No soy una experta en vinos. He viajado y bebido con gente lejana y cercana, incluso con alguna enemiga encubierta, capaz de agriar con sus malos sentimientos hasta un Reserva. A estas alturas de mi vida, he aprendido (con los vinos y las personas) a distinguir lo aceptable de lo imbebible. Pero hasta ahí. Sé lo básico. Algunas denominaciones y sobre todo (arma infalible) el precio. En otros países, el coste de una botella suele decir tanto como la etiqueta. Pero en mi país, España, cuando un vino empieza a destacar, por lo general no tardan en convertirlo en un fenómeno, multiplicando botellas y subiendo los precios con una alegría que espantaría a cualquier sumiller con sentido del pudor.
Hoy, sin embargo, quería hablarles, querido lectores mexicanos, de otra cosa. Porque, si algo aprendí también, es que un buen nombre puede ser ya media copa servida. Y ahí nos estamos dejando ganar por goleada. Uno va, por ejemplo, a Grecia y encuentra vinos con nombres que son auténticas joyas, como Geometría, Anaxágoras, Tetramythos. Pura épica embotellada. Cada etiqueta evoca filósofos, dioses, islas misteriosas del Egeo que emergen a sorbos. En Italia, lo mismo. Allí te sirven un Cartago rojo como la sangre derramada en el campo de batalla, con la naturalidad de quien narra la guerra púnica, o un Rosso del Conte que suena a ópera de Bellini y a puñal napolitano. En Francia, directamente, te pasan por encima. Son, hay que admitirlo, los maestros del glamur en los nombres de sus vinos: Château de Ricaud, Château Margaux, Nuits Saint Georges. Con esas etiquetas no hace falta ni que el vino sea bueno. Te lo tomas por lo que insinúan. Vinos que son novelas por escribir incluso antes de descorchar la botella.
Y entonces llegamos a España. Pobre España. Qué oportunidad perdida, Dios mío. ¿Se imaginan? Un Rioja Maimónides, denso y místico. Un Blanco San Isidoro, sabio y seco, un Ribera Etimologías, sobrio y perdurable. O si queremos más pompa, al estilo francés: Castillo de Belmonte, Palacio de Miramar, Ducado de Francavilla… Será por nobleza española. Pero, no. Ahora los vinos se llaman El Loco del Sarmiento, Señorío del Cuñado, La Oveja Rebelde, No me Toques que Me Oxido. En vez de narrar, caricaturizan. En vez de invitar a la evocación, te meten en un chiste, que es más democrático. Vinos con sabor a TikTok e Instagram. En fin. Bebamos, querido lector, que con la que está cayendo en el mundo entero y la que va a caer, al menos podremos emborracharnos mientras nos da la risa floja.
María José Solano es autora, entre otros libros, de La RAE para lectores curiosos (Almuzara, 2026).
AQ / MCB