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  • Humberto Musacchio: “Vale la pena ser un periodista crítico”

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Humberto Musacchio (1943-2026), periodista y editor mexicano. (Foto: Javier Lira Otero)

La vocación de Humberto Musacchio supo fundir el compromiso social y la cultura. Apostó por la libertad de información y la independencia.

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Humberto Musacchio nació en Ciudad Obregón, Sonora, el 26 de octubre de 1943, hijo de madre sinaloense y padre italiano. Al entonces Distrito Federal llegó cuando niño. El Centro Histórico fue su morada hasta la edad adulta, barrio que conocía de memoria y al que guardó especial afecto. Estudió en la Escuela Nacional de Economía de la UNAM. Tomó parte activa en el movimiento del 68, un hecho que definió su trayectoria profesional. Fue entonces cuando optó por el periodismo, oficio al que dedicaría alrededor de cincuenta años. Columnista en Excélsior, formó parte del grupo que fundó el periódico La Jornada, del cual fue subdirector. Más adelante, dirigió las revistas Kiosco y Mira. Su labor en el periodismo cultural fue notable. Estuvo a cargo de las secciones culturales de El Universal y unomásuno. Dirigió el suplemento Comala, en El Financiero. En su columna, “La república de las letras”, se ocupó de analizar y difundir el acontecer cultural de nuestro país. Cabe destacar, además, su trabajo de investigación del cual derivan publicaciones como el Diccionario enciclopédico de México (renombrado como Milenios de México); Historia del periodismo cultural en México y El Taller de Gráfica Popular, libro en el que rescata “la historia de un grupo de artistas que pusieron su obra al servicio de causas políticas”.


Para Musacchio, el ejercicio del periodismo iba de la mano con el compromiso social. Apostó por la libertad de información, por abrir espacios de crítica que enriquecieran la opinión pública y contribuyeran a la construcción de una sociedad más justa.

Hombre culto, cercano a la literatura, la poesía, las artes y la música, Humberto Musacchio ha dejado constancia de personajes clave y momentos que han definido el México contemporáneo en libros como Ciudad quebrada (1985), Hojas del tiempo (1993) y Urbe fugitiva (2002).

La siguiente entrevista fue realizada en enero de 2010, de la que un fragmento fue publicado en la Revista de la Universidad, en diciembre de ese año.

Perteneces a esa estirpe de periodistas que se hicieron en la universidad de la vida, en los pasillos de la redacción.

Soy un periodista empírico. Empecé a escribir de manera profesional allá por marzo de 1969 porque después del movimiento del 68 me di cuenta de que me había quedado sin nada: sin casa, sin dinero, sin empleo, sin ropa. Había que ganarse la vida de alguna manera y el periodismo es muy generoso con los que somos malos estudiantes. Estaba en la Escuela Nacional de Economía de la UNAM y comencé a escribir en el suplemento de El Nacional que dirigía Juan Rejano. Hacía reseñas de libros, un género entonces muy socorrido, ya casi en extinción. También colaboré en la página cultural de El Día y ahí me fui encarrilando. También publiqué en una revista que se llamaba Caballero —era de señoritas de poca ropa— un ensayo sobre la reforma universitaria por el que me pagaron mil pesos. Era una fortuna.

Soy una persona sin recursos, lo era entonces, lo soy ahora. Soy hijo de una sinaloense de la selva. Mi madre nació en el Palmar de los Sepúlveda, un lugar que está en las estribaciones de la Sierra Madre. Mi padre era un inmigrante italiano que para mi desgracia no hizo fortuna. La vida ha sido dura. La infancia, la adolescencia, fueron muy difíciles.

¿Cómo viviste la experiencia del 68?

Puedo decir que el 68 lo viví a todo vapor. Boté el trabajo, me metí a vivir en la escuela, la ahora Facultad de Economía. Allí dormía, comía, me bañaba, de ahí salía con las brigadas, organizaba trabajos dentro de la escuela, organizaba la estancia de todos los que vivíamos ahí —que éramos bastantes—, los que decidimos asumir el movimiento de manera total.

Me tocó ir hasta Tlatelolco el 2 de octubre. Iba con mi novia. Lamentablemente, no pudimos salir de la explanada, nos quedamos en el centro, en medio de la balacera, entre heridos y muertos. Los que estábamos vivos queríamos meternos debajo de todos. El hecho es que se formó un nudo de gente. Yo tenía la corva de una muchacha en el cuello, otra pierna encima de la cabeza, yo mismo estaba debajo de unos cuerpos y encima de otros más. Eso solo se explica por el terror del momento.

