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Perfume de gardenias

Toscanadas

La Ilíada es un texto sagrado. Aquí los dioses apoyan a un pueblo o a otro en la guerra, exigen sacrificios de animales; los seres humanos tratan de engatusarlos, se fomentan valores, se despliega sabiduría y los héroes sirven de ejemplo
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Si se propone leer la Ilíada, el primer problema será elegir un libro entre las más de cincuenta ediciones que existen en español. Aquí en mi librero madrileño tengo tres y dejé otras tantas en mi encajonada biblioteca de Monterrey.

En los meros arranques, tengo este trío de versiones: “La cólera canta, oh diosa, del Pelida Aquiles, maldita…”, así como “¡Oh, canta, diosa, la cólera de Aquiles, hijo de Peleo, cólera funesta…” y “Canta, diosa, la cólera aciaga de Aquiles Pelida…”. Ninguna de ellas es la que yo conservo en la memoria: “Canta, oh diosa, la cólera del Pelida Aquiles, cólera funesta…”.

Pero no basta con leer un par de páginas para decidir qué edición comprar. El texto es lo más importante, pero habrá distintos formatos de pasta blanda o dura, letra legible o miniletra, páginas anotadas o sin anotaciones, buenos prólogos o malos o inexistentes, ilustraciones o pura letra, caras o baratas, prosaicas o poéticas, bilingües o monolingües, con numeración de versos o sin ella, de editoriales respetables o de ediciones patito.

Esta variedad es normal, pues estamos ante un texto sagrado. Aquí los dioses apoyan a un pueblo o a otro en la guerra, exigen sacrificios de animales; los seres humanos tratan de engatusarlos, se fomentan valores, se despliega sabiduría y los héroes sirven de ejemplo. En el canto VI se menciona a Dioniso, el dios a quien le tengo más fe, y aquí las versiones distan aun más. Una: “Despavorido, Dioniso se sumergió en el oleaje del mar”. Otra: “e incluso Dionisos escapó y arrojóse a la mar”. Otra más: “y el propio Baco, aterrado, se tiró al mar”.

Tres nombres para el mismo dios. El primero, a la española; el segundo, a la griega; y el tercero, en español con escala en el latín.

Releí mis Ilíadas porque en estos días, compartiendo el pan y el vino, mientras escuchábamos “Perfume de gardenias”, volvió a salir la errada leyenda sobre el verso: “De Venus de Citeres”, y alguien dijo que Citeres era un famoso escultor griego.

Pues bien, la Ilíada, allá por el canto XV, habla de que Licofrón “había matado a un hombre en la muy divina Citera”, una isla que cualquiera puede ubicar en un mapa al sur de Grecia, y he de decir que en mis tres versiones Citera se llama Citera. 

Cuenta la leyenda y pintó Botticelli que Afrodita, también llamada Venus, sale del mar y llega a Citera. Así es que no queda sino suponer que, en alguna traducción del griego leída por el compositor Rafael Hernández Marín, Citera haya aparecido como Citeres, o que se trate de una licencia poética porque “Citera” no rima con “mujeres”.

Los clásicos sirven para escuchar a la Sonora Santanera. Y para muchas cosas más.


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