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Martes , 21.05.2019 / 08:04 Hoy

La noche de Iguala

EL SANTO OFICIO

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El cartujo derrama lágrimas amargas. Ha cometido un pecado imperdonable: fue a ver La noche de Iguala, la película de Raúl Quintanilla escrita por Jorge Fernández Menéndez. No escuchó los consejos de quienes lo previnieron contra ella, se dejó llevar por la malsana curiosidad y encontró una historia violenta, desoladora. No es la historia contada por los deudos de los estudiantes de Ayotzinapa ni por quienes comparten con ellos viejos agravios, menos aún por los empeñados en fomentar el odio contra todos aquellos con un pensamiento diferente al suyo, con opiniones alejadas —así sea un poco— de sus enardecidos sermones, impregnados de fanatismo.

La película presenta una versión de los hechos ocurridos el 26 de septiembre de 2014 en la ciudad gobernada por el perredista José Luis Abarca. Es un docudrama de la tragedia pero también una investigación sobre el narcotráfico y la guerrilla en Guerrero, con la presunta relación del director de la normal de Ayotzinapa, José Luis Hernández Rivera, con la banda criminal de Los Rojos, infiltrada —se afirma en la cinta— en esa institución donde el rencor social se fermenta con la pobreza y el abandono pero asimismo con el adoctrinamiento subversivo en las aulas y la violencia imperante en la zona.

Fernández Menéndez, autor de libros como La trama negra: de las redes del narcotráfico a la despenalización de la droga, El otro poder: las redes del narcotráfico, la política y la violencia en México y Narcotráfico y poder, ha escrito —lo han dicho otros— un guión incómodo para la narración pregonada desde la otra orilla: la de quienes asumen el asesinato de los estudiantes como un crimen de Estado y se niegan a escuchar otras voces.

Para los creadores de la película no hay duda: los estudiantes fueron muertos e incinerados esa noche del 26 de septiembre. Las policías de Iguala y Cocula y los sicarios de Guerreros Unidos fueron responsables del crimen, perpetrado en el clima de terror impuesto por la lucha entre bandas de narcotraficantes aliadas con políticos de la región.

La noche de Iguala deja un sabor amargo, enseña los extremos de la barbarie, el desprecio por la vida humana, la manera como los hombres del poder se encumbran y enriquecen en México —Abarca, por ejemplo, pasó en pocos años de vendedor de baratijas a prominente empresario. En la película los estudiantes no son unas blancas palomas, pero tampoco —como afirman quienes no la han visto— los criminaliza; habla de los secuestros de autobuses y de los abusos de quienes en bola se creen impunes, pero sin soslayar la crueldad de una policía fraguada en las redes criminales.

Hay versiones radicalmente distintas de estos acontecimientos, como el documental Mirar morir. El ejército en la noche de Iguala, dirigido por Coizta Grecko y escrito por Témoris Grecko. Luego de conocerlas, el público debería decidir con cual se queda, más allá de los alaridos de los inquisidores de siempre.

Queridos cinco lectores, en una tarde de sol y sombra, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.

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