La Chunga es una manflora que regentea una cantina perdida en esos confines donde no hay más expresión humana que los destinos que el poder, la religión y el dinero marcan. Los habitantes siguen los patrones de conducta trazados por la fatalidad cuando se trata de aquellos que lindan en la miseria y buscan sobrevivir de lo que sea: robando, pidiendo limosna, prostituyéndose. En el mundo de los buenos y los malos, la tragedia está agazapada allí, en medio del alcohol, el sexo y los burdeles.
La Chunga se prenda a primera vista de Meche, la mujer en turno de un padrote que se dedica a amansar potrancas rebeldes para que después lo mantengan; el gigoló que por dinero vendería hasta a su madre, el valemadres que juega igual a ganar o perder porque para él la vida va impulsada por los golpes, la cuchillada o la traición que da ganancias. Vender a Meche por unos pesos es parte de su diversión. La Chunga paga el monto y la historia apenas empieza.
Todos los hombres de la cantina quieren saber cómo La Chunga le hizo el amor a Meche. El secreto se convierte en el propósito dramatúrgico del Premio Nobel Mario Vargas Llosa en la obra más sólida de su repertorio teatral. Porque además, después de esa noche de amor, Meche desaparece del pueblo para no volver jamás. Su ausencia desencadena especulaciones, y el espectador puede quedarse con la versión que más le guste de cada uno de los protagonistas. Una lesbiana, fea y hermosa a la vez, es la envidia de los aldeanos a quienes supuestamente está consagrado el amor de las mujeres. La marimacha triunfa en medio de los fracasos.
Dolores Heredia interpreta a La Chunga, y lo hace muy bien; el padrote es Roberto Sosa, exagerado en su actuación. Antonio Castro dirige y lo hace con discreción, en el mejor trabajo que le hemos visto. La historia, sus metáforas y el sorpresivo realismo fantástico de esta pieza evocan al teatro español de Lorca y Benavente a pesar de que la obra se desarrolla en Piura, un lugar del Perú. Los diálogos de Vargas Llosa son simplemente sublimes, no obstante la rigidez dramatúrgica.
Dijo Dolores Heredia de La Chunga: “Es una obra oscura, es una obra dura. La Chunga es un personaje lleno de dolor, se funda a ella misma y se funda manca; se funda chueca, se funda oscura, con dureza. Espero que logremos transmitir algo más que eso. Todos los personajes están mancos del corazón, están chuecos, y no se asoma una esperanza, no hay una salida a esta cantina, se cierra, se oscurece. Todos estamos urgidos de nuevas noticias, de refundar este país y refundarnos a nosotros mismos”.
Mejor descrito, imposible.