducación después de que Hitler desarrolló técnicas para una liquidación lo más eficiente posible de todo un grupo humano? Sus temas fueron la justicia, la memoria y cómo construir una ética del diálogo. Me impresionó que cada una de las categorías que intentaba plantear estuviera relacionada con los acontecimientos históricos, con la justicia, y después con la idea de vincular a la política con la acción y no con la violencia. Crecí leyendo su trabajo, pero después me fui interesando más y más en una profesora alemana, también exiliada en Estados Unidos: Hannah Arendt. Mucha gente dice que soy habermasiana y otra que soy arendtiana, pero la realidad es que les debo mucho a los dos. Arendt ya había muerto, pero con Habermas he tenido la oportunidad de discutir mi interpretación de su trabajo y eso me parece un regalo de la vida.

¿Fue así como comenzó a escribir sobre la democracia?

La democracia como proyecto de identidad ética (Anthropos Editorial, 1992) es mi primer libro y mi tesis doctoral. Cuando escribí ese libro estaba todavía en proceso de madurar; ahora lo hubiera hecho de forma diferente.

¿Después vino el interés por trabajar la vinculación entre estética y ética?

Es el tema de mi siguiente libro, que no he traducido al español. Tras el contacto con Habermas y con Richard Rorty, me di cuenta de que al ser mexicana y escribir en español no podía intervenir en las discusiones internacionales. Antes de eso, decidí irme con una beca al Instituto de Hermenéutica de la Freie Universität en Berlín. Quería trabajar con Albrecht Wellmer —que es contemporáneo de Habermas pero que tuvo más interés en la estética— porque tenía el deseo de escribir un libro feminista y necesitaba algunas herramientas de la teoría crítica. Quería articular una teoría que pudiera tomar distintos tipos de planteamientos feministas —que ya para entonces eran múltiples e incluso contradictorios— y vincular esos movimientos de una manera empírica, es decir, hablar de ellos como ejemplos sin tener que identificarme ideológicamente con ellos, sino con mi propio discurso crítico sobre ellos. Y la idea fue creciendo. Tenía claro, gracias a mi experiencia con la obra de Simone de Beauvoir, que una parte importante de lo que hacemos es lo que leemos: qué leemos, cómo lo leemos, para qué lo leemos. La literatura en el siglo XVIII adquirió este papel de construir históricamente el concepto de subjetividad. Esto lo ha trabajado Habermas en su libro Historia y crítica de la opinión pública. La transformación estructural de la vida pública. En Alemania, me di cuenta que Hannah Arendt había escrito un libro sobre la salonnière Rahel Varnhagen, un personaje que logró intervenir en la vida pública porque en sus salones se llevaban a cabo unas discusiones increíbles. Esto me dio la idea de que Habermas y Arendt tenían mucho más cosas en común de lo que él confesaba, y que ella había dejado un legado que nadie había recuperado. Entonces me vino la posibilidad de construir una teoría sobre el momento en el que, para una mujer, la literatura se convierte en un vehículo para pasar de la vida privada a la vida pública. Esta idea se deconstruye de alguna manera con la teoría que yo quería enfatizar: que en un primer momento las mujeres fueron excluidas, en el siglo XVIII, de una participación abiertamente política, pero que empezaron a construir sus identidades y sus proyectos de vida en una forma de participación política estética, y que esto se cristalizó en narraciones.

¿Hay entonces un pensamiento propio de las mujeres?

Por supuesto que hay un pensamiento de mujeres. Es una de las pocas revoluciones globales verdaderamente exitosas. Lo que pasó en el siglo pasado, la revolución feminista, es la única que fue global. No estamos en condiciones de igualdad ni en cuanto a salarios; pero en distintos lugares del mundo se generaron movimientos de manera simultánea, así como surgió un pensamiento filosófico e histórico y antropológico, y de todo tipo, asociado a problemas vinculados con el género. Hubo una reflexión que resultó enormemente estimulante para otras formas de opresión como la de los homosexuales y las lesbianas. El deseo de ser reconocido vino a partir de que las mujeres plantearon la idea de que vivimos en un mundo patriarcal. Ahora decimos que hay intersecciones, que intervienen la clase social, el género, la raza y la política sexual, en el sentido de que no es una preferencia de la cual uno puede salir y entrar como quiera. Soy una creyente en que desde los años setenta las mujeres hemos intervenido para crear un pensamiento feminista muy importante, política, ética, estética y antropológicamente hablando.

¿Hay también una filosofía mexicana?

