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Jueves , 21.02.2019 / 12:16 Hoy

Los gatos, Doris Lessing y yo

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En este relato, la escritora estadounidense, nacida en Nueva York en 1935, invoca el signo de la soledad inquisitiva y llevadera ante el abandono y la decepción
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Vivian Gornick


Hace varios años, tras haber vivido sola por décadas, sentí la necesidad de que hubiera algo vivo rondando por la casa, a mi lado, y para mi gran sorpresa decidí adoptar un gato. El miedo de mi madre a aquello que se desplazara en más de dos patas me había infectado desde muy temprano y, como ella, la mayor parte de mi vida sentí temor, o repulsión, por animales como perros, gatos, ovejas, vacas, ranas, insectos (el que fuera). Si se aproximaban a mí, me ponía a temblar. Pero ahora, la necesidad de compañía había triunfado, y salí en busca de una criatura cariñosa que ronroneara en mi regazo, durmiera en mi cama y llenara de vida mi departamento con su presencia antigua.

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Era el final del verano, y por todos los rincones de la ciudad había jaulas repletas de gatos rescatados a cargo de voluntarios altruistas. Muy pronto localicé un par de atigrados de doce semanas de nacidos y belleza excepcional, cada uno con las rayas negras y grises dispuestas en distintos patrones, ambos con sus exquisitas caritas de tigre y sus grandes ojos verdes perfecta y finamente delineados en negro. Le dije a la mujer a cargo: “Llevaré uno de esos”. No, respondió, son hembras de la misma camada, y no pueden ser separadas; o se lleva las dos o ninguna. ¿Por qué no?, pensé, y dije que sí; tomaría a la pareja. 

En el momento de hacerlo comencé a experimentar una gran ansiedad. De repente ahí estaban ellos: en el departamento. Como Gulliver entre los liliputienses, miré a los gatos, y ellos me devolvieron la mirada. ¿Y ahora qué hago? No tenía idea. ¿Qué harán ellos? Obviamente, no tenían idea tampoco. Si hacía un movimiento por acercarme a cualquiera de los gatitos, los dos se replegaban encogiéndose. Al segundo movimiento, se escabullían. Luego uno de ellos se escondió durante tres días detrás del sillón, y el otro maulló todo ese tiempo lastimosamente, mirando con fijeza el lugar donde había desaparecido el gato 1. Después de eso, había días en que los dos se escondían tan bien que me la pasaba por la casa como una loca, revolviendo armarios y cajones, separando muebles de la pared, llamando a los gatos con desesperación. Estaba segura de que ambos habían muerto de asfixia y yo acabaría en prisión bajo cargos de crueldad animal.

Intentaba llevar mi vida de una manera normal (trabajando en mi escritorio, cumpliendo con mis compromisos, encontrándome con amigos para cenar), pero una nube negra pendía sobre mí. Si me encontraba fuera, tenía miedo de volver a casa. Si estaba en casa, merodeaba en mi departamento sintiéndome una vagabunda intrusa. ¿Qué debía hacer? Era como si hubiera estado esperando un bebé durante mucho tiempo, e inmediatamente después de tenerlo constatara que ninguno de los dos, ni el bebé ni yo, teníamos ninguna habilidad para establecer una relación. 

Lo peor de todo era mi profunda decepción: me consumía. Andaba de aquí para allá tronándome los dedos mentalmente. ¡Jamás obtendría aquello que esperaba de los gatos! ¡Nunca saltarían a mis brazos, ronronearían en mi regazo, dormirían en mi cama. ¡Nunca! ¡Nunca! Y, de hecho, durante muchos años, no lo hicieron.

Mientras tanto —exactamente como si yo fuera una mamá nueva—, amigos bien intencionados comenzaron a inundarme con parafernalia gatuna: libros, juguetes, dvd’s llegaban a diario, todos con consejos, la mayoría de ellos (según quién los enviaba) divertidos, sobre qué hacer con las criaturas. La manera en cómo se habían dado las cosas me agobiaba; me hacía sentir como una jovencita inexperta y un poco más que cansada.

Entre todo este material, sin embargo, me encontré con el libro Gatos ilustres de Doris Lessing. Como devota de Lessing desde mi época universitaria —para mi generación de feministas en ciernes, El cuaderno dorado era la Biblia—, pensé que todo aquello que ella hubiera escrito sería de interés para mí. Así que comencé a leer este delgado y pequeño volumen sobre los gatos. Pero el libro no me estaba dando nada de lo que necesitaba —consejos prácticos— y yo me encontraba demasiado nerviosa para concentrarme en cualquier otra cosa. “¡Otro autor célebre enternecido por los gatos!”

