Los Entremeses Cervantinos se presentan en la Plaza de San Roque bajo la dirección de Hugo Gamba Briones, quien continúa con la tradición iniciada durante 1953 en la peculiar plaza situada frente a su templo, que en 2025 cumplió 300 años de su levantamiento y que llama la atención a todo quien la visita por la peculiar cruz rodeada de cuatro lámparas torcidas que la adornan y en la que confluyen casi una docena de callejones.
Es quizá esta característica la que invita a todo el que camina por la ciudad a ser tentado a cruzar por ahí. Guanajuato es una ciudad de encuentros, no hay manera que alguien se traslade sin pasar por una de sus dos calles principales por lo que siempre se aumenta la posibilidad de toparse con alguien.
El tiempo es una invención, el ahora y el ayer, los segundos y los siglos se confunden y en esta ciudad llena de magia, se dice, sucedió una coincidencia de leyendas que sustentan el origen del festival más importante de México: el Cervantino.
El espectáculo teatral en esa época estuvo conformado por tres pequeñas obras escogidas para las dos funciones: La guarda cuidadosa, la disputa de un sacristán y un gendarme por el amor de una doncella. Los habladores, un paso, como también se le llama a los entremeses, que ha sido representado por políticos guanajuatenses, cabe mencionar que a cambio de una reseña sobre la trama en algún medio de comunicación.
La tercera obra fue Retablo de las maravillas, que reúne a decenas de capitalinos de todas las edades que integran a este grupo teatral, para darle vida a las palabras, que invitan a la reflexión sobre las similitudes entre la sociedad del siglo XVII que inspiró a Miguel de Cervantes y la actual, que no se atreve a dudar y confiar en sus sentidos, dejándose engañar aún por los artificios más inverosímiles.
Sátira, humor y filosofía
Los entremeses son la expresión cultural más auténtica de todas las llegadas a la ciudad en estas más de siete décadas.
Y es que el entremés, como se llama a estas obras de formato breve de un solo acto, proviene de la inspiración del no tan conocido escritor sevillano Lope de Rueda, al que se puede mencionar como el creador de la hispanidad teatral hace casi medio milenio. Según el especialista en literatura española Eugenio Asencio, Lope fue el inspirador de Cervantes, el Manco de Lepanto, en su papel de escritor e implementador de una industria cultural en pleno siglo XVI, cuando utilizó este formato que bautizó con dicha palabra.
La sátira, el humor y la filosofía que retrató Cervantes hace cuatro siglos sigue latente y esa seguramente fue la intención que inspiró al maestro Enrique Ruelas a llevar el teatro callejero a esta ciudad, llena de foros teatrales centenarios y modernos. Y lo hizo alcanzando un éxito que desde entonces ya atraía a miles de espectadores, como se cuenta en el catálogo publicado para celebrar los 50 años del Festival Internacional Cervantino (FIC) para ser testigos de una propuesta de modernidad, en aquellos años inusitada y vanguardista.
Una historia llena de casualidades
Sor Juana Inés de la Cruz, en el siglo XVII, publicó un recetario que habla de un mole espeso llamado manchamanteles; hay quien lo califica como el resultado del mestizaje de la cultura hispana e indígena o, mejor aún, es tan compleja su elaboración que llega a denominarse incluso como un platillo barroco, palabra que bien define a la capital de Guanajuato.
A mediados del siglo XX, en 1953, a unos años de que Octavio Paz publicara el Laberinto de la soledad (1950) y Luis Buñuel exhibiera Los olvidados (1950), en las calles de Guanajuato el maestro Enrique Ruelas Espinosa, a un año de la fundación en la Universidad de Guanajuato (UG) del grupo de Teatro Universitario, sacó a sus discípulos a las plazas de la ciudad construida a partir de la explotación minera.
La situación política de México a finales de los años 60 estaba enrarecida debido a las manifestaciones de los ferrocarrileros, entre otros hechos.
Fue por esos años, según una de las tantas versiones que en la ciudad se escuchan y una anécdota contada por el escritor Fernando de Ita en la compilación periodística Testigos del Cervantino, que la primerísima actriz Dolores del Río, que ya había triunfado en Hollywood lo mismo que en México, caminaba por las calles de Guanajuato para poder comer un manchamanteles que había degustado como plato fuerte en un restaurante de Silao.
Fue obra de la casualidad que mientras la mítica diva caminaba por la Plaza de San Roque observó cómo un grupo de jóvenes, seguramente ataviados con vestimentas a la usanza de la época medieval, practicaba teatro callejero bajo la dirección de Enrique Ruelas Espinosa.
La yuxtaposición del místico escenario de esta plaza, que revive lo colonial y el lanzamiento de esta expresión cultural del teatro inspirada en escritor más notable de las letras del Siglo de Oro de la literatura española, llevó a la idea de convertir a la encantadora ciudad, en ese entonces casi fantasmal, en una meca de cultura y acaso así sanar las heridas de un régimen en crisis, como la figura del Ogro filantrópico (1979) con la que Octavio Paz definía al régimen dictatorial de México que lo mismo se llenaba las manos de sangre que dispendiaba y pagaba grandes cantidades de dinero para la cultura.
Mitos y leyendas
Esta última situación encontró en las manos de María Esther Zuno, la esposa del siniestro presidente Luis Echeverría Álvarez (1970-1976), un lugar propicio para garantizar el presupuesto y la libertad requerida para recibir o atraer a cualquier forma de expresión cultural.
Hay que recordar que Echeverría y su esposa se conocieron en la casa del pintor guanajuatense Diego Rivera y su esposa, la en aquellos años no tan famosa Frida Kahlo.
Así, la apuesta de acudir a disfrutar de este evento teatral sirvió para echar un ojo al producto cultural original del visionario Enrique Ruelas (cuya escultura de bronce está en la entrada del emblemático templo de San Roque) y de paso también para reflexionar sobre la cercanía de la sociedad de la península ibérica, que inspiró a Cervantes en el siglo XV, con la de México en la actualidad.
Cualquiera que haya sido la razón que dio como resultado la organización del FIC, es una historia llena de casualidades, mitos y leyendas.
Los pobladores cuentan, como “habladores” en pequeña escala, haberse cruzado con Arnold Schwarzenegger lo mismo que haber admirado el Ballet Bolshoi en plena Guerra Fría, haber reído con una pantomima de Marcel Marceau, haberle comprado cervezas a Ray Charles o haber distinguido entre los callejones a Rudolf Nureyev disfrazado de paisano, entre una infinidad de anécdotas que han enriquecido la perspectiva filosófica y cultural de los habitantes de la ciudad, la región y el país.
Así, de una idea sencilla como llevar el teatro a la calle con los entremeses, el sábado 29 de septiembre de 1972 en la hoy olvidada plaza Cervantes del barrio minero de Cata, se inauguró el festival cultural más importante de México.
BSMM