Cultura

Jorge Ruiz Dueñas al filo de los 80

Literatura

En la obra del autor, entre otros libros, del poemario ‘Espigas abiertas’ y la novela ‘El reino de las islas, se advierte su filiación con la península de Baja California, ceñida por el mar y el desierto.

I

Jorge Ruiz Dueñas nació en abril de 1946 en la Ciudad de México. Se aficionó a la lectura, como le confesó a Myriam Moscona, gracias a su madre, quien inventó un infalible método para adentrarlo en el reino de las letras: “A ver —me decía—, léeme esto. Yo leía en voz alta hasta que, sin darme cuenta, ya estaba absolutamente metido en la historia. Con el paso del tiempo, conocí a través de ella a Tolstoi, a Dostoievsky, Soljenitzyn, Kazantzakis, Carlos Fuentes y Fernando del Paso”.[1]

A su padre, le debe la iniciación en la poesía. Luego de una breve estancia en Jalisco, en Atenguillo, la familia se traslada Tijuana. Llegan en 1952, cuando él tiene ocho años. Su geografía y paisaje interior está marcada por Baja California y por el desierto. “Pero mi lugar de pertenencia es el norte, las playas grises, los acantilados de Baja California. Mi corazón está en la península, llena de Gansos salvajes” […] “Aún recuerdo las descargas de adrenalina que me producía el mar. Entiendo a los hombres de la Reforma. Cuando huyeron con Juárez, sufrieron una emoción desfallecedora, en su encuentro con la playa”.

Ese temblor del mar y del desierto recorre la obra y las letras de Jorge Ruiz Dueñas, como ha sabido ver Gabriel Trujillo, correspondiente de la Academia Mexicana de la Lengua en Mexicalli. La ecuación mar, desierto, península, frontera se acopla con la del viaje, ya sea como expedición geográfica o como experiencia íntima, con el motivo del desarraigo y de la búsqueda de una raíz, y con el de la conciencia de la soledad, del viaje y del tornaviaje. A lo largo de su vida, Jorge Ruiz Dueñas ha tenido la fortuna de encontrarse con maestros como León Felipe, a quien acompañó hasta su muerte y a hacer su máscara mortuoria, cuya presencia es palpable en Espigas abiertas, publicado cuando tenía 22 años. La de Álvaro Mutis también se observa en la obra y en la vida de Ruiz Dueñas, como prueba la novela El reino de las islas, no solo prologada por el colombiano, sino en cierto modo habitada por su nombre. Esta fórmula, por cierto, “habitar el nombre” es, por cierto, clave en la poética de Ruiz Dueñas, quien se ha sabido afincar en los nombres de California y del desierto. Ruiz Dueñas ha publicado, además, un libro de ensayos sobre Mutis Los sueños intactos (2014) y en su último libro Cálamo y memoria le dedica al menos veinte menciones. Otras presencias integran el campo magnético de la obra de Jorge Ruiz Dueñas. Las del poeta brasileño Ledo Ivo, la de su amigo y compañero Carlos Montemayor, y la del pintor José Luis Cuevas, que ilustró Tornaviaje (1984) y a quien le dedica varias menciones en Cálamo y memoria (2024).

Habitar un nombre es el hilo conductor de esa “Carta de creencia” de Ruiz Dueñas que es la página “El acto de nombrar y California”, en el cual ensaya una reflexión sobre su tierra adoptiva. Poco extrañará que uno de sus libros se titule El mar que me habita. El motivo del “habitar un nombre” o de ser habitado por un nombre, hace mancuerna con el de la presencia de los muertos insepultos que dicen o callan sus nombres en esta cosmovisión poética.

Carta de rumbos se tituló la reunión de su Obra poetica 1968-1998, donde se encuentran algunos de los poemas de Espigas abiertas dedicados a León Felipe. Ahí se reúnen materiales De la poesía dispersa, Tornaviaje, El pescador del sueño, Tierra final, Guerrero Negro, El desierto jubiloso, Habitaré tu nombre y Saravá. En Carta de rumbos no se incluyen Cantos de sarafán (2005), La esencia de las cosas (2012), Las restricciones del cuerpo (2009) y el más reciente Cálamo y memoria (2024). Vesperal (2025), cuenta con un prólogo de José Ortega, ilustraciones de Alejandro Tarrab y un texto de solapa escrito por José María Espinasa.

He dejado casi al final El reino de las islas (Plaza y Janés, México, 2001, 378 pp.), una novela en la que los armónicos de la composición dispersa en la obra lírica se acompasan en un mural poético que es a la par un relato en donde confluyen, de un lado, las historias de varios personajes: Sebastián Lombardo, Mariana, Canela —un personaje afín a Mutis tanto como el misterioso Gaditano— y, del otro, una trama ambientada en esa misteriosa california cuya historia y geografía se abren como un abanico ante el lector que termina fascinado por una fábula que tiene no poco de thriller y de novela de aventuras, habitado por misteriosos personajes como la vieja Alida, señora de las cuevas y los petroglifos (p. 224).

