La presencia en escena de Susana Zabaleta interpretando a canto y leyendo un poema dedicado a un caminante fue el preludio ideal para la llegada de María Juncal, la bailaora española que dejó la intimidad de su tablao en la colonia Roma para presentarse en el majestuoso Teatro de la Ciudad Esperanza Iris ante un lleno total.
El aforo de más de mil 300 personas en el recinto enmarcó una noche triunfal para Juncal y los artistas que la acompañaron: tres palmeras que devinieron en bailaoras y una cantaora al final del espectáculo, un cajonero contundente, un gran guitarrista y un cantaor que dio la atmósfera precisa para sumergir al público en la tradición del flamenco.
Zabaleta inició con “El caminante”, pieza que María bailó vestida con un traje negro y azul. Algo visualmente atractivo fueron los trajes que portó la coreógrafa a lo largo del espectáculo, que fueron del típico con falda amplia, pasando por uno con pantalón abombado, el majestuoso rojo con falda plagada de olanes, a un conjunto de bolero y falda ajustada con abertura que podría usar cualquier mujer que va a trabajar.
Así como sus atuendos, fueron contrastantes las piezas que interpretó y taconeó María: al inicio con el canto de Zabaleta aludiendo a un hombre y su destino (“El caminante”), después pasaron a la intensidad del despecho con “Se nos rompió el amor”, pieza final de la cantante.
Intensidad y baile
Rumbo a la última parte de la presentación, María fue subiendo el tono, tanto de su zapateado como del ánimo, pues la alegría se hizo manifiesta cuando apareció vestida con una maravilloso típico vestido flamenco rojo.
La falda con olanes y amplísima enmarcó la sesión de baile. Movida con maestría creaba formas diferentes, cíclicas, acordes con la vivacidad de la bailaora, que no cesaba de mover los brazos, de sonreír, de destilar un sudor que refleja su entrega a paso, literalmente.
Un interludio con la música del cajonero y el guitarrista acompañados por la cantaora dio paso a la intervención final de María, que la prolongó más allá de lo planeado ante el entusiasmo del público y de ella misma.
La bailaora no paraba de taconear, palmear y moverse con gracia y garbo. El sudor mostraba la intensidad de su entrega. Los taconeos impresionantes combinaban ritmos y tiempos, por sí mismos hacían música.
Además de la ovación recibió un ramo de flores en el aparente final, pues dio dos encore más con zapateos, movimientos que crearon diferentes figuras con su baile y su cuerpo, las figuras de María Juncal.
BSMM