Años después de eso, casi todo lo que podía recordar del libro era que Lessing había tenido un gato al que se refería como “gato gris” y otro que era “gato negro”, y que uno de ellos dormía en el hueco de su rodilla doblada, y que al otro lo envolvía en una toalla húmeda cuando se enfermaba. Es decir, nada. Una cosa del libro, por otra parte, no se me olvida: el tono de su prosa. La singular voz de Lessing —fría, clara, sin errores, profusamente reflexiva como sello de su falta de sentimentalismo— ahí estaba, incluso en un libro sobre gatos.

Hablando de sentimentalismo, fueron los gatos quienes, durante esta estresante temporada, me enseñaron cómo bajar mis niveles de todo eso en lo que me hallaba sumida, al revelarme la crueldad con que mi subconsciente buscaba liberarse. Una tarde lluviosa, durante un viaje a un país pobre donde abundan los gatos y los perros callejeros, vi a una gata bajo una palmera protegiendo a sus gatitos. Como yo estaba parada ahí, atrapada por la lluvia, uno de los gatitos me miró fijamente, y en sus ojos, lo sé con certeza, percibí la siguiente plegaria: “Llévame a casa contigo”. Recuerdo que pensé: ¿y si uno de mis gatos muriera, o ambos? –quizá uno de ellos está muriendo en este preciso momento en Nueva York—. Inmediatamente después, reflexioné: así que, después de todo, eres capaz de ser tan calculadora y tener la misma sangre fría por la que tan a menudo juzgas a los demás.

***

Un día, de repente, sin darme cuenta, terminó. Estaba fastidiada con la decepción que todo esto me había provocado y repentinamente exhausta de pensar en todo lo que los gatos no me daban. Y de un momento a otro decidí que eran criaturas independientes. Así comenzó mi larga y estática práctica de observarlos ser ellos mismos en mi presencia, a partir no de su relación conmigo, sino de la que llevaban entre ellos.

Después de siete años juntas, ellas (porque son dos gatas) continúan lamiéndose, mordiéndose, persiguiéndose todos los días con el mismo interés y determinación que si se acabaran de conocer. Ya sean aliadas o enemigas, están siempre al pendiente una de la otra. Si algún sonido desconocido o un movimiento parece amenazador, de inmediato, como por arte de magia, así estén dormidas o despiertas, se sientan y se ponen alertas, una al lado de la otra, constatando que tienen al menos una amiga para sobrellevar esta crisis. Por otra parte, una vez al día, como un reloj, una asume el rol de cazadora y acecha a la otra mientras atraviesa la alfombra de la sala como si ésta fuera la jungla y ellas tigres en miniatura. Como si tuvieran un plan previamente acordado, las dos arrancan a correr al mismo tiempo para encontrarse y ponerse a luchar —gruñendo, mordiendo, boxeando con las garras— como si se tratara de un combate a muerte. Tras unos pocos segundos de esta pelea en la que todo vale, se separan, francamente aburridas por el juego, y caminan en direcciones opuestas, con la cabeza levantada y estirando la cola. Ya sea juntas o por separado, seis veces al día me hacen reír.

También está el continuo descubrimiento de la personalidad de cada una. Gata 1 come como una cerda y pronto perdió la figura: ahora su panza casi toca el suelo. Es sigilosa, taciturna y pasiva-agresiva, pero todo lo que tengo que hacer es llamar su atención para que se tumbe de espaldas, doble las garras hacia adentro, y con la mirada me ordene que me ocupe de rascarle la panza; lo cual, por supuesto, siempre hago. Gata 2 se mantiene firme y esbelta (es una melindrosa), y salvajemente activa, corre todo el tiempo por la casa. Es también extremadamente delicada —cuando quiere que la acaricie, extiende con timidez su garra hacia mí y me lo implora con la mirada— y tremendamente asustadiza: no ha terminado de entrar alguien al departamento (sobre todo si se trata de un hombre), se mete debajo de la cama o trepa al gabinete más alto de la cocina. Con todo, me tiene encantada porque cuando se estira sobre un muro o en el travesaño de la ventana su cuerpo parece una larga y exquisita columna de terciopelo negro y gris, y su figura, invariablemente, me deja sin aliento. Recuerdo que la primera vez que presencié tal elongación, pensé: “Ahora comprendo el poder de una mujer bella. ¡Se le perdona todo!”.