La ficción tiene tramos de inspiración poética en los que los lectores vemos hasta qué punto el autor está poseído por la geografía de Baja California (Ensenada y Guerrero Negro). El conocimiento que el poeta y novelista tiene de las artes relacionadas con el tratamiento de la enfermedad hace recordar que en su juventud Ruiz Dueñas, al igual que Jaime Sabines y Luis Villoro, hizo estudios de medicina; y el que trasluce de la política recuerda que el autor ha sido autor de obras de investigación, como la que le publicó el FCE sobre la industria paraestatal: Empresa pública: elementos para el examen comparado (1998). Esta dimensión del escritor no ha pasado desapercibida a algunos entrevistadores como Maximiliano Cid del Prado, quien resaltó la doble articulación intelectual, lírica y política, del autor.[2]

II

Uno de los libros clave en la bibliografía de Jorge Ruiz Dueñas es el ensayo Tiempo de ballenas, dedicado a Javier Wimer. Está dividido en diez capítulos y da cuenta de la presencia del Leviatán marino en las letras y en la historia.

No es casual que esté acompañado de más de veinte imágenes del cetáceo que inspiró a Herman Melville su Moby Dick y dentro del cual el profeta Jonás tuvo sus revelaciones. Podría decirse que Ruiz Dueñas ha comulgado con esos misterios del Leviatán marino que lo han llevado a tener que asimilar su propio rostro en el de los marinos que han pasado su tiempo midiendo el Tiempo de ballenas (UAM-Verdehalago, 1ª ed. 1989, 2ª ed. 2000, 99 pp.).

Jorge ha navegado en la oceánica obra del autor de Bartleby, no solo en Moby Dick; hace poco (octubre de 2025) nos sorprendió en la Academia Mexicana de la Lengua con la revelación de una obra poco conocida de ese autor: “Algunas notas para la lectura de Clarel con una versión directa no rítmica de los quince últimos cantos”. Ahí Melville narra su viaje a Tierra Santa y Ruiz Dueñas sigue sus pasos y lo traduce para jubilosa lección de sus lectores.

III

Como una piedra que cae en el agua y produce ondas, la obra de Jorge Ruiz Dueñas ha sido reconocida por voces como la del impecable Héctor Carreto (1953-2024), quien se expresó así sobre el autor:

“Jorge Ruiz Dueñas es un caso raro en la poesía mexicana, con la que tiene pocas afinidades. De la estirpe de Saint John-Perse, de Fernando Pessoa y de algunos poetas brasileños, promulga una poética de gran aliento, que se manifiesta en la combinación de versos cortos y largos, sugiriendo así una especie de sístole y diástole. Poesía respiratoria en donde todo cabe, desde el recuerdo y la nostalgia hasta el ancla y la dársena; desde el amor y el deseo hasta “las pupilas de los náufragos”; desde los “pulpos y cangrejos descuartizados” hasta el sueño y el delirio; desde el espejismo hasta “las púas de los agaves”. “Poesía acumulativa y almacenada”, como escribiera acerca de la obra de este poeta el escritor brasileño Lêdo Ivo. Quizá por eso pensamos en Ruiz Dueñas como el autor de un poema que se va expandiendo, en donde el viajero (el yo poético), en su aventura por el mar, la costa, el desierto o el lenguaje mismo, va encontrándose con cosas nuevas; sigue llegando a islas inéditas, para volver, después, al punto de partida. Pero el sitio al que se regresa ya no es el mismo; el retorno es otro modo de hallar novedades. La travesía que este poeta nos propone, en su tema y en su forma, es la que gira en espiral. Poema que en su transcurso (en su discurso) ilimitado, recoge todo lo que está al alcance de los ojos, oídos, tacto, olfato: el mar, el cielo, las ballenas, los ahogados, las imágenes de los espejismos. Este carácter de poema total, en donde todo cabe, es lo que hace difícil la fragmentación de su obra, y especialmente en poemas tan vastos, como el reciente ‘El desierto jubiloso’”.[3]

[1] En M. Moscona, De frente y de perfil. Semblanzas de poetas, fotografías de Rogelio Cuéllar, Ciudad de México, 1994, p. 270.

[2] “Entrevista a Jorge Ruiz Dueñas”, Maximiliano Cid del Prado, Con versando. Revista Iberoamericana de Poesía y Ensayo, 19 de mayo de 2025 (https://con-versandorevistaiberoamericana.mx/2025/05/19/entrevista-a-jorge-ruiz-duenas/).

[3] Material de Lectura, Serie Poesía Moderna, núm. 194, “Jorge Ruiz Dueñas”. Nota introductoria y selección de Héctor Carreto, Universidad Nacional Autónoma de México Coordinación de Difusión Cultural, Dirección de Literatura México, 2013. https://materialdelectura.unam.mx/poesia-moderna/16-poesia-moderna-cat/345-194-jorge-ruiz-duenas?showall=1

​AQ / MCB
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Laberinto es una marca de Milenio. Todos los derechos reservados.  Más notas en: https://www.milenio.com/cultura/laberinto
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