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La narrativa autobiográfica de Angelika Schrobsdorff

Reseña

Else Kirschner no es como otras madres, no tiene las manos frías ni envuelve a sus hijos en grávidos cuidados. Nadie se le parecerá jamás. A través del relato, Angelika Schrobsdorff ha convertido a su madre en alguien único: una mujer fascinante que ha seguido la máxima de tener un hijo de cada hombre al que ha amado, y “en un mundo de autoengaño, disimulo e hipocresía, era tan auténtica y elemental como solo puede serlo una criatura de la naturaleza”.

En las páginas del magno retrato que Schrobsdorff dedica a su madre, Else Kirschner vuelve a la vida: nace de nuevo en 1893, lleva los lindos vestidos de una joven de la burguesía judía en el Berlín de principios de siglo, vive otra vez la Primera Guerra Mundial y se entrega a la locura de los años veinte, debe exiliarse, cuando el terror del nacionalsocialismo llama a la puerta. Las fechas envuelven el retrato, determinan los contornos de una época. Ahí se mueven los personajes de carne y hueso, aparecen en esos viejos álbumes de fotos siempre con anotaciones que salvan del olvido aquella Navidad con los abuelos, un día en la playa, un rostro que no volvemos a ver.

Schrobsdorff narra con la naturalidad de quien se sienta a contar los vaivenes de una vida frente a un grupo de desconocidos. Quizá en una fiesta loca, o en una cantina bajo el impulso de los tragos, cuando ha desaparecido el pudor y priva la necesidad de narrar. La distancia respecto al personaje guarda el encanto de un amor de doble filo. A veces ácido, por momentos comprensivo, más tarde cruel y siempre lleno de fascinación. Schrobsdorff describe el actuar de Else Kirschner bajo la perspectiva narrada desde el “yo”, de la hija que busca la cercanía de la madre para adentrarse “literalmente en ella”: “me aprieta contra su vientre, su pecho, me coge en brazos, me sienta en su regazo, me cubre de caricias siempre nuevas, locas y dulces, tormentosas y juguetonas”. Y aunque conoce lo más íntimo de su personaje, se pregunta por qué actuó de tal modo, la cuestiona: cómo pudo cerrar Else los ojos, cómo no percatarse del terror llamando a la puerta. No lo hizo, parecía segura de que sus viejos padres, buenos y honrados “judíos asimilados”, estaban fuera de la mira de los nazis.

Las pastillas para dormir se hicieron imprescindibles después de la noche de los Cristales Rotos. La propia Else da cuenta de sus tribulaciones en un extenso intercambio epistolar, y Schrobsdorff le cede la palabra, recupera algunas cartas, entre las cuales destacan las reunidas bajo el título El ave ya no tiene alas. Cartas de mi hermano Peter Schwiefert a nuestra madre. La relación de Peter y Else era tan fuerte que, de niño, el hijo le decía a su madre: “te quiero tanto que tengo que casarme contigo. Entonces nos instalamos en nuestra casa y vivimos juntos. Y papá podrá buscarse a otra mujer”. También Angelika Schrobsdorff sentía un intenso amor por su madre, temía perderla, y para ahuyentar el miedo suplicaba en las iglesias con las manos firmemente entrelazadas a la altura del pecho: “¡Dios santo y querido, déjame morir antes que a mi madre!”. Sentía un “amor doloroso” por ella, necesita tenerla cerca, recibir sus cariños, salvarse de verla muerta. Pero nadie más vivo que Else Kirschner. Ha sobrevivido. El relato la preserva del olvido, hace significativas su vitalidad, sus manías, su historia. Nadie se parecerá jamás a la delicada Anna Sergéyevna, a Susana San Juan, a Úrsula Iguarán. Sus risas, palidez y momentos de quiebre permanecen en el lector, y en el relato que comienza una y otra vez desde el principio. La vida se impone. La hija ha decidido escribir con un álbum de fotos en el escritorio, y ahí se pone en marcha la historia de una mujer singular, y nadie más singular que la madre.

