Si para quienes nacimos en el siglo pasado —en rigor, los últimos analógicos—, resultó inquietante ver a John Lennon integrarse a un pietaje grabado en los años noventa con los ex-Beatles sobrevivientes —uno de los cuales falleció durante ese lapso— en un video que diluía la frontera entre originalidad y simulacro, el promocional de “In the Stars” de The Rolling Stones provoca igualmente esa sensación definida por Freud como Unheimliche —conservo el término en alemán porque la traducción castellana, “lo siniestro o lo ominoso”, no me parece adecuada para este caso—. A diferencia de la fantasmagoría de “Now and Then” —sobre la que escribí un ensayo— no suplanta “el sonido de los muertos” —parafraseando a Fredric Jameson, quien definió al pastiche como la “imitación de estilos muertos”—, sino que evoca la tentativa fáustica, en total consonancia con una banda cuyo honorífico título es “sus satánicas majestades”.
En un almacén o loft atestado de jóvenes y de músicos —guitarristas, bajistas, bateristas, tecladistas que se multiplican como gremlins después de medianoche—, The Rolling Stones interpretan la canción heraldo de Foreign Tongues (2026), su 25 álbum de estudio —aunque si contamos los grabados en concierto la cifra rebasa la cincuentena—. La narrativa privilegia la metonimia y la cámara se enfoca en detalles: un hombre que descansa desgarbadamente sobre un sillón apaga un cigarrillo; encima de un amplificador hay un vaso de vidrio cortado con un líquido ambarino —¿Jack Daniel's Black, la bebida favorita de Keith durante los setenta?—; una mano toma una guitarra Telecaster y aparece una figura de espaldas embutida en pantalones de cuero y con el tipo de cinturón distintivos de Jim Morrison, quien se coloca sobre los hombros una chamarra amarilla de la que se despojará enseguida. Los encuadres son parciales, por lo que solo vemos los torsos o la parte inferior, como un preámbulo para la revelación. Enseguida se muestra a Ronnie Wood, en plano medio, a continuación a Keith Richards y finalmente Jagger. Todos rejuvenecidos, o al menos devueltos a sus treinta, en algún momento de la década de los setenta, posterior a 1975, cuando Ronnie sustituyó a Mick Taylor. La indumentaria y los peinados de los bailarines evocan igualmente aquellos años, y por doquier hay alusiones a distintos personajes de la historia de los Stones (Marianne Faithfull) e incluso autorreferencias: un joven viste un traje de marinero, como Mick en el video de "It's Only Rock 'n Roll” (But I Like It), de 1974.
“Let the old still believe that they’re young”, declara un verso de “Sweet Sounds of Heaven” (Hackney Diamonds, 2023). Pocas veces un video transmite tan fehacientemente el espíritu, no de una canción, sino de un álbum. El de “In the Stars”, dirigido por François Rousselet —responsable asimismo del de “Angry”, de ese mismo disco—, plasma el anhelo de rejuvenecimiento de los octogenarios artistas, aunque más en la música que físicamente. Y si los cuerpos se han sometido al desenvejecimiento digital de la firma Deep Voodoo —nombre significativo: un acto de brujería que remite tanto a la tradición en que se inscribe el grupo como al Voodoo Lounge—, el remozamiento del sonido de la banda más longeva del rock es obra de Andrew Watt, el nuevo Midas del pop, quien da un toque reluciente a cualquier producto discográfico sin importar el género, productor de Hackney Diamonds y Foreign Tongues, y de un tercero que ya está en proyecto.