Una experiencia de ese calibre nos marca de por vida. Seguiré lamentando que los grandes asesinos del 68 vayan muriendo en su cama, tranquilos, sin ningún problema, mientras que nosotros tenemos que contabilizar nuestros muertos, nuestros presos, nuestros torturados. Creo que este es un mundo muy injusto, y el país me parece que lo es más todavía.

También es lamentable que una experiencia como la del 68 se recuerde, sobre todo, por su lado trágico, por el crimen, por el horror, por el día de aquella matanza que ordenó Díaz Ordaz. El 68 fue mucho más que eso, fue una fiesta libertaria que vivió mi generación, que cambió al país, que le dio nueva música, nuevas artes. Esa es la grandeza del 68.

¿Fue en esa época cuando conociste a Manuel Blanco y comenzaste a abrirte paso en las páginas de los diarios?

Después del 68, como te decía, me quedé sin empleo, sin casa, sin ropa y me fui a vivir a casa de Manuel Blanco. Dormía en un cuarto anexo a la casa, en una covacha. Allí fuimos llegando varios amigos, todos náufragos del 68.

Empecé a hacer carrera en el periodismo. En 1971 dirigí la sección cultural de El Universal. Después, ahí mismo, una sección juvenil. Me tocó cubrir el concierto de Avándaro, que también fue un acontecimiento extraordinario de mi generación. Antes había sucedido la matanza del 10 de junio, pero en aquellos tiempos era muy difícil escribir sobre temas políticos. Vivíamos en un país donde lo que no estaba prohibido era obligatorio. Era muy complicado hacer periodismo independiente, crítico.

Cuando se vino Avándaro, fui autorizado por el periódico para irme con un reportero y un fotógrafo de mi sección. Llegamos el sábado muy temprano al festival musical que se llevaría a cabo ese día. Íbamos bien dotados de agua y alimentos porque no sabíamos qué iba a pasar y a eso de las tres de la tarde ya todo se había acabado. No había qué comer ni qué beber. Ya en la noche todo mundo estaba muy contento porque la música siguió. Había muchos padres de familia con sus hijos e hijas, un ambiente fraternal, bello. Los mexicanos teníamos el deseo de vivir una experiencia como la juventud de Estados Unidos en Woodstock y en otros festivales, y Avándaro fue esa oportunidad.

Hay que recordar que los jóvenes de entonces habíamos abandonado ciertas querellas, por ejemplo, esa vieja rivalidad entre el Politécnico y la Universidad, porque el movimiento del 68 nos unificó. Queríamos un país menos injusto, menos desgraciado de lo que era. México es un país que ha pasado por grandes desgracias que siguen presentes. El deseo de vivir de otra manera, hermanarnos en la alegría y en la lucha, fue lo que le dio un toque distintivo a Avándaro. Ya para la madrugada del sábado estábamos muy cansados. Habíamos trabajado todo el día entrevistando a padres de familia, a chicas. Nadie se quejó de agresiones ni mucho menos. Había quienes estaban consumiendo drogas, sobre todo marihuana, otros se alcoholizaron en exceso, pero en una fiesta de ciento cincuenta o doscientas mil personas, el hecho de que algunos se aceleren me parece que no tiene nada de extraordinario. Aquí en cualquier fiesta de vecindad hay muertos y heridos. La gente no quería que los grupos dejaran de tocar, y el domingo en la mañana muchos de los asistentes empezaron a retirarse. Pero lo curioso es que mientras unos querían salir y no podían, otros seguían llegando; incluso al mediodía del domingo, ya en la carretera, a muchos kilómetros de Valle de Bravo, seguía la caravana interminable de gente que iba a Avándaro. Fue un acontecimiento extraordinario.

El hecho es que mis compañeros y yo llegamos en la noche a la Ciudad de México. Lo primero que hicimos fue buscar los periódicos y todos, el Excélsior de Julio Scherer, El Universal y los demás contaban una historia que no habíamos vivido. Publicaron que había sido una orgía fenomenal en la que miles de parejas hacían el amor al aire libre, se drogaban, se emborrachaban, cuando la verdad había sido otra. Había la consigna de Luis Echeverría, el presidente, de dar esa versión y la dieron todos los periódicos, lo cual la hace sospechosa. Se trataba de desprestigiar a los jóvenes. Para mí fue una de las grandes tragedias como periodista, que no me dejaran publicar ni una línea de lo que había visto.

