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Miércoles , 20.03.2019 / 10:37 Hoy

Margarita Michelena

Conmemoramos 100 años del nacimiento de la escritora hidalguense (21 de julio de 1917-27 de marzo de 1998), cuya obra poética se mueve entre la desolación y el amor que se evapora


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Un tono intimista, confesional, muy cercano al de los poemas de Sylvia Plath o Anne Sexton es el que preside a la poesía de Margarita Michelena (1917–1998), escritora y periodista hidalguense a la que es necesario leer y revalorar por su lirismo intenso y la autenticidad que permea la alquimia de su lenguaje.

Poeta expresiva y sumamente emotiva, que supo soslayar la cursilería debido a que en su escritura hay un equilibrio entre sus sentimientos y pensamientos, da cuenta del amor, el desamor, el vacío del ser, el tedio existencial y en momentos se interna en el ámbito religioso. En la mayoría de sus poemas —que no todos— hay un dejo de nostalgia por aquello que alguna vez se vivió y que ha dejado de ser, por todo aquello que se pierde en el mar de un tiempo inconmensurable, y que la memoria no es capaz de resguardar.

Sin duda, para Margarita Michelena la poesía fue un acto de redención, un continuo ajuste de cuentas con su existencia terrestre. El 21 de julio de 1996, en un homenaje que se realizó en el Palacio de Bellas Artes, Octavio Paz expresó: “sus poemas son cristalizaciones transparentes. Desde su primer libro me impresionaron, por igual, la maestría de la hechura, la profundidad del concepto y la autenticidad de las emociones. […] Sus poemas brotan del suelo del lenguaje como chopos, pinos o álamos, también como torres de reflejos y esbeltos obeliscos de claridades”.

Margarita Michelena nació el 21 de julio de 1917 en Pachuca, y falleció en la Ciudad de México el 27 de marzo de 1998. Muy joven se trasladó a la capital para estudiar en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Se dio a conocer como poeta en 1943 en la revista Tira de colores. Dos años más tarde publica su primer libro de poemas, Paraíso y nostalgia (1945), donde uno de sus poemas centrales es “Atmósfera sin tiempo”, de corte filosófico y dedicado al amante ausente, a quien se lleva en el corazón y a quien se añora de sobremanera: “Estoy contigo, para siempre/ en medio de una celeste soledad/ y el selvático río de mi sangre/ se vuelve un combate y mansa devoción/ y un rítmico homenaje”.

Pese a su soledad cósmica, el recuerdo del Bien Amado se perpetúa, voz que encanta a la palabra. En 1948 aparece Laurel de ángel, su segundo libro, que posee una voz más madura, permeada por sus lecturas de poesía francesa, sobre todo el Baudelaire “del spleen de París” y el inquisitivo Mallarmé. El lenguaje es asumido como un medio para una catarsis continua.

La naturaleza es una presencia pura; el laurel, el rosal, el sol, las estrellas, y los pájaros pueblan su corpus poético. La escritora canta con un marcado dejo de melancolía y de soledad soledosa. Su escritura está inmersa en una suave saudade que mece a su alma: “Mátame de belleza, ya alcanzado/ el gran callar hacia donde navega/ la nave de nostalgia que es mi canto./ Deja que en este punto mi ceniza/ se caiga donde mí, que me desnude,/ y me deje a tu orilla consumada” (fragmento de “A las puertas de Sión”).

Contemporánea de Emma Godoy, Griselda Álvarez y Guadalupe Amor —de ésta última prologó su poesía completa—, Michelena ejerció una intensa labor periodística, paralela a su quehacer literario. Muy joven se inició como guionista de radio y fue directora del suplemento La Cultura en México de la revista Siempre!

También hay que destacar su labor como crítica literaria, donde fue aguda en sus observaciones de las obras de autores nacionales y del extranjero. Tuvo especial interés en difundir la obra de los escritores españoles exiliados en México. Siempre destacó por la claridad de sus conceptos, así como por la objetividad en sus juicios.

Pero la mayor trascendencia de Margarita Michelena es su poesía. Otros de sus libros destacados son Tristeza terrestre (1954) y Reunión de imágenes (1969), este último publicado por el Fondo de Cultura Económica. Entre sus páginas nos encontramos con el poema “Monólogo del despierto”, que exalta el lado oscuro de la vida y cuando los días carecen de sentido, cuando tan solo se puede hallar una vía de redención a través de la materia incandescente del lenguaje: “Estamos ya arrasados, detenidos,/ fuera de nosotros, sin ribera ni centro,/ sin nombre ni memoria,/ perdida ya la clave del límite, la cifra/ de nuestra propia imagen y del espejo./ Todo aquí es más allá/ se ha trascendido el círculo/ se ha derogado el tú./ Ni distancia. Ni música. Ni latido. Ni órbita,/ la dulzura terrible sin fondo de la nada”.

La poesía de Michelena fue bien recibida por la crítica de su época, aunque en la actualidad es una poeta un tanto olvidada, si comparamos, por ejemplo, la difusión que tiene la poesía de Rosario Castellanos. En este, el centenario de su nacimiento, se hace la invitación para leerla o releerla. Poemas suyos se encuentran en diversas antologías como 50 poetas contemporáneos de Antonio Castro Leal, La poesía mexicana de Max Aub, y Poesía en movimiento, cuya selección corrió a cargo de Octavio Paz, Alí Chumacero, Homero Aridjis y José Emilio Pacheco.

Tristeza y desolación son sentimientos que habitan algunos de sus poemas, como sucede con “Como a un muerto de sed”: “Cuando me inclino a recoger mi nombre/ nombre de soledad, cetro sombrío/ y célibe corona,/ sé que arrebató su laurel a un muerto/ y me ciño la flor que no se mira,/ más que a otra le estoy hablando con estas voces”.

Eros y Tanatos son dos presencias constantes en su obra poética. Sobre todo en los textos de Tristeza terrestre, un libro desolado donde se cuestiona por qué el ser humano nace, si la muerte lo apuñala a cada momento y el devenir es un sueño difuso. Otro de sus temas es la otredad, ese estar escindido de quienes nos rodean. Ella maneja como única alternativa el resguardo en el ser primigenio, ese que no está contaminado de excesiva tristeza, ese que se sobrevive estoico día con día.

Otra de las vetas a destacar de la poesía de Michelena son los poemas dedicados a sus amigos, como el in memoriam a Efrén Hernández, quien fuera el editor de sus cuentos en la revista América. Un poema que lleva el sugerente título de “Sueño y rescate” rebosa ternura, y despide al amigo querido y al escritor que admira: “Ahora él ha vuelto a su heredad, al sitio,/ en donde fue nombrado con un nombre de música/ antes del cuerpo frágil y de la voz dolida”.

Sin embargo, el poema dedicado a Eunice Odio se impone por ser desgarrador, de una mujer hipersensible que no halló su lugar de acomodo en el mundo que la rodeaba, de una mujer que se fue dejando morir lentamente. “Palabras del poeta a la criatura humana” es musical al tiempo que elegiaco: “Todo lo sé de ti, pues vengo de la música/ de su cuerpo sin término, infalible. […]/ Y te doy el vestido delirante del fuego/ para que al consumirte seas reconocida”.
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