A pesar de que persiste en mí una necesidad y estas gatas no se ajustan a ella, ellas se encargan de que no me olvide por mucho tiempo de su existencia. Están siempre conmigo. A donde vaya, van. Si me pongo a trabajar, una o la otra viene a caer en el escritorio para ponerse delante de la computadora. Si me recuesto a leer, se tienden a mi derredor. Cuando veo la televisión, ahí están: arrebujadas en el sillón o despatarradas en una silla cercana. No se están quietas durante las muchas horas que pasamos juntas. Tarde o temprano, una o la otra entra a la cocina para comerse una croqueta, o merodea alrededor de la recámara, o huele insistentemente el ano de su hermana; sin importar si hay algún tipo de acuerdo mutuo o no, ambas gatas de inmediato se ponen a lamerse y ronronear, o a retarse y resoplar. No creo que alguna vez en mi vida haya reflexionado tanto acerca de la motivación mercurial del comportamiento de una criatura viviente como lo he hecho observando a estas gatas. Constantemente me pregunto: ¿por qué hacemos lo que hacemos cuando lo hacemos? ¿Por qué la gata 1 lame a la gata 2 frenéticamente durante unos segundos, luego le hinca los dientes en el cuello, después levanta la cabeza y la escruta con desconfianza, buscando algo sospechoso, para finalmente alejarse enojada, como si ella hubiera sido atacada? ¿Por qué? Es tan inexplicable como el sexo, concluyo a veces. Cuántas veces me ha preguntado un hombre, ¿por qué ahora, por qué no hace una hora? Pregunta para la cual tengo tan buenas respuestas como las que darían las gatas, si pudiéramos interrogarlas.

La escritora neoyorquina Vivian Gornick. Foto Mitchell Bach

Sigo envidiando a gente que conozco, cuyos gatos se arrebujan sobre sus piernas y duermen en sus camas, pero (para citar al famoso gato del callejón de la historieta de Don Marquis Archy and Mehitabel): “¡qué demonios!”.


***

Hace unos meses, una noche de invierno, retomé la lectura de Gatos ilustres. Esta vez lo leí de una sentada, no pude creer que una vez lo tuve entre mis manos y no me causó el más mínimo interés. Era una muestra fehaciente de lo que yo debía crecer como el lector para el que había sido escrito ese libro, y para quien él había estado, todo ese tiempo, esperando.

Con sólo 126 páginas, Gatos ilustres fue escrito cuando Lessing estaba cerca de cumplir 50 años. Arranca con un recuento de su infancia, en los años veinte, en una granja de Rodesia, ahora República de Zimbabue, y termina cuando ella, unos treinta años después, vivía en una casa espaciosa de un buen vecindario de Londres; en todo el camino que siguió para llegar ahí había gatos: gatos domésticos y salvajes, amigables o peligrosos, feos o hermosos, listos o estúpidos. Gatos.

Al principio, en esa granja en mitad de la campiña, el mundo natural ocupaba un lugar preponderante. Antes de comenzar a hablar del alma humana, había aves, serpientes, insectos, bestias de todo tipo, y cada una a su manera implicaba un problema para el trabajo de la joven Doris y de sus padres. La situación más complicada fue originada por un montón de gatos en el lugar, que permanentemente se embarazaban y criaban nuevas camadas, una tras otra. La madre de Doris era la que regularmente ahogaba a los gatitos bebé de cada nueva camada para mantener la población de gatos en un estándar manejable. Pero cuando Doris cumplió catorce años, su madre cayó en depresión y no pudo ocuparse de los gatitos. En menos de lo que canta un gallo hubo cuarenta gatos en la granja. Después de eso, todos en la casa estaban deprimidos. Un fin de semana en que la madre salió de viaje, se decidió en su ausencia que los gatos debían irse... en ese instante. Doris y su padre los metieron a todos, excepto a uno que era el favorito, en un cuarto, y su padre les fue disparando, uno por uno, hasta matarlos a todos.