Si la lozanía de los Stones es artificial y solo perceptible en la fantasmagoría de las pantallas, el remozamiento sonoro es tan artificioso como las impostadas creaciones de los modelos de lenguaje —la IA—: destila perfección y reluce de pulimento, pero uno extraña la aspereza, el desgaste que exuda mortalidad y por ello vida. A diferencia de quienes critican a Watt, cuyo peor pecado es pretender deconstruir estilos clásicos mediante filtros contemporáneos, no deploro el resultado, aunque mi valoración de Hackney Diamonds ha cambiado. Cuando lo escuché por primera vez, me deslumbraron la contundencia del conjunto, la energía de los riffs y el vigor y la frescura de la voz de Mick, consiguiendo que olvidara que son octogenarios. “Bite My Head Off” me cautivó con su punzante brío que, más que al punk, evoca al garage; aprecié los acentos country de “Depending on You” y destaqué “Whole Wide World”. Como todos, juzgué un clásico instantáneo “Sweet Sounds of Heaven”, himno góspel con Stevie Wonder en el teclado y Lady Gaga en duelo vocal con Mick. Sin embargo, al escucharlo nuevamente, más allá de la impecable acústica, del ritmo calculadamente efectista en los que se nota más el saber-hacer que la inspiración, hay temas que revelan una elaborada truculencia: pirotecnia de la consola de grabación que intenta dar cuerpo a melodías anémicas. A reserva de varias canciones memorables —todas las mencionadas, más “Mess It Up”—, otras son más efectistas que buenas, como “Angry”, que apela a la nostalgia —su riff copia al de “Start Me Up” y colocarla al inicio es un truco de cómico de la legua para conmover a los incondicionales—; “Get Close”, funk predecible; y “Driving Me Too Hard”, monótona. En general, mientras el sonido es deslumbrante, las melodías son pobres y poco complejas. En resumen, lo que juzgué un ejemplo de creatividad, hoy lo evalúo meramente bueno, sobre todo si sopesamos la irregularidad creativa del grupo en las últimas décadas: Bridges to Babylon (1997) y A Bigger Bang (2005) fueron testimonios tanto de postración creativa como de un desganado esfuerzo de renovación.
Hackney Diamonds fue un ejercicio de calentamiento para probar que todavía podían componer temas atractivos y tocar con fuerza y crudeza, como si se hubieran transformado en algunos de sus émulos más ásperos —parecen unos New York Dolls remilgados—. En contraste, las mejores canciones son las menos revestidas de estuco y oropel. Como la de Richards, “Tell Me Straight”, cuya interpretación connota toda la experiencia de este moderno artista maldito: la adicción, la pérdida de la voz, el agotamiento existencial y la fragilidad emocional, así como la versión de “Rolling Stone Blues” de Muddy Waters, a cargo de Jagger (voz y armónica) y Richards (guitarra). A menor hiperrealidad sonora, más frescos suenan los nuevos viejos Stones.
La rutilante producción no me ofuscó ni prejuició para reconocer que Foreign Tongues, publicado en julio de este año, es un álbum más honesto e inspirado. La primera canción, “Rough and Twisted” —al contrario de la primera de Hackney Diamonds—, con su riff de boogie que sugiere una road movie y el contrapunto guitarrístico de Ronnie y Keith, indica que el remozamiento no es únicamente cuestión de manufactura ni de artificios visuales y tecnológicos. Una auténtica corriente vital recorre la obra, como si efectivamente fueran contemporáneas de Exile on Main St. o de Black and Blue. Que esta fuera en realidad el primer sencillo del álbum, lanzado subrepticiamente bajo el nombre de The Cockroaches —el seudónimo para registrarse en los hoteles durante las giras de los setenta y dar conciertos secretos—, es otro indicio de por dónde van los tiros.
Hay que distinguir entre aggiornamento, adaptarse a la época, y remozamiento, el cual apunta a refrescar el estilo sin recurrir a la copia ni sumarse a las tendencias, como habían intentado anteriormente con fallidos resultados. Nada hay de novedoso en el disco, excepto que los Stones tocan con una intensidad que habían perdido desde la década hacia la que dirigen su mirada (No olvidemos que el hoy aclamado último hito, Tattoo You, de 1981, se conformó con piezas desechadas de los setenta). La novedad está, en todo caso, en la crudeza: nunca la banda sonó tan acelerada y al mismo tiempo tan madura. Es cierto que algunos solos de Richards resultan atildados en comparación con la brusquedad de antaño y que la voz de Jagger, de tan clara y potente, provoca esa sensación de uncanniness ya referida; pero a cambio de estas marcas de la depuración tecnológica, hay una urgencia y febrilidad salvaje como si efectivamente hubieran vuelto a ser una manada de gatos callejeros del blues.
