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“Entre los libros de mi biblioteca, hay algunos que no abriré más”, escribe Borges. Esos libros que no serán más tomados y abiertos son parte de las cosas que la muerte, cercana o lejana —“la muerte me desgasta, incesante”—, ya ha excluido de la existencia, como los caminos que no habrá manera de volver a recorrer.
Entre estas cosas ya muertas para quien todavía vive, los libros asumen para Borges una intensidad particular. Tal vez porque, para él, son particularmente amados y el desprendimiento de ellos es más doloroso. El libro, para Borges, tiene un fuerte vínculo con la muerte; éste contiene tanta vida, tal vez la vida en sí, pero como una tumba encierra a una persona amada. La escritura en sí parece en ocasiones una lápida funeraria. En Auto de fe de Canetti los pesados lomos de los volúmenes amados por el doctor Kien son, más que otra cosa, pesos mortuorios, armaduras de un ejército que bloquean al pobre estremecimiento de la vida, una frágil espora aplastada entre los pesados tomos. En el mito platónico, el dios Toth, que inventa la escritura, tensa la vida y el libre fluir de las palabras, como mariposas clavadas en un muro.
La pasión erótica y fúnebre por el libro nace de una relación particular con la muerte y con el desgaste que su sombra, incluso cuando está aún lejana, arroja sobre la vida. Pero no todos los amores son iguales y no está dicho que la Biblioteca deba ser esa borgesiana de Babel o una digital, utilísima pero que no se deja acariciar y, al contrario, desalienta el sensual contacto físico, porque basta rozarla para hacer desaparecer la página, fantasma erótico que se disuelve cuando se toca. La primera vez que vi una verdadera biblioteca fue una impresión definitiva. La Biblioteca Classense de Ravenna, en 1948. Tenía nueve años y con mis padres habíamos ido a visitar a mi tío Virgilio, hermano de mi padre y en ese entonces prefecto de Ravenna (que no había autorizado la votación electoral de mi padre, republicano, porque no quería que el mismo apellido relacionara al representante del Estado con un hombre partidista).
A servirnos de guía en la Biblioteca Classense fue Manara Valgimigli, el gran filólogo, traductor y estudioso de la cultura griega que había impartido cátedras prestigiosas pero cuya pasión más profunda eran los libros, la Biblioteca. Ilustrados por su sanguíneo y buen conocimiento del romañolo —cuya familiaridad con Perséfone y las tragedias griegas extraordinariamente traducidas por él no le quitaban el gusto de vivir, ni la amabilidad consciente, pero insumisa a todo— esos libros, esas estanterías, esos recovecos no me parecieron una inquietante y obsesiva muralla sino más bien un bosque grande e, incluso bajo su sombra, protector. Tal vez desde entonces intuí, aunque fuese vagamente, que se podían amar los libros sin convertirse, como Raskolnikov en Crimen y castigo, en una víctima. Los libros podían ser hermanos, si bien mayores y tanto más ricos en experiencia e inteligencia, y no necesariamente padres o profetas tiránicos.
Años después leí a Valgimigli, sus traducciones de Platón, Safo, de la Antología palatina, sus estudios sobre la trilogía de Prometeo o sobre la Poética de Aristóteles. Pero antes de llegar a estos textos fundamentales había leído sus escritos breves y menores recopilados en el Il Mantello de Cebète (La túnica de Cebes), en La mula de don Abbondio, análisis, recuerdos y divagaciones que se extienden desde la Antigüedad clásica a la literatura italiana (Leopardi, Manzoni, Carducci, Pascoli), de la aguda crítica literaria a la curiosidad cultural, con una argucia e ironía que hacen ligeras hasta la tragedia y la muerte.
Valgimigli interpretó la terrible naturaleza trágica griega —el deseo de no haber nacido jamás y de regresar lo más pronto posible a la nada de donde se proviene— y amó incluso la provincial Italia carduchiana y garibaldiana. Su humanismo es experto en la tragedia, pero no dominado por ésta; la mirada petrificante de la Medusa no apaga la sonrisa afectuosamente sarcástica con la que Valgimigli, leyendo las cartas de Byron a su amante Teresa Guiccioli y que se conservan en la Biblioteca Classense, se burla educadamente de esas y otras famosas epístolas de amor, que le parecen copiadas por un secretario galante, y lamenta que no hayan terminado en el fuego, hoguera antigua o radiador moderno.
Valgimigli es un persuadido, como hubiera querido serlo Michelstaedter; cuando va a la montaña con su amigo Concetto Marchesi, grandísimo y genial latinista, y este último no quiere detenerse jamás, quiere siempre llegar, haber llegado ya; mientras que él ama detenerse, ama el presente y no el futuro por alcanzar de prisa; el camino y no la meta y la ansiedad de llegar. Ama la vida, no su objetivo, la muerte.
Valgimigli sabe, como Borges, que hay muchos libros amados que no se abrirán más y muchos amados senderos de montaña que no se subirán más, pero este pensamiento no lo desgasta, como no lo desgasta la pregunta de si primero se romperá su taza de café o si caerá primero su mano que gusta llevar la taza a los labios. Sabe también que los árboles, que le son tan amigos como los libros, son mortales. Cuando se da cuenta que su gran y frondoso árbol preferido, alto y derecho como Héctor y Aquiles, y como ellos vulnerable, se encamina hacia la muerte porque sus venas no le llevan más los jugos de la tierra, lo siente compañero de un destino común.
La cultura griega ha expresado la tragedia más insostenible y lacerante, pero también que el personaje trágico destruido por el horror es un héroe, como Héctor y Aquiles en el carruaje: destruye y es destruido, pero no reducido. La biblioteca borgesiana de Babel es el infinito infinitamente repetible de la muerte —extensión de la muerte, dice la teología— y su bibliotecario, que admira el coraje, pero sabe de ser un miedoso, se sitúa entre millones de volúmenes como una imagen inmaterial creada por un proyector escondido. Sócrates, antes de morir, en cambio, se lava para ahorrarle este trabajo a quien poco después se ocupará de su cadáver y no habla demasiado de la muerte. Tal vez porque no amaba tanto los libros —tal vez porque no sabía ni siquiera escribir, de todos modos, prefería conversar con sus amigos debajo de un plátano.
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*Texto publicado con autorización de Claudio Magris.
Traducción de Cristina Liceaga