Sin autocompasión ni llanto, Schrobsdorff describió cómo se despidió a los doce años, en 1939, de los abuelos Kirschner sin saber que eran judíos, también del hermano Peter, de Berlín y de una maravillosa infancia, “el paraíso perdido” que hizo aún más amarga la vida en el exilio. A los 19 años conoció al primer hombre de su vida en Bulgaria, en 1946. Era un apuesto coronel de las fuerzas aéreas norteamericanas que olía a Old Spice, sonreía constantemente y bailaba cuerpo contra cuerpo. “Fui a su casa y conocí la plenitud del amor en forma de violación”, relata Schrobsdorff. Regresó a Alemania en 1947, se había casado con un oficial norteamericano de quien pronto se divorciaría. Después vivió con Johannes Mario Simmel, escritor austriaco de ascendencia judía, quien la impulsó a narrar. Entonces escribió una hoja tras otra. Escenas, diálogos, un mundo de recuerdos que surgieron con el tono de una voz aguda, por momentos amarga, llena de humor e ironía. Schrobsdorff no temió a la censura ni a la doble moral. Tampoco al escándalo. Hombres, su primera novela, perturbó la tranquilidad de las buenas conciencias en 1961, al narrar las relaciones sexuales y amorosas de una joven “mitad judía” durante la posguerra. Siguieron los títulos El amante, Estos hombres y Huellas, publicados en la década de los 1960. En aquellos años se convirtió en madre. Un precioso recién nacido, una criatura para estrechar con pasión contra la mejilla, un hijo que le pertenecería por completo. “Era un amor monstruosamente egoísta”, diría Schrobsdorff al recordar al niño, y aquella época en que bebía mucho, tomaba pastillas para dormir y solo deseaba ser escritora. No se sintió capaz de educarlo. Lo abandonó.

A finales de los años sesenta realizó su primer viaje a Jerusalén, no a Israel. ¿Quería conocer, al menos en parte, la religión, la cultura que su madre rechazó con tanta fuerza? Ahí encontró la segunda casa que verdaderamente consideraría suya: amaba el paisaje desértico, “sentirse desorientada, sin conciencia del tiempo”. En 1974 se casó con Claude Lanzmann, director de cine francés de ascendencia judía, y se mudó con él a París. “Un infierno” para ella: durante once años, Lanzmann solo se ocupó de su documental sobre el Holocausto Shoah. Se separó de él y volvió a Jerusalén, pero la encontró distinta. Sabía desde muy joven que la vida íntima marcha al ritmo de los tiempos, con botas militares en la guerra, con zapatos desechos en la posguerra, al ritmo de la carrera armamentista del gobierno israelí. Schrobsdorff deseaba quedarse en una linda casa donde dejaba que sus gatos siguieran la máxima de multiplicarse en el jardín. Vivía con cierta holgura gracias al éxito de sus novelas, escribía desde temprano con una taza de té y cigarrillos, hasta que el sonido de las armas se hizo más estridente y la marcha de las botas militares Made in USA en pies israelíes se volvió insoportable. Huyó de nuevo. Al abandonar su Jerusalén, perdió por segunda vez una patria. Regresó a Alemania, quería vivir en su lengua materna y morir en Berlín. Así lo hizo: en 2016 fue sepultada con su tío y su abuelo Kirschner. Durante años había llevado su hogar en la maleta: una máquina de escribir eléctrica, una menorá de bronce, cartas, manuscritos, un álbum de fotos con las anotaciones que hizo la abuela en torno al desarrollo de Else Kirschner.

El lector contempla las metamorfosis de Else, la ve mudar de atuendos como si diera vuelta al viejo álbum de fotos: lleva trenzas y faldas largas. Más tarde, aparece “luciendo un vestido con ricos adornos, entrada en carnes y sonriente”, con su primer hijo sentado en las piernas. En los locos años veinte, “con pantalón bombacho a la turca y salvaje melena”. Después, bellísima en “un sencillo pero elegante traje chaqueta, guantes de cabritilla y sombrero de fieltro blando”, y su hija menor en brazos. La mira envuelta en un pesado abrigo y las botas llenas de barro durante el éxodo hacia Bujovo, después del bombardeo en Sofía, cuando lo único importante era sobrevivir. El deseo más ardiente: que los hijos sobrevivieran.

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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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