El 22 de agosto de 2024, recibí un correo electrónico de mi amigo el escritor campechano Carlos Farfán. El mensaje, enviado a las 2:13 pm, decía: “Qué tal, Adrián. Ayer vi el inicio de una serie de Netflix, Accidente, que me recordó mucho un cuento tuyo (“Una criatura del aire”). Solo me faltó ver si no te dan crédito al final, jeje. Saludos!” Aturdido, entre adulado y con una creciente inquietud, vi esa misma tarde el primer episodio de la serie. Poco después, escribí a Carlos, destacando que el planteamiento era idéntico, a lo que él me respondió: “Sí, el planteamiento inicial es muy parecido. Por eso le dije a Tatiana [su esposa] anoche: me recuerda mucho un cuento de Curiel”. A las 5:33, escribí a Farfán: “Gracias por ponerme sobre la pista. Estoy tratando de averiguar si tendría derecho a algún tipo de reclamación”. Y eso hice. Primero, telefoneé a un amigo que está en la industria cinematográfica y de las series de streaming. Me recomendó ponerme en contacto con una abogada experta en temas de derechos de autor, quien resultó estar retirada. Sin embargo, ella me pasó el dato de otro jurista, que se interesó en el asunto. Quizás no se tratara de un caso integral de plagio, pero había indicios suficientes para considerar la posibilidad de un uso indebido de mi obra, sin que mediase una solicitud de autorización o, al menos, un reconocimiento en los créditos por parte de la productora Guepaki México, S. de RL. de VC, conocida como Mar Abierto Productions, ni de su directora ejecutiva, Mariana Andrea Iskandarani. Tampoco de Netflix, la plataforma de televisión por streaming que lanzó Accidente, en 190 países, en agosto de 2024. Acudí al despacho del abogado Mauricio Jalife Daher, quien estuvo por completo de acuerdo con el amigo que me dio el pitazo: son prácticamente idénticos los paralelismos entre el primer episodio de la obra audiovisual Accidente y mi relato “Una criatura del aire”, incluido en el volumen Amores veganos (Lectorum, México, 2021) y publicado antes en formato digital en el periódico MILENIO, el mes de marzo de 2021, a manera de adelanto de mi libro de cuentos.
Por supuesto, ni el guionista de la serie ni yo somos los primeros en relatar este tipo de eventos. Los accidentes con brincolines, trampolines e inflables han sido reportados en varios países, también videograbados y fotografiados. La fuente de inspiración de mi texto fue precisamente un accidente en una fiesta infantil que se presume ocurrió en la escuela donde entonces estudiaban mis hijos, un percance al que el propio colegio, con la ayuda de las autoridades, habría echado tierra para evitar un escándalo. La crónica de esa tragedia, haya sido cierta o no, me conmovió hasta los huesos. Durante la pandemia, en el encierro doméstico, decidí escribir un relato que, junto con otros que tienen como temática o escenario la Península de Yucatán, acabarían conformando Amores veganos. Cuando vi el primer episodio de Accidente me impresionaron las coincidencias con mi texto. No solo la del accidente en sí y la circunstancia de que este ocurra cuando un padre de familia está esperando una llamada de negocios que podría cambiar el curso de su vida, tal como sucede en “Una criatura del aire”. Había algo más, el tono de mi relato, de forma abusiva, había sido simplemente trasladado al contenido audiovisual para facilitar el desenvolvimiento de la trama. El guionista y la productora podrán sostener —como han hecho— que se inspiraron en la realidad misma, en esos accidentes que de verdad acontecen y se repiten, no en una obra o conjunto de obras literarias previas. Podrá argüirse que se trata de meras generalidades, de simples casualidades, pero un minucioso análisis comparativo entre “Una criatura del aire” y el primer episodio de Accidente demuestra que no lo son.
No me corresponde a mí tomar una resolución sobre este caso, para eso están los tribunales. Pero sí estoy obligado a defender mis principios y a no permitir que se produzca un daño moral a un autor, yo o quien sea, de ese modo alevoso y desproporcionado. Me han preguntado por qué copié el primer episodio de Accidente en “Una criatura del aire”, cuando lo que ocurrió fue exactamente lo contrario, sin que yo haya recibido una compensación por el uso de mi obra, como correspondería por ley. ¿Por qué guardar silencio ante el hecho de que unos cuantos obtengan ganancias multimillonarias a partir de la explotación del trabajo artesanal, artístico de otra persona cuyos derechos autorales creen poder atropellar con impunidad? No tengo nada en contra del reparto de Accidente ni de muchas series de Netflix que he disfrutado como espectador. No obstante, como he dicho, no pienso quedarme callado ante un abuso inaceptable.
AQ / MCB