¿Es posible hoy en día, en México, ser un periodista independiente?

Para mí, con todos sus problemas, ha sido posible. Claro, con periodos difíciles. Uno suele chocar con los intereses del medio para el que trabaja, con la línea editorial, pero mi generación de periodistas —eso hay que decirlo— ha ido ampliando los espacios de la libertad de expresión. Si era muy difícil hace unos años decir cualquier cosa adversa al gobierno, creo que ganamos, a fuerza de persistencia, el derecho a criticar abiertamente al presidente de la República, al ejército y a la institución que se nos ponga enfrente. Nadie nos regaló ese derecho, lo ganamos y lo ganamos con el apoyo popular. A partir de 1994, con la irrupción del zapatismo y los grandes crímenes políticos —cuando asesinan al Luis Donaldo Colosio, candidato del PRI, a Ruiz Massieu, que iba a ser dirigente del PRI en la Cámara de Diputados—, las cosas cambiaron. El gobierno perdió el control. Coincidió también con un auge de la radio que se inicia en 1985. Las condiciones de la libertad de expresión se fueron dando de esa manera, a fuerza de ganarlas.

Perteneciste al Partido Comunista. ¿Cómo fue esa historia?

Muy digna de orgullo para mí. Militar en el Partido Comunista era sacrificar la seguridad, la nuestra y la de la familia. Había que sostener ese partido de nuestro bolsillo en beneficio de la causa de la que estábamos convencidos. Éramos un grupo que estudiaba mucho, queríamos un cambio radical para este país y el cambio, lamentablemente, salió por la derecha.

Te has mantenido firme a esas causas. Apoyaste en su momento la candidatura de Andrés Manuel López Obrador.

López Obrador hubiera sido un punto de inflexión en este desastre en el que se va hundiendo el país. Pero también tengo muy claro que la economía del socialismo real no fue capaz de competir con la economía de mercado, la capitalista. Creo que un sistema social-económico se instaura para el beneficio de la gente. Si no funciona, si no contribuye a mejorar su nivel de vida, tenemos que pensar qué vamos a proponerle a la sociedad para que cambie en beneficio de la mayoría.

El periodista y editor mexicano Humberto Musacchio.
El periodista y editor mexicano Humberto Musacchio (1943-2026). (Foto: Javier Lira Otero)

¿Qué opinión te merecen actualmente las izquierdas en México?

Las izquierdas son tan lamentables y peleoneras como las derechas. En México, la derecha está dividida en dos grandes partidos: el PRI y el PAN, y a nadie le parece mal. En cambio, si los perredistas se pelean, todo mundo lo señala. Creo que la política es el reino de la división eterna y uno tiene que acostumbrarse a ello. No hay vida idílica en el ámbito de la política. Por naturaleza, es un ámbito de conflicto. La política mexicana es sucia, viciada y, sobre todo, el poder del dinero está muy presente para decidir en lugar de que los ciudadanos decidamos con nuestro voto.

Volviendo al periodismo cultural, ¿hacia dónde te moviste después del desaguisado de Avándaro en El Universal?

Después de aquella experiencia colaboré durante varios años en Ovaciones. Trabajé en oficinas de prensa, hacía trabajitos de corrección, de redacción y a fines de los años setenta entré a unomásuno, que acababa de arrancar. Era el periódico que había soñado para este país, un periódico diferente, al servicio de la sociedad, con opinión muy informada de gente de izquierda, con una orientación en la parte informativa muy seria, rigurosa. Entré a trabajar a la mesa de redacción, una experiencia de la que yo carecía. Aprendí el oficio de la corrección de estilo, de “cabecero”, recorrí prácticamente todas las secciones. Entre 1979 y 1983 fui jefe de la sección cultural, luego jefe de redacción, hasta que nos salimos para fundar La Jornada.

¿Fue un momento definitivo en tu vida?

