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Viernes , 15.02.2019 / 22:27 Hoy

Adrenalina

Escolios

En 'La marcha de la locura' Barbara W. Tuchman habla de la insensatez como política de Estado, ilustra algunos momentos de la historia en que los gobernantes, obnubilados por su poder o su necedad, atentan contra su propio interés y el de su pueblo
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@Sobreperdonar


En su famoso libro La marcha de la locura, Barbara W. Tuchman habla de la insensatez como política de Estado e ilustra algunos momentos de la historia en que los gobernantes, obnubilados por su poder o su necedad, atentan contra su propio interés y el de su pueblo. Sin embargo, la irracionalidad no solo afecta a gobernantes y masas enervadas y, a menudo, quienes se supone ejercen la vocación de la crítica y deberían representar un contrapeso, es decir los artistas, los intelectuales y los científicos, también han sido presas del arrebato. Ya en sus libros de historia intelectual, autores como François Furet, Michel Winok, Michel Walzer o Marc Lilla han mostrado cómo, en la historia contemporánea, la exaltación no ha sido exclusiva de los tiranos o las masas y muchos de los intelectuales más renombrados han adoptado las causas más abyectas o los radicalismos más irresponsables. Por ejemplo, en Francia, en vísperas de la Primera Guerra Mundial se dio una antinatural confluencia entre el nacionalismo más reaccionario con los sectores progresistas de izquierda (que veían en el conflicto contra Alemania una guerra civilizadora) y gran parte de la intelectualidad, incluyendo mentes tan brillantes como el filósofo Henri Bergson o el matemático Henri Poincaré, mostró insólitos afanes belicistas. Igualmente, en los años treinta y cuarenta el abanico de intelectuales férvidos y ofuscados es amplísimo y va desde el celo comunista de Louis Aragon, el delirio fascista de Ezra Pound, la militancia nazista de Pierre Drieu la Rochelle o el franquismo, literalmente fratricida, de Manuel Machado.

Cada “caso” individual es complejo; sin embargo, de manera general acaso la elección de los extremismos se debe a que la prudencia y la sensatez son casi siempre anti climáticas, mientras que las opciones más audaces y arrojadas generan una fuerte dosis de adrenalina y protagonismo a la que muchas inteligencias se vuelven adictas. Aunque es difícil pensar que previeran sus excesos, todos los que apoyaron las ideologías extremas de la primera mitad del siglo sabían que esos movimientos políticos albergaban, junto con sus promesas, riesgos inminentes. Sin embargo, estas opciones les parecían preferibles a lo que consideraban una democracia disfuncional y un individualismo miope. Por eso, frente a lo aburrido del realismo y el equilibrio analítico, elevaron su apuesta y escogieron el afrodisiaco de la utopía. Lo cierto es que, frente a los hechizos colectivos, los intelectuales que, en su momento, expresaron sus reticencias (Romain Rolland, André Gide, Albert Camus, Raymond Aron, por mencionar algunos) fueron una minoría. Ahora que en el mundo se extiende el desencanto de las instituciones de la democracia y la seducción carismática, conviene reforzar los anticuerpos intelectuales y recordar que, aun las inteligencias más poderosas y mejor intencionadas son vulnerables y pueden abrazar los prejuicios y desmesuras que deberían analizar y criticar.


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