Conforme leía eso, mi boca se abría cada vez más grande, hasta que sentí que caía cerca de mi pecho. Sobre todo porque la Doris Lessing madura relata esta historia espeluznante con extraordinaria ecuanimidad, sin parpadear, sin tragar saliva, sin una sílaba de angustia en ninguna línea. Lo que hay en su relato, en cambio, es frialdad, claridad, una mirada imperturbable de ella enfrascada en esta pieza de gran guiñol doméstico como si se tratara de un hecho inofensivo e incidental, y al final concluye, con casi risible imperturbabilidad: “Estaba enojada tras el holocausto de los gatos... pero no recuerdo si les guardamos algún duelo”.

Veinticinco años después, nos encontramos en la casa de Londres y Lessing nos presenta al gato que ella llama “gato gris”. Era el gatito bebé más hermoso que ella había visto: “gris y crema, con la frente y panza de un dorado ahumado, con medias rayas negras alrededor del cuello... [y en la cara], delineada en negro, con anillos alrededor de los ojos, pinceladas en las mejillas... una bestia exóticamente hermosa... para nada miedosa... asechando alrededor de la casa, inspeccionando cada centímetro, trepando a mi cama, deslizándose entre las sábanas”. Ese era el gato con G mayúscula: “¡Gato con la suavidad de un búho, gato con patas ligeras como mariposas nocturnas, gato cubierto de joyas, gato milagroso! Gato, gato, gato, gato”. Por si acaso tú, lector, piensas que se ha puesto cursi, Lessing añade: “Nada más que comentar, se trata de una bestia egoísta”.

Luego ingresa a la casa el gato negro, el cual, a pesar de que el incomparable gato gris domina la escena, también tiene lo suyo. El gato gris, “la bestia egoísta”, ha probado ser una madre no solo indiferente, sino hostil: mata al primogénito de su primera camada y sistemáticamente intenta abandonar al resto. Gato negro, por otra parte, atiende a los suyos con maternidad: “Cuando se encuentran a su alrededor, extiende suavemente una garra sobre ellos, protectora y tiránica, con los ojos entreabiertos, un profundo ronroneo vibrando en su garganta, luce magnífica, generosa, desenfadadamente segura de sí misma”.

Estas gatas no tienen ninguna relación entre sí pero, como las mías, cada una de ellas está atenta a lo que hace la otra. A diferencia de las mías, que despliegan una variedad de actitudes, las gatas de Lessing, como la parte dominante de muchos matrimonios —parece insinuar la autora—, se enfrascan casi exclusivamente en una relación a base de provocaciones y demostraciones de celos. La uniformidad de este comportamiento, dada la deliciosa volatilidad de mis gatas, comienza a parecer sospechosa en los ejemplos antes mencionados. Pero la gota que derramó el vaso fue este pasaje: “Cuando gato negro da a luz y está tumbada, voluptuosamente entre sus gatitos, gato gris, aun cuando detesta la maternidad, se sienta en el extremo opuesto, envidiosa y codiciosa, y con todo su cuerpo y su cara y su lomo arqueado dice: la odio, la odio”. Algo en esta frase se sentía artificial.

De pronto fue difícil para mí creer lo que Lessing estaba diciendo con respecto a la relación entre las dos gatas. Parecía dedicarse exclusivamente a enfocar la clase de fuerza que se produce en la confrontación, pero nunca en el terreno juguetón del coqueteo o la transgresión inofensiva. En toda la prosa de Lessing que he asimilado, nunca (antes de leer Gatos ilustres) había visto tan claramente al servicio de qué estaba esa tremenda sensibilidad suya: al prejuicio autodefensivo de un escritor que no da tregua cuando se trata de su propia decepción con respecto a la esencia de una cosa. Esto me hizo pensar que la poca confiabilidad que tienen los hombres en los implacables retratos que de ellos se hacen en El cuaderno dorado, o en cualquiera de los muchos cuentos en los que son caracterizados como moldes de galletas defectuosos, está al servicio únicamente de las brillantes intenciones narrativas de Lessing. Era la coraza protectora de su bien afilada postura vital la que se había de repente revelado ante mí. Esa era, lo vi, la fuente de su fuerza como escritora —y de su limitación también—. Si hubiera sido capaz de cortar el mundo con un poco más de flexibilidad, como ahora me ocurría a mí, reconsiderado una explosión de violencia cómica o una acalorada exasperación, su visión de las relaciones entre animales (ya fueran hombres o bestias) se habría expandido en múltiples matices. Ciertamente, su narrativa podría habernos brindado mayores placeres. 


Traducción de Juan Manuel Gómez.


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