Fue un episodio que nos obligó a trabajar mucho. Salimos sin un centavo de unomásuno y nos propusimos fundar otro periódico. Si uno lo ve en frío, era algo absurdo. No se puede fundar un periódico sin dinero. Lo que hicimos fue pedir ayuda pública. Hicimos una primera reunión el 29 de febrero de 1984 en el Hotel de México. Publicamos un anuncio a una plana en Proceso, que Julio Scherer nos dio a crédito. La reunión fue muy exitosa. Asistieron más de cinco mil personas que pagaron un boleto de ocho pesos por ir a escuchar que queríamos hacer un periódico. Todo suena como absurdo, sin embargo, funcionó bien y allí mismo empezaron a suscribirse acciones. Me resulta curioso que una revista tan importante como Proceso, donde anunciamos esa reunión, no haya dado a sus lectores la información de que esta había sido un éxito, de las cosas que contradicen la grandeza de Julio Scherer, pero, en fin, son manchas en el tigre.

¿Habría algunos rencores por ahí?

Hay que recordar que el equipo de Proceso hubiera querido hacer un diario y nunca lo hizo. Nosotros sí lo hicimos. El periódico salió el 19 de septiembre de 1984. Costó mucho trabajo, pero marchó y demostró que respondía a una necesidad social.

Salí de La Jornada un año después y los siguientes cuatro los dediqué a hacer el Diccionario enciclopédico de México, Milenios de México. Un trabajo muy pesado, pero muy interesante. Al terminar, comencé a colaborar en El Financiero y en 1992 dirigí el suplemento cultural Comala.

Estuviste muy cerca del Taller de Gráfica Popular, también del Taller Coreográfico.

He pasado por muchos talleres. De niño era chícharo de talleres mecánicos o de lo que se podía. Después, en 1971, trabajé un año con el Taller Coreográfico y desde que empecé a escribir estuve cerca de otro taller, el de gráfica popular, del que hice un libro. No había un solo libro de arte de este taller, una institución de esa trascendencia. Soy un tallerista en toda la línea.

Otro libro relevante de tu autoría es La historia del periodismo cultural en México. Ahí se revelan aquellas épocas en las que proliferaban revistas y suplementos, lo que hoy ya no sucede. ¿Qué ha pasado con el periodismo cultural en México?

Hay una especie de aletargamiento en el periodismo cultural mexicano. No hay aquellos grandes debates de otras épocas. Cada publicación se ha atrincherado y se alimenta más o menos de lo mismo. No hay intercambio de ideas y eso me parece que empobrece la vida cultural. Esas cosas han ocurrido en otras épocas y se superan. Me parece muy sintomático que hoy que el país está tan profundamente dividido, lo estén también las publicaciones culturales.

En tu quehacer periodístico tienes varios libros publicados, entre ellos Hojas del tiempo y La urbe fugitiva, crónicas que dan cuenta de momentos específicos de la vida del país.

La crónica es un género más reposado, permite rescatar temas que no son necesariamente los de todos los días.

En este género publicaste, además, Ciudad quebrada. Consecuencias del terremoto de 1985: un juicio a diez años de distancia. Escribir ese libro debió moverte puesto que naciste y conoces bien el centro de la ciudad.

A mí me trajeron a la Ciudad de México, nací en Ciudad Obregón, Sonora, a los once años. Viví en Tepito, en Peralvillo, en la colonia Guerrero, en la Lagunilla y sobre todo en las calles más céntricas: Allende, Dolores, Donceles, Cuba. Amo esa parte de la ciudad. Tiene la mayor riqueza histórica frente a cualquier otra zona de esta urbe espantosa.

Tienes tiempo investigando sobre cafés literarios, esos sitios que animaban la vida del centro de la ciudad y evocan un México que es ya ajeno a las nuevas generaciones.

Tuve la oportunidad de participar, allá por los años sesenta, en grupos, en tertulias de café, con gente que leía, que comentaba lecturas, que quería escribir, pintar, hacer música. Me tocó una buena época de los cafés de México, muchos de ellos fundados por los españoles del exilio: el Tupinamba, el Habana y varios más que han desaparecido. Me tocó todavía conocer La flor de México con sus mesas de mármol del porfiriato. Creo que la cultura mexicana se ha gestado en gran medida en los cafés. Tengo muchos años dedicado a reunir información, fotografías, menús, en fin, todo lo que tenga que ver con la historia de los cafés. Está muy tratada por nuestros escritores, hay muchas referencias que he ido acumulando y cualquier día me siento a darle forma a ese libro.

Alfonso Reyes ha sido una lectura constante y motivo del libro Alfonso Reyes y el periodismo.

Empecé a leer a Alfonso Reyes hace cuarenta años, cuando comencé a escribir de forma profesional. Me deslumbró la sencillez con la que escribía, la gracia con la que podía decir las cosas, su erudición. Era un hombre que hablaba de todo y de todo sabía. Hablaba bien, con una sonrisa. Su literatura tiene una sonrisa que la recorre de principio a fin. Leer un texto de Alfonso Reyes es como tomar un postre. Lo que uno pesque, en donde abra un libro suyo, se va a encontrar con algo hermoso, grato y, sobre todo, con una especie de provocación intelectual, pero suave. No era un hombre que golpeara al lector, al contrario.

He leído de Alfonso Reyes muchas cosas, pero lo que más me gusta de él es su periodismo, el periodismo que hizo en España en años muy duros para él. Hay que recordar que va a Europa con un cargo diplomático, cambia el gobierno en México, se queda sin empleo, consigue alquilar una buhardilla para él y su familia y cuenta que se metía papel periódico en el pecho y en la espalda para soportar el frío mientras estaba escribiendo. Hacía de todo: correcciones, lo que llamamos trabajo de negro, escribir libros que otros firmaban, en fin, lo que le pidieran para ganarse la vida. Ese Alfonso Reyes me fascina, es el Alfonso Reyes que escribe artículos que son una delicia y, entre ellos, me encontré algunos que hablaban del periodismo. Me propuse juntarlos, hice una antología con sus textos sobre periodismo, sobre comunicación, y hay algunos que son visionarios. Habla de temas que apenas se empezaron a tratar en los años setenta en el mundo. Es un adelantado. Cuando uno lo lee con cuidado se da cuenta de que en México teníamos a un genio. No en balde fue propuesto varias veces para el Premio Nobel.

Humberto Musacchio (1943-2026), periodista, editor mexicano y economista.
Humberto Musacchio (1943-2026), periodista, editor mexicano y economista. (Foto: Javier Lira Otero)

Tu más reciente trabajo es también sobre un periodista, Miguel Ángel Granados Chapa. ¿Cómo fue tu encuentro con este compañero de batallas?

Lo conocí primero como lector. Él escribía en Últimas Noticias. Luego, a fines de 1972, junto con algunos compañeros, hice trabajos que desembocaron en la fundación de la Unión de Periodistas Democráticos. Sobre esto conversé con Miguel Ángel en varias ocasiones, para mantenerlo al corriente. Nos interesaba mucho que participara. El día de la asamblea constitutiva, cuando se integró el primer comité ejecutivo, el que tomó la protesta fue Miguel Ángel Granados Chapa. Froylán López Narváez, uno de mis amigos más entrañables, también tuvo una participación activa. Más adelante, con todos los problemas que tenía Excélsior, y nosotros como parte de la mesa directiva de la Unión, nos mantuvimos muy cerca porque me interesaba tener información de primera mano de lo que ocurría: la agresión de los peones de Luis Echeverría. Estuve muy cerca de Miguel Ángel todos esos meses hasta su salida del periódico, cuando convocaron a la reunión en el Hotel María Isabel para recaudar el dinero con el que fundaron la revista Proceso. Nosotros colaboramos en todo lo que fue posible. Fuimos la única organización del gremio que se reunió para protestar por el golpe a Excélsior, ninguna otra lo hizo, es una de esas tristezas del periodismo mexicano. Platicamos mucho cuando ya estaba por salir de Proceso y se fue a Cine Mundial. Allí empezó su columna “Plaza pública”, en ese periódico de poca importancia que vivió su mejor época gracias a la columna de Granados Chapa. Después nos encontramos en unomásuno donde luego de unos meses fue nombrado coordinador editorial. Allí trabajamos juntos y lo hicimos de manera muy armónica.

Entre las virtudes que más destacas de Miguel Ángel en este libro es su honestidad.

Es de una honestidad impoluta. Cuento en el libro varias anécdotas. Cuando estábamos trabajando para la fundación de La Jornada, me quedé sin zapatos. Traía unos tenis rotos y andábamos sin un centavo. A Miguel Ángel le acababan de publicar un libro sobre un personaje hidalguense y le pagaron la edición por adelantado. Le pedí prestado para comprarme unos zapatos. Me acompañó a la zapatería a comprarlos y ya nos íbamos cuando él pide también un par. Se los prueba, se los amarra y la señorita que nos atendía levanta los que traía puestos y le pregunta: “¿Estos quiere que se los envuelva para que se los lleve?” Y muestra los zapatos con dos enormes agujeros en la suela. Creo que eso habla bien de Miguel Ángel. No es alguien a quien el dinero pueda significarle una tentación.

¿Qué te llevó a escribir este libro?

Como todos los que escribimos, tengo muchos proyectos de libros y uno de ellos era escribir uno sobre Miguel Ángel Granados Chapa. Granados Chapa es como el Francisco Zarco del siglo XX. Francisco Zarco en el siglo XIX es un periodista que escribe diario, que escribe bien, que dirige periódicos con acierto, que dice lo que quiere decir, ni más ni menos. Así es Miguel Ángel, es incapaz de insultar. Vaya que la tentación de insultar a veces es mucha. Así era Francisco Zarco. Le hallo muchos puntos de semejanza. Zarco perteneció a una generación amplia de periodistas combativos. Miguel Ángel también, pero su talento me parece que lo hace primus interpares.

Hay dos capítulos del libro que a mi juicio son fundamentales: el golpe a Excélsior y el asesinato a Manuel Buendía, un personaje central en la vida de Miguel Ángel.

Manuel Buendía era para Miguel Ángel una especie de figura paterna. Su padre biológico fue un personaje un tanto difuso para él. Encontrarse aquí en México con un periodista del relieve de Manuel Buendía, que ya había sido director de La Prensa y era un columnista de ponendas, para Miguel Ángel fue muy estimulante. Además, Manuel Buendía apreciaba el talento de aquel chamaco. Miguel Ángel empezaba, pero ya con un profesionalismo, con una corrección a la hora de escribir que lo hacía muy apreciable para alguien que entendía de estas cosas como lo era Manuel Buendía. Se estableció entre ellos una relación muy estrecha. Cuando Miguel Ángel fue secuestrado por los gángsters de un grupo que se llamaba Muro (decían que actuaban en nombre de la religión, aunque el arzobispo de la Ciudad de México advirtió que la iglesia de ninguna manera estaba de acuerdo con esas actitudes violentas, fascistas), lo llevaron a las alturas de Contreras. Allí lo semidesnudaron y lo azotaron porque había escrito una serie de reportajes sobre el Muro que no le gustaron a estos señores. Como pudo, bajó a San Ángel. Desde allí se comunicó con Manuel Buendía y lo primero que le dijo fue: “Le tengo una exclusiva”. Era un hombre muy cercano a Miguel Ángel y le tenía mucho afecto. Le tenía un trato deferente, muy suave, porque también veía en él a una especie de hijo.

¿Qué lección nos deja en el periodismo?

Que vale la pena ser un periodista honrado. Vale la pena ser un periodista crítico. Para hacerlo, es indispensable leer, prepararse. Esa es la gran lección de Miguel Ángel. Nada se da gratis, uno tiene que trabajar mucho por todo eso sin esperar recompensa. A él, afortunadamente, le han llegado esos reconocimientos, muy merecidos, pero su carrera ha sido dura y, sin embargo, la ha vivido con alegría. Así hay que vivir aquello que a uno le gusta, pese a todos los esfuerzos y sacrificios que pueda representar una carrera. Si a uno le gusta, si ese es el mundo en el que quieres estar, hay que hacerlo.

Hemos recorrido buena parte de tu vida, parte de tu obra, experiencias y personajes que te han marcado, pero hay una parte muy lúdica que corre en paralelo con todo lo demás: la música.

Creo que más bien soy un oidor de música. No tengo formación musical. He procurado ir conociendo la música mexicana de concierto, que afortunadamente en los últimos veinte o veinticinco años tiene ya una gran cantidad de grabaciones, más de quinientos discos. No existían esas grabaciones. He descubierto en la música mexicana, sobre todo del siglo XIX, cosas muy bellas, muy dignas de tenerse presente y no me explico cómo es que no se difundían más.

Y de lo italiano heredaste la voz.

No, yo canto en la regadera, nada más.

Me he identificado con los movimientos sociales de mi país, de mi pueblo. Cuando creo que hay un movimiento de beneficio popular, me incorporo personalmente o lo apoyo como periodista, de eso no tengo dudas. Me parece que los periodistas no somos entes ajenos a lo que ocurre en la sociedad, somos parte de ella, de sus problemas, de las causas que luchan por un país mejor.

Humberto Musacchio


AQ / MCB

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