Esa pregunta parece fácil, aunque no lo es. Cuando era estudiante había una materia que se llamaba Filosofía en México y siempre fue muy debatida. No hay una forma definitiva de entender ese problema: si la filosofía es una manera crítica de plantear los problemas sobre la ciencia, la política o la ética —Wittgenstein diría como un juego lingüístico—, como una institución o una disciplina que se configura a partir de cuestionamientos pero también de un pensamiento abstracto, entonces no hay filosofía en México. Entre los prehispánicos, hubo extraordinaria poesía. Tú puedes pensar que la poesía tiene niveles de profundidad filosófica, como en Primero sueño de Sor Juana Inés de la Cruz, el poema más metafísico sobre la reflexión en torno a la realidad, pero una cosa es decir que en la poesía hay extraordinarios elementos filosóficos, y otra que los prehispánicos y Sor Juana hicieron filosofía. Eso no implica que no podamos hacer filosofía, pero no tuvimos un centro filosófico con una universidad y el pensamiento de un autor clave. Somos, como Italia o España, países periféricos.

Ahora hay universidades en México, se escriben libros, como los de Luis Villoro, por ejemplo, que han sido clave para grandes discusiones. Entonces, la pregunta no puede ser formulada en términos ahistóricos. Hoy podemos discutir como iguales con cualquier filósofo, alemán o estadunidense. A mí, por ejemplo, me interesaría plantear de dónde viene el concepto de violencia: cómo se origina, cómo se piensa en las tradiciones. Para hacerlo, hay una parte de mucha investigación, una parte genealógica. La genealogía da la posibilidad de ver por qué la definición de un concepto puede variar con el tiempo y entenderse de cierta manera. En los años setenta mucha gente pensaba que la única manera de hacer la revolución era violentamente y eso era resultado de Cuba, pero ahora tenemos una visión de la violencia muy distinta.

Eso nos lleva a algo que usted ha trabajado mucho: pensar el mal. ¿Cómo se vincula ese interés filosófico con la situación actual en México?

Escribí Narrar el mal porque todo lo que había leído sobre el asunto me dejaba insatisfecha. No encontré mejores pistas que las de Hannah Arendt, pero quería configurar mi propio universo. Comentaba al principio que en mi formación fue central convivir con exiliados y que eso fue lo primero que me movió, me conmovió y me transformó como persona.

Al mismo tiempo, esta preocupación sobre el mal es fruto de concebir formas estructurales, modelos normativos que puedan reflexionar sobre cosas como la ruptura con el pasado. Cuando se termina una dictadura no puedes decir: “Está asegurado lo que vendrá a futuro”. Hay un trabajo colectivo, de enorme esfuerzo, que implica una reeducación completa de la sociedad. Creo que adjudicar responsabilidades y construir instituciones fuertes está del lado de la construcción de un posible futuro, mientras que la otra posición es amnesia: borrón y cuenta nueva. España, por ejemplo, decidió que iba de la dictadura a la amnesia y ha tenido un montón de problemas, porque el pasado nunca es pasado. Esto es algo que quiero remarcar en la idea de lo filosófico con respecto del mal: el pasado nunca pasa. Aquellos que quieren construir la ruptura necesitan hacerlo recordando el pasado y adjudicando responsabilidades, lo que llamo en mi libro “materializar la justicia”. No es una receta, porque uno nunca puede prever qué va a pasar con la historia; es reeducación y hay muchas más posibilidades de que la gente termine digiriendo, no lo que pasó, sino lo que no debía haber pasado.

Los historiadores tienen mucho que decir sobre la tarea de recuperar una conciencia colectiva. Digo “tarea de recuperar” y no sé si la hemos tenido alguna vez, pero en todo caso puedo apuntar a la necesaria reconstrucción histórica del autoritarismo en México. Lo están haciendo Carlos Illades y Teresa Santiago, que escribieron sobre el papel del Estado en las guerrillas en los años setenta. ¿Qué resonancia tiene hoy en localidades como Guerrero? Somos un país profundamente colonizado. Fuimos los sirvientes de la Colonia y hoy somos los sirvientes del gobierno. La politización es mínima: las élites, los Carlos Slim y los Emilio Azcárraga, son dueños de los medios de comunicación. Si controlan la información, ¿cómo vas a tener politizada a una sociedad?

Si volviera a empezar, ¿cambiaría algo?

Dice la canción de Édith Piaf: “No me arrepiento de nada”. Yo me arrepiento de todo, o de mucho. Cambiaría varias cosas. No me casaría. En términos profesionales, me habría gustado no haber luchado tanto para ocupar el espacio que hoy ocupo, haber tenido vida en otra institución en otra parte del mundo. Esto no quiere decir que esté arrepentida de ser mexicana; pero en México, para poder conseguir una forma de comunicarme con los demás, tuve que hacer un sacrificio total. Espero que mis alumnas pasen por menos dificultades que yo.

¿Por cuál de sus textos le gustaría ser recordada?

Siempre pienso que por el siguiente. Mis libros me han costado mucho trabajo, no menos de siete años cada uno. Quisiera trabajar más rápidamente, pero no puedo. Cada uno de mis libros refleja la que considero la mayor preocupación de mi vida: la justicia. Las personas pueden interesarse en varias cosas: a mí me interesa ver de qué manera se puede promover la justicia.

1Rafael Sebastián Guillén ha sido identificado como el subcomandante Galeano, antes Marcos, ideólogo, portavoz y líder del grupo denominado Ejército Zapatista de Liberación Nacional o EZLN.



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