A diferencia de álbumes previos, aquí se privilegian las raíces: un rock crudo, por momentos duro (hard rock) e incluso con acentos pesados, sin olvidar la primigenia fuente blusera. Al respecto, hay un solo memorable de Ronnie Wood en “Back in Your Life” y recordatorios por doquier de por qué Richards es uno de los guitarristas más influyentes del género, a despecho de que no tuviera las dotes de Clapton, Beck, Page o Rory Gallagher. Jagger, a su vez, pareciera haber recuperado el vigor animal de su juventud al desplegar su calidad interpretativa, con lo que nos recuerda por qué es el mejor frontman de rock hasta la fecha. “Jealous Lover”, cantada en falsete, es estupenda, con sus guiños al estilo de Curtis Mayfield mientras la música se acerca al R&B de Marvin Gaye. Y cuando Jagger decide cantar llanamente, su viejo acento con dejos cockney se aprecia en el alargamiento de las vocales: “Pliiis let mi biii / yu preeey laik a mentis”. El maestro en su esplendor. Otros ejemplos de ese fraseo están en “Ringing Hollow”: “And der olgueys scaaaundrel”, y en “Never Wanna Lose You”: “Never gonna luuus iu”, donde la voz se convierte en instrumento.
Con una variedad rítmica que parece una recapitulación tanto de los géneros como de los estilos que abordaron entre 1971 and 1985, Foreign Tongues incluye baladas de country-rock evocativas de la melancolía y belleza de Gram Parsons (“Ringing Hollow”); poderosos híbridos de groove funk (“Mr. Charm”); rock and roll con bríos protopunk (“Side Effects”) y nuevaolero en la vena de Costello (“Divine Intervention”); rock-pop ochentero (“Never Wanna Lose You”) y guiños al talk-singing caribeño (la prodigiosa “Covered in You”, en la que Jagger frasea con excitación vitriólica como un monje predicador que denunciara a los sátrapas de esta edad oscura). Por si fuera poco, incursionan en el R&B contemporáneo al rendir un inesperado homenaje a Amy Winehouse interpretando “You Know I'm No Good”. Y si en el disco anterior pagaban tributo a uno de sus dioses tutelares —Muddy Waters— con un cover, en este incluyen “Beautiful Delilah”, procaz boogie-woogie de Chuck santo-patrono-eterno Berry.
He elogiado ya la calidad instrumental de los Rolling sobrevivientes, pero no soslayemos la aportación del baterista Steve Jordan, quien añade contundencia a la base rítmica. A diferencia de Charlie Watts, al que sustituye, gusta destacar su presencia rubricando con cierto virtuosismo los estribillos y finales. Darryl Jones —quien desde la partida de Wyman en 1993 ha respaldado a la banda, aunque no se le considera oficialmente un miembro— aporta el groove funk de “Mr. Charm” y “Jealous Lover”, gracias a su formación jazzística. Mención especial merecen los invitados. En primer término, Steve Winwood (ex Spencer Davis Group, Traffic y, en su momento, el niño prodigio del R&B británico), cuya ejecución del piano Rhodes y el órgano (en “Jealous Lover”, “Divine Intervention”, “Never Wanna Lose You” y “Ringing Hollow”) robustece el sonido y le confiere ese toque vintage pero contemporáneo. Por su parte, Paul McCartney, quien había otorgado relevancia a “Bite My Head Off” con su interpretación de bajo fuzz, retoma ese estilo en “Covered in You”, pieza en la que Jagger entrega un gran solo de armónica que recuerda al de “Miss You”. El antiguo bajista del grupo, Bill Wyman, toca en “Hit me in the Head”, grabada sobre las pistas de batería originales de Watts, con lo que en esta canción se reúne la sección rítmica de los Stones.
Recapitulación o renacimiento de fénix ingenioso, por su variedad rítmica, por la potencia musical y por la inteligencia de las letras, en las que incluso se permiten abordar su edad y los problemas contemporáneos, para mí Foreign Tongues es el mejor disco rolinga de las últimas cuatro décadas. El tiempo lo ubicará correctamente. Aquello que resultaba espectral ha encarnado en realidad: The Rolling Stones, como en un verso de Gastón Baquero, han encontrado “la solución del enigma del tiempo”: se han “mudado al tiempo de la juventud florecida, // como quien cambia de país para curarse una dolencia vieja”.